0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialYayoi Kusama ha muerto en Tokio a los 97 años, y con ella se va una de las artistas más influyentes e invasivas del arte contemporáneo. Durante más de siete décadas de producción incansable, construyó una obra profundamente personal a partir de temas que la acompañaron desde la infancia: la identidad, el infinito, la muerte y la relación entre el individuo y el cosmos. Criada en un entorno rural en Japón, rodeada de plantas, el vivero de semillas de sus padres y los ciclos de la naturaleza transformaron sus experiencias vitales y sus obsesiones en el motor de un arte que siempre miraba de frente a la existencia. Ella misma resumió esa búsqueda en una pregunta recurrente: “¿Qué significa vivir una vida? Me pierdo en este pensamiento cada vez que creo una obra de arte”. Fue también su mejor biógrafa, convirtiendo la literatura en una extensión natural de su trabajo creativo.Tras formarse en Japón pese a la oposición familiar, emigró a Estados Unidos en 1957, alentada en parte por Georgia O’Keeffe, y en Nueva York desarrolló un lenguaje visual propio al margen de cualquier etiqueta. Es verdad que muchas de sus propuestas precedieron, influyeron o se relacionaron con el minimalismo, el pop art, la performance o el arte conceptual. Sin embargo, su condición de mujer, japonesa y extranjera retrasó durante décadas el reconocimiento de su aportación.Lee tambiénLa noción de infinito constituye uno de los ejes centrales de su obra y el concepto de obliteración , o autoobliteración, creado por ella, le sirvió para describir en una sola palabra la disolución de los límites entre el yo y el mundo. Esto aparece ya en sus tempranas infinity nets , superficies cubiertas por miles de pinceladas acaracoladas que parecen expandirse más allá del lienzo. Esa repetición obsesiva dio paso a sus esculturas acumulativas y, más tarde, en 1965, a las conocidas infinity mirror rooms , instalaciones inmersivas construidas con espejos, reflejos y luces que producen una sensación de expansión ilimitada. Al final, estas instalaciones y sus icónicos lunares terminaron siendo su obra más reconocible.A finales de los sesenta su actividad se extendió también a la moda, un territorio que exploró cuando las colaboraciones entre arte y diseño eran todavía excepcionales. Resulta anecdótico que hoy se la asocie tanto a grandes firmas de lujo, porque en realidad Kusama empezó usando la ropa y los escaparates como un laboratorio para experimentar con el cuerpo, la identidad y las reglas del mercado. Es en esta etapa cuando traslada sus ideas al espacio público mediante happenings y performances que cuestionaban la guerra de Vietnam, el racismo y otras estructuras de poder, buscando la revolución hacia la sociedad que ansiaba.Kusama, junto a la obra 'El amor llega a la Tierra llevando consigo un relato del cosmos' en la Tate Modern de Londres, en febrero del 2012Luke MacGregor / ReutersMucho de este trabajo quedó en un segundo plano, especialmente tras trasladarse a vivir a Tokio en 1973. Sin embargo, a finales de los ochenta, y principalmente a partir de la década de 1990, el mundo del arte volcó su mirada hacia su trayectoria y tuvo que revisar su impacto decisivo sobre las instalaciones inmersivas, la performance y buena parte del arte contemporáneo. Más allá de lo peculiar de su biografía, que tanta repercusión pública ha tenido, Kusama nos deja una obra que transformó su vulnerabilidad en una herramienta de trabajo y sanación. Sus propias palabras describen mejor su legado: “La tierra solo es un lunar entre un millón de estrellas en el cosmos. Los lunares son el camino al infinito. Cuando obliteramos la naturaleza y nuestros cuerpos con lunares, nos convertimos en uno con nuestro entorno”.