Hay decisiones que retratan a quien las toma. La de Joan Laporta de suspender el homenaje del Barça a sus jugadores campeones del mundo con España y sustituirlo por un acto en el que se asumirá la exhibición de esteladas es una de ellas.Lo ocurrido en Elche debe investigarse. Si un adolescente culé sufrió un uso desproporcionado de la fuerza por parte de la Policía Nacional tras arrebatarle una estelada, habrá que depurar responsabilidades. Pero precisamente por eso conviene no mezclar las cosas. Una eventual actuación policial abusiva es un asunto; el reconocimiento a unos futbolistas que acaban de ganar un Mundial es otro completamente distinto.Laporta lo explicó así: «no se da el contexto adecuado» y «el fútbol tiene que servir para unir». Es comprensible en su lógica: la ANC y Òmnium habían llamado a llenar el estadio de esteladas y existía riesgo real de una pitada o un boicot al homenaje. Gestionar ese riesgo es responsabilidad de cualquier directiva. El club, además, ha aclarado que no habrá manifiestos ni discursos institucionales y que se permitirá la exhibición de banderas como ejercicio de la libertad de expresión.Pero ahí está el problema. Una cosa es gestionar un riesgo en la grada y otra cancelar el homenaje y sustituirlo por un acto que Laporta ha presentado como una reivindicación de «la forma de pensar de muchos culés y catalanes». Eso ya no es neutralidad. Es una elección con una evidente lectura identitaria.¿Qué culpa tienen Lamine Yamal, Pedri, Cubarsí, Dani Olmo o Gavi de lo ocurrido en Elche? Ninguna. El homenaje no era una adhesión política a la Roja ni una reivindicación de la unidad de España: era reconocer un logro deportivo de jugadores del propio Barça. Mantenerlo y permitir, por separado, la exhibición de esteladas no eran opciones incompatibles.¿Qué culpa tienen Lamine Yamal, Pedri, Cubarsí, Dani Olmo o Gavi de lo ocurrido en Elche? NingunaDurante años, la selección española apenas ha jugado en Cataluña, no por falta de aficionados sino por la incomodidad política que ha rodeado su presencia. Que ahora ocho jugadores del Barça regresen como campeones del mundo y su homenaje quede condicionado por la presión independentista indica que esa incomodidad sigue viva.En Cataluña, pese a la amnistía y al relato de la reconciliación, persiste en el nacionalismo catalán un rechazo hacia los símbolos vinculados a España que va más allá de la reivindicación soberanista. La victoria de la selección española sigue siendo, para algunos, algo incómodo de celebrar en el Camp Nou. El episodio de esta semana lo vuelve a poner de manifiesto.Una cosa es denunciar una actuación policial por abusiva y otra que la Roja pague las consecuencias en forma de un homenaje cancelado. Una cosa es defender a un menor y otra utilizar su caso como contexto para una decisión con evidente lectura identitaria.Una cosa es defender a un menor y otra utilizar su caso como contexto para una decisión con evidente lectura identitariaEl Barça pertenece a todos sus socios y aficionados. Laporta tiene derecho a defender sus convicciones políticas. Lo que debería evitar, como presidente de una institución plural, es que las decisiones del club terminen convirtiéndose en gestos a favor de una causa concreta.Los jugadores no tienen la culpa de Elche. La Roja tampoco. Ganar un Mundial con España no debería ser, en el Camp Nou, algo que el Barça tenga que celebrar con cautela ni sustituir por otra cosa. Cancelar el reconocimiento a los propios jugadores para acomodar esa incomodidad no es unir. Es, otra vez, mezclar churras con merinas.