Marcó México en pleno partido inaugural del Mundial y las cámaras enfocaron a la grada. Allí aparecieron dos chicos exultantes, móvil en mano. Sus teléfonos no apuntaban al campo, sino hacia ellos mismos. Eran dos influencers locales y mientras el estadio celebraba un gol histórico, ellos se celebraban a sí mismos porque el contenido, naturalmente, eran ellos. Uno de los dos explicó después que la FIFA imponía restricciones muy estrictas sobre lo que podía grabarse durante los partidos. Así que si no podía grabar el espectáculo, lo lógico es que se grabasen a sí mismos asistiendo al mismo.Hace unos días se publicaba que Boca Juniors pretende limitar todo este ecosistema. Su nuevo Reglamento de Abonados establece que los socios no podrán realizar transmisiones o grabaciones en vivo destinadas a generar contenido para redes sociales o plataformas de streaming. En los últimos años, los estadios se han ido poblando de habitantes de ese nuevo entorno mediático, algunos con accesos y privilegios que ya quisiera para sí buena parte de la prensa tradicional. Por supuesto, hay creadores de contenido deportivo que superan a muchos periodistas en conocimiento, rigor, capacidad narrativa y entretenimiento. Eso es incuestionable. Pero también hay influencers ajenos al deporte que son utilizados por federaciones, organizaciones deportivas, clubes o marcas con el único objetivo de captar audiencia, aunque un estadio, una pista o una carrera no sea para ellos más que un simple decorado.Hace tiempo me preguntaba en un artículo en As si el fútbol necesita realmente la mediación de ciertos influencers, como si una creadora de contenido de moda fuese a revelar de repente la existencia de LaLiga. Pero no solo pasa en el fútbol. Wimbledon, por ejemplo, ha buscado deliberadamente la presencia de influencers en sus palcos para sacudirse su reputación de exclusividad y ganar relevancia entre generaciones más jóvenes. También sucede en Roland Garros, donde las marcas disponen de espacios privilegiados para sus embajadores. Y, por supuesto, ocurre en torneos como el Mutua Madrid Open. “Cumbre de influencers en el torneo de tenis madrileño”, titulaba la revista ¡Hola!. Todos estos torneos intentan combatir su imagen elitista acercándose a las nuevas generaciones mientras reservan sus asientos privilegiados únicamente a personas que han alcanzado un determinado número de seguidores en redes sociales. Digamos que la exclusividad se ha “democratizado” cambiando el criterio de admisión. Hace unos meses sentí un pudor genuino viendo a una influencer en la grada de un estadio invitada por el club. Se había grabado reproduciendo frases de ChatGPT para aparentar conocimientos de fútbol. Decía, entre risas, cosas como “les falta alguien que juegue entre líneas” o “está recibiendo siempre de espaldas, así es muy difícil”. La escena también me produjo rabia porque al convertir el fútbol en atrezo esta chica estaba alimentando involuntariamente uno de los tópicos más viejos y cansinos del deporte, ese de que a las mujeres no nos interesa el fútbol.La reciente polémica con la creadora de contenido Erola Jones persiguiendo a ciclistas de la Vuelta mientras les lanzaba comentarios chabacanos me produjo la misma perplejidad. Aunque aquí el problema no era únicamente el desconocimiento exhibido sin pudor, sino también la falta de educación. La organización defendió su contratación alegando que el propósito era generar entretenimiento. Pero el propósito, todos lo sabemos, no era otro que generar audiencia.Son los organizadores de los eventos deportivos, clubes o marcas los que contratan y fomentan por puro impacto a esta hornada de influencers ajena al deporte. Así que es a ellos a quien debemos preguntarles por qué conceden un lugar privilegiado como prescriptores del deporte a personas cuyo principal mérito es tener una audiencia que quizá ni siquiera está interesada en el deporte. Si invitas a alguien por su número de seguidores y no por su interés en lo que ocurre en el campo, no debería sorprenderte que el influencer mire hacia su teléfono y hacia sí mismo o misma durante el espectáculo. Y con él o ella, todos sus seguidores.