Hace casi tres semanas que Abelardo de la Espriella ejerce de presidente de Colombia recorriendo las zonas afectadas por el terremoto que asoló el occidente del país el pasado 10 de agosto. Viaja a las regiones en helicóptero, se acerca a las víctimas, abraza niños y mujeres, se interesa por los detalles. Pero cuando vuelve a su despacho, lo cierra con llave. De la Espriella gobierna con muy pocas personas de su máxima confianza, solo unos pocos tienen acceso a él y algunos sectores económicos y políticos empiezan a temer que se convierta en un presidente inalcanzable. Un gobernante al que muchos quisieran llegar, pero no pueden. Entre ellos, los empresarios. O algunos empresarios.Cuatro días después del terremoto, en Cartagena, se reunía buena parte del PIB del país en el congreso de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI), el gremio más poderoso. En circunstancias normales, los empresarios habrían esperado la presencia del presidente, pero, con las réplicas aún activas y casi 300 fallecidos, bajaron la expectativa a una mínima presencia institucional. Sin embargo, mientras recaudaban 200.000 millones de pesos para la reconstrucción, a la cita no fue ni un ministro. Fue una instrucción directa de De la Espriella para que se enfocasen en el terremoto y no en acudir a ningún evento. Tres fuentes presentes en la cita hablaron del malestar generalizado que causó un plantón anunciado. Se convencieron de que era un motivo de fuerza mayor, pero aun así les molestó: no era la primera ausencia de un presidente, sí la de uno recién posesionado y por el que habían votado.La distancia es una forma de autoridad, pero también es selectiva. El presidente no trata a todos por igual y en los círculos económicos de Bogotá señalan su resquemor contra esa élite capitalina que en su momento lo miró por encima del hombro y no apostó por él como candidato presidencial. “Eso lo resiente profundamente y él no olvida”, señala un alto ejecutivo bogotano. De la Espriella se está cultivando cierta imagen de distancia de las élites, pero no de todas las élites. El eje del poder en Colombia se está desplazando hacia la costa Caribe, la región del presidente, y De la Espriella tiene todo el interés en consolidarlo mientras dure el impulso. Hay además otro filtro. Para De la Espriella, haber sido cercano al expresidente Juan Manuel Santos —como lo son muchos de los empresarios de Bogotá— pesa casi tanto como haber sido cercano a Gustavo Petro. “No estamos viendo el regreso de la élite que Petro excluyó, sino la instalación de una élite nueva, que tampoco estaba antes”, mantiene el exconsejero presidencial y analista Camilo Granada. Su tensión con el Centro Democrático, el partido de Álvaro Uribe y su aliado natural, pasa por un trance similar. “Está reemplazando una élite de derecha por otra élite de derecha, pero la que él quiere dirigir”.A muchos les está costando adaptarse a esa nueva fórmula de acceso al poder. El número que los empresarios tenían de De la Espriella ha dejado de funcionar y para llegar a él es necesario atravesar ese círculo de confianza formado principalmente por Carlos Suárez —su estratega, sin cargo oficial— y Joaquín Gutiérrez, consejero del mandatario. Gutiérrez es ahora el candidato del presidente para dirigir Ecopetrol, la empresa más grande del país, a pesar de no tener experiencia en el sector petrolero, y Suárez a conformar su junta directiva.De la Espriella se ha hecho de rogar, y hay quienes —billonarios incluso— empezaron a pedir favores aquí y allá para que el presidente les respondiese una llamada, antes incluso de que jurara el cargo. Algunos siguen esperando. “Tu tarea es seducir a la gente, no imponer el poder. Si seduces, gobiernas más fácil”, advierte un relevante actor económico que ha tratado directamente con muchos presidentes. Con De la Espriella, no. “Cerrar tu círculo de conversación es un inmenso error. La reacción contra las élites no puede ser más importante que la gobernabilidad”.Las liturgias que De la Espriella ha adoptado son también una forma de marcar su distancia. Hace unos días, en una reunión con gremios empresariales, comenzó el encuentro con el himno nacional y todos de pie. Incluso los que estaban asistiendo a la cita por Zoom. Quien lo cuenta no lo juzga, pero arquea las cejas sorprendido.De la Espriella hizo bandera en campaña de que no gobernaría “de la mano de las élites” —el mismo reproche que le había hecho a Petro por reunirse con las principales fortunas colombianas—, pero terminó retratado con multimillonarios, varios de ellos con residencia fuera de Colombia. El sábado 22 de agosto, el presidente se sentó a almorzar en su nueva sede de gobierno —un batallón en Barranquilla— con seis de los hombres más ricos de Colombia: Jaime Gilinski, Alejandro Santo Domingo, Luis Carlos Sarmiento Angulo, Fuad Char, César Caicedo y Miguel Cortés. Casi todos llegaron en jet privado. “Ninguno de los presentes tenía menos de mil millones de dólares en sus cuentas”, observa una fuente gremial de primer nivel. “Los empresarios medianos sienten que no tienen acceso al presidente”, afirma. “Abelardo está desperdiciando la oportunidad de construir una base fiel dedicándole tiempo y cercanía a su gente, para mostrarse distante y arriesgar gobernabilidad”, explica.Las críticas han arreciado más allá de la foto. Otra vez, un presidente elige negociar con algunos empresarios uno a uno, más fáciles de convencer o de presionar por separado que un gremio entero, con la diversidad que implica. Es la misma jugada de todos los presidentes colombianos desde hace 30 años. “El presidente ve a los gremios con la misma óptica que a los clubes bogotanos, a la alta burguesía capitalina, a la alcurnia a la que nunca perteneció”, retrata Granada, que también señala cierta arrogancia de los empresarios que esperaban recuperar la línea directa y la sintonía con el poder que Petro les cortó.El pasado martes, una nueva señal encendió las alarmas. La Cámara Colombiana de la Infraestructura anunció que la reputada economista Carolina Soto sería su nueva presidenta ejecutiva. Pero la noticia duró menos de un día. Soto no era ninguno de los tres apellidos que el Gobierno había propuesto y comenzaron las presiones: una llamada de la ministra de Transportes y grandes constructoras amenazando con abandonar. Horas después de conocerse el nombramiento, Carolina Gómez, vocera designada del Gobierno de De la Espriella —aunque aún no ha dado una sola rueda de prensa ni ha sido nombrada oficialmente—, publicó en X que le parecía “paradójico” que la junta hubiera elegido “apresuradamente a una persona sin cercanía alguna con el Gobierno”. Soto fue miembro del Gobierno Santos y su marido, Alejandro Gaviria, ministro con Petro, de quien luego se convirtió en permanente crítico. Gómez borró sus palabras poco después, pero la presión ya había surtido efecto. Soto declinó su nombramiento y se marchó pidiendo independencia para los gremios. “El interrogante que todo el mundo se hace”, afirma Granada, “es si esto se va a repetir en otros gremios”.