La muerte de Carlos Espinosa de los Monteros es también el fallecimiento de una forma de hacer política. Hubo un tiempo, aunque hoy pueda parecer mentira, que los socialistas en el poder —corrían los años 80— tuvieron que echar mano de las élites empresariales del posfranquismo para sobrevivir y dar ante el mundo imagen de estabilidad. Echaron mano, fundamentalmente, de las élites que procedían del aparato del viejo INI (Instituto Nacional de Industria), donde un puñado de jóvenes economistas había aprendido que el modelo de desarrollo basado en el poder del Estado no conducía a la modernización de España. Aquel pacto se conoció como beautiful people y Carlos Espinosa de los Monteros fue uno de sus miembros, aunque no el más destacado.
Claudio Boada (Instituto Nacional de Hidrocarburos) o Enrique Moya, al frente del INI, tuvieron un rol mucho más relevante, ambos eran los cerebros de la APD (Asociación para el Progreso de la Dirección), pero ya por entonces destacaba Espinosa de los Monteros, a quien Miguel Boyer, el padrino de aquella generación de empresarios, había colocado al frente de Iberia.
Espinosa, sin embargo, y al revés que sus jefes, nunca ocultó su desmedida pasión por la política, más que por la economía, y eso explica que su salida de la por entonces ‘línea aérea de España’ fuera tumultuosa. Las pérdidas se multiplicaban y Espinosa culpó a causas exógenas, en particular a los sindicatos, incluidos los pilotos, de los problemas financieros de la compañía, lo que irritó al Gobierno, que tuvo que afrontar una huelga del Sepla, el sindicato de pilotos. Tras la salida de Boyer, Espinosa, poco a poco, se fue alejando de los socialistas, aunque él nunca lo fue, y desde entonces quiso construir un perfil más ideológico que le llevaría años después a ser la antítesis de Felipe González, que fue quien le abrió el camino.









