Una formulación termoestable contra el tétanos y la difteria acaba de superar el primer ensayo clínico en humanos. De salir adelante, la innovación podría facilitar la inmunización en las zonas más remotas y faltas de recursos del mundo

Se encuentra en los desiertos, donde durante meses no cae una gota de lluvia, y los botánicos la llaman planta de la resurrección por su aparentemente milagrosa vuelta a la vida. Cuando no recibe agua, se ve quebradiza, encogida y parduzca; aparentemente muerta. Pero en cuanto empiezan a caer las primeras gotas, sus hojas vuelven a desplegarse y reverdecer en cuestión de unas horas. La más conocida es la rosa de Jericó (Selaginella lepidophylla), pero hay otras, y todas ellas son capaces de sobrevivir casi completamente desecadas gracias a, entre otros mecanismos, un azúcar llamado trehalosa que protege las células de la planta hasta que el agua regresa. Esta sustancia, ahora, se perfila como una prometedora herramienta para alcanzar un desafío histórico: que las vacunas no se estropeen cuando dejan de estar refrigeradas.

La propuesta, de salir adelante, se erigiría como una solución ante uno de los obstáculos más insalvables hasta ahora de la salud global: la cadena de frío. La mayoría de vacunas infantiles debe mantenerse entre dos y ocho grados de temperatura desde que salen del laboratorio hasta que llegan al beneficiario, y cualquier interrupción en el transporte o en el almacenamiento que altere su temperatura puede volverlas ineficaces. Cada año, según estimaciones de la OMS, hasta la mitad de las vacunas se pueden echar a perder, y la agencia sanitaria ha advertido repetidamente sobre las deficiencias en los sistemas de refrigeración, especialmente en centros de salud de países de renta baja y media, donde es común que falten equipos, o que fallen, o que el suministro eléctrico sea intermitente.