Publicidad28 de agosto, 2026 - 21h08Uno acepta una invitación pensando que, en el peor de los casos, habrá una conversación incómoda. The Invite (La invitación), de Olivia Wilde, lleva esa idea hasta el límite y convierte una cena entre vecinos en un campo minado en el que cada comentario parece tener una segunda intención.“La invitación llegó a mí en forma de un guion ‘desternillante’ basado en una obra de teatro y película española de Cesc Gay, con la invitación de reimaginar el material a través de mi propia mirada, la cual se convirtió en un caleidoscopio de perspectivas e ideas hilarantemente inspiradas aportadas por nuestros extraordinarios actores”, dice Wilde.Casi toda la historia transcurre dentro de un departamento, un espacio que termina sintiéndose tan estrecho como la paciencia de sus protagonistas. Lo cotidiano se transforma, poco a poco, en un escenario en el que afloran el deseo, la frustración, los silencios y esas verdades que suelen esconderse detrás de la cortesía. PublicidadEl mayor acierto de la película está en sus interpretaciones. Seth Rogen (Joe), Olivia Wilde (Ángela), Penélope Cruz (Piña) y Edward Norton (Hawk) construyen personajes profundamente humanos: transmiten lo que sienten incluso cuando no dicen una palabra. Hay momentos de la trama –que tiene como guionistas a Will McCormack y Rashida Jones– que incomodan y reacciones que inevitablemente despiertan irritación, porque la tensión emocional resulta creíble (y estresante, más que un día largo de oficina con malos compañeros). “Mi objetivo era permitir que el público experimentara el goce de esta comedia de enredos, así como el golpe al estómago que supone un desamor crudo y sincero y, dependiendo de cómo se interprete nuestro final, la esperanza”, afirma Wilde, quien debutó como directora en el Festival de Sundance con esta producción.PublicidadPublicidadLa pareja invitada a esta cena (que desde el inicio reconoces que no debió desarrollarse) es liberal y abierta a la experimentación sexual. Irrumpe con una libertad que descoloca a todos los presentes. Más que provocar, su presencia obliga a los demás a confrontar sus propias inseguridades, deseos y límites. Wilde observa ese choque sin moralizar; deja que sean las conversaciones las que revelen las grietas de cada relación (extremadamente expuesta frente a extraños que tienes por primera vez en casa). También hay humor y funciona precisamente porque nace de lo incómodo. Es una película que te obliga a decir: “Alguien debería detener esta conversación”. O como dirían las abuelas: la ropa sucia se lava en casa y no frente a los invitados. De acuerdo con Wilde, el corazón de esta historia es una lucha familiar. “¿Cómo te haces responsable de tu propia felicidad cuando tu vida está intrínsecamente ligada a la de otro? Además, ¿cómo lo gestionas cuando te ves obligado a socializar y es lo último que te apetece hacer, por no mencionar que es con personas por las que subirías escaleras con tal de no compartir un ascensor?”.Esa mezcla entre sarcasmo y tensión mantiene el ritmo hasta el último momento. Al terminar, queda una enseñanza inesperadamente práctica: la próxima vez que un vecino te invite a cenar o a cualquier plan sin previo aviso, quizás la respuesta más sensata no sea “Claro, ahí estaremos”, sino un elegante “Déjame revisar mi agenda para confirmar nuestra participación”. Nunca se sabe qué tan larga puede volverse una invitación…, especialmente cuando después habrá que seguir saludándose en el ascensor, en áreas comunes o en el chat de la urbanización. (O)