El formato de Gran Hermano es tan versátil que año tras año logra reflejar los cambios que se van dando en la sociedad. Si en ediciones pasadas, el público terminaba premiando al jugador que —en forma auténtica o simulada— encarnaba los “buenos valores” —en apretada síntesis, al muchachito que todos querrían como yerno—, este año van triunfando los “malos”, los villanos, que cada semana señalan a sus víctimas, los cubren de odio dentro y fuera de la casa más famosa del país, y logran eliminarlos o cancelarlos a través del voto popular. En realidad, ya no hay muchachitos ni muchachotes en esta edición de GH: todos los varones han sido eliminados; solo hay jugadoras y eso garantiza que, finalmente, luego de tantos años, una mujer gane este juego, que es también un reality; precisamente, ese carácter híbrido permite que los participantes reflejen qué está ocurriendo en la sociedad a la que pertenecen. Un formato televisivo imbatible: juego más reality. Seleccionar cuidadosamente al blanco semanal, pincharlo para que muestre sus peores rasgos, exponerlo frente al resto de la casa y al público, y cancelarlo a través del voto de la mayoría de la gente; las cuatro fases de la estrategia vencedora de este año, las etapas que consagran a los mejores jugadores de esta edición. Obviamente, hay un relato justificador: “es una revolución contra los falsos moralistas”, contra el eje del mal, en beneficio de la verdad, de la autenticidad, como explica Sol, la jugadora que domina la casa desde hace más de dos meses.
La gente vota a favor de los villanos… en GH
La nueva edición del reality show cambió las reglas del juego y puso en el centro a los participantes más polémicos, mientras el público parece premiar las estrategias basadas en la confrontación, el enfrentamiento y la cancelación.








