Ratko Mladic había prometido no sucumbir jamás a la humillación que sufrió en la mañana de su juicio en 2017: ser juzgado por un tribunal extranjero. Para asegurarse de que cumpliría su palabra, le había dicho a sus oficiales que no lo agarrarían vivo y que llevaría una bolsa llena de armas a lo largo de todos sus años de fuga.
Pero cuando llegó el momento crítico, el hombre que había dado la orden de matar a miles de personas no pudo terminar con su propia vida. Cuando los oficiales de paisano del Ministerio del Interior serbio aparecieron el 26 de mayo de 2011 en su último escondite (una habitación en la casa de su primo en un remoto pueblo del norte), el viejo general, debilitado por dos derrames y un infarto, dejó la ametralladora Heckler & Koch en el fondo de un armario, donde la había escondido entre sus calcetines. Este jueves, 15 años después, Madlic murió en prisión mientras cumplía cadena perpetua.
“Supongo que la gente se preguntará por qué no me suicidé”, le dijo a uno de sus partidarios semanas después de ser encontrado, ya en la cárcel. “No fui psicológicamente capaz de hacerlo y no quería que dijeran que somos una familia de suicidas”.
Unos 17 años antes, en febrero de 1994, el conflicto bosnio estaba estancado en un sangriento punto muerto y Ana, la hija de Mladic, usó la pistola favorita de su padre para matarse. Estaba enamorada de un médico al que le horrorizaba la matanza que se estaba cometiendo en Bosnia en nombre de la nación serbia. Él solo se casaría con ella si renunciaba a su padre. Ana resolvió el dilema quitándose ella misma de enmedio.










