“No estamos en guerra, pero tampoco ya en paz”, advierte desde hace meses Friedrich Merz. Podría parecer una afirmación exagerada o alarmista. No lo es. El Gobierno alemán acusó este martes a Moscú de estar detrás del ataque con drones en el aeropuerto de Leipzig el 4 de agosto pasado, y certificó así el diagnóstico del canciller, que vale tanto para Alemania como para el conjunto de Europa. Las campañas de desinformación, intimidación, sabotajes en territorio europeo empezaron hace años y no son ninguna novedad, pero desde la invasión rusa de Ucrania hace cuatro años no han dejado de intensificarse y en los meses recientes han adquirido una nueva dimensión. No son escenarios hipotéticos sin impacto en la vida real ni tampoco un conflicto remoto y abstracto. Cuando una potencia nuclear como es Rusia intenta un atentado en el corazón de Alemania, como denuncia Berlín, ya no puede hablarse de simples injerencias, sino de actos de guerra híbrida, o de guerra a secas. Para entender bien una amenaza y poder responder a ella de manera adecuada el primer paso es nombrarla, y esto es lo que hicieron los ministros alemanes de Exteriores y del Interior, Johann Wadephul y Alexander Dobrindt, respectivamente, al confirmar las sospechas iniciales sobre el ataque con drones después de evitar concretar las acusaciones durante casi un mes. “Las investigaciones policiales, las formas de operar y las informaciones de los servicios de inteligencia demuestran una responsabilidad rusa en la tentativa de atentado en el aeropuerto de Leip­zig”, dijo Dobrindt. La respuesta consistirá por ahora en el cierre del consulado ruso en Bonn, la liquidación del contrato que permite mantener abierto el centro cultural de este país en Berlín y una mayor presión sobre la flota mercante que transporta recursos naturales saltándose el embargo occidental. Alemania propondrá más sanciones europeas. Los drones tenían como objetivo aviones de carga de Ucrania, país que, al tener cerrado su espacio aéreo, posee una flota en otros países europeos que utiliza tanto para el transporte de mercancías como de armamento. Por fortuna no detonaron, pero podrían haber causado daños mayores, y en todo caso ha sido el episodio más grave hasta ahora de guerra híbrida en Alemania, un país que se ha embarcado en un ambicioso plan de rearme militar y cuyo apoyo es fundamental para Ucrania ante la agresión de Rusia.No es un hecho aislado. Solo en agosto se han registrado incidentes en otros países como Rumania o Polonia. También España ha señalado a Rusia como responsable de la agitación en las redes tras la llegada a finales de julio de más de 70.000 inmigrantes procedentes de Marruecos a la ciudad autónoma de Ceuta. La semana pasada, el viaje a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe, desató todo tipo de especulaciones, incluida la posibilidad de que hubiese advertido a Vladímir Putin ante la tentación de atacar a un miembro de la OTAN. Nadie lo ha confirmado, pero lo cierto es que los países bálticos temen desde hace tiempo que Rusia ponga a prueba la voluntad de los aliados de activar la obligación de la defensa mutua con algún tipo de operación desestabilizadora o la captura de alguna ciudad fronteriza. Hoy es un escenario hipotético y tal vez todavía lejano. No lo es la agresión bien real que ha denunciado Alemania, y que obliga a los europeos a protegerse ante quienes la amenazan, y a disuadirlos ante nuevas injerencias y ataques.