Era una cálida tarde de agosto en la isla japonesa de Sado cuando la vida de Hitomi Soga, de 19 años, cambió para siempre.
Había ido a comprar comestibles con su madre, y ambas estaban regresando a pie a la casa familiar.
De repente, tres hombres aparecieron por detrás y secuestraron a las mujeres.
“Nos taparon la boca con algo y nos cubrieron la cabeza con una especie de bolsa”, recuerda Soga.
Los días siguientes transcurrieron de forma confusa mientras la trasladaban de la costa a lo que ella creía que era primero una lancha rápida y luego un barco más grande.









