NoticiaLas turberas están en páramos, morichales, selvas y otros humedales. Pueden almacenar enormes cantidades de agua y carbono.PERIODISTA DE MEDIOAMBIENTE Y SALUD25.08.2026 19:08 Actualizado: 25.08.2026 19:08

En medio de los humedales profundos y oscuros de la Amazonia, los morichales de la Orinoquia y los páramos de los Andes se esconde un ecosistema poco conocido y, sin embargo, crucial para el futuro del planeta: las turberas. Son un tipo de humedal en el que el agua permanece durante largos periodos y la materia orgánica se acumula durante cientos, miles e incluso millones de años, formando capas de turba. Bajo ese suelo aparentemente común puede esconderse una enorme reserva de agua y carbono.Esa característica podría convertirlas en un ecosistema estratégico frente a escenarios de sequía asociados al fenómeno de El Niño que atravesará el país en los próximos meses. Según explica el ecólogo Santiago Rocha Cárdenas, impulsor del proyecto ‘Turberas para el futuro’, las turberas funcionan como una especie de esponja: almacenan agua debajo del suelo y ayudan a regular su circulación hacia las cuencas. El problema es que, pese a su importancia, siguen siendo prácticamente invisibles para buena parte de la sociedad y no se conocen con precisión todas las que existen en Colombia. LEA TAMBIÉN “Estos suelos de turbera, por tener tanto contenido de carbono orgánico del suelo, son como esponjas”, detalla Rocha Cárdenas. La diferencia puede sentirse al caminar sobre ellas: mientras un suelo normal de páramo puede ser duro, en una turbera el terreno comienza a hundirse porque debajo hay una capa de materia orgánica que contiene una gran cantidad de agua acumulada.Estos humedales almacenan agua como una esponja. Foto:David Santiago Rocha | Turberas para el futuroLa esponja escondida del páramoLos páramos son reconocidos por su papel como reguladores hídricos. Reciben grandes cantidades de precipitación y ayudan a disminuir la velocidad con la que el agua baja por las cuencas. Pero, según Rocha Cárdenas, dentro de ese sistema existe un componente que ha recibido mucha menos atención: las turberas.Su capacidad para almacenar agua está relacionada con la enorme cantidad de materia orgánica que acumulan y con la presencia de musgos como el Sphagnum, que contribuyen a retener el recurso. El agua queda almacenada debajo de la superficie, en lugar de permanecer completamente expuesta, lo que ayuda a conservarla durante periodos prolongados.Esa función adquiere especial relevancia ante un fenómeno de El Niño. Mientras las condiciones secas pueden afectar diferentes sectores de los ecosistemas de montaña y aumentar el riesgo de incendios, las turberas mantienen agua bajo el suelo. Rocha Cárdenas señala que esos sitios pueden continuar prestando el servicio de regulación hídrica y contribuir al mantenimiento de los caudales de los ríos.El ecólogo recuerda que buena parte de los ríos del país nace en ecosistemas de páramo y que una proporción importante de la población depende del agua que estos territorios regulan. De manera indirecta, esa población también depende de las turberas, aunque en la mayoría de los casos no sepa siquiera qué son. “Indirectamente el 50 por ciento de esa población depende del agua de las turberas, pero no sabe qué es una turbera”, plantea. LEA TAMBIÉN No son solo páramosUna de las dificultades para reconocerlas es que las turberas no corresponden a un paisaje específico. Pueden estar dentro de un páramo, pero también en otros ecosistemas. Hay turberas en los morichales de los Llanos Orientales, en bosques inundables de la Amazonia, en manglares y en zonas asociadas a otros humedales.Por eso, una turbera puede tener apariencias muy diferentes. En un morichal puede estar debajo del paisaje de palmas y agua; en un manglar, bajo el suelo en el que una persona se hunde al caminar; y en un páramo, en esos sectores planos y húmedos que muchas veces son vistos simplemente como pantanos.Las turberas acumulan agua debajo del suelo durante largos periodos. Foto:David Santiago Rocha | Turberas para el futuroPara el investigador, hacerlas visibles exige también cambiar la manera de explicarlas. No se trata únicamente de imponer un nombre científico a los territorios, sino de comprender cómo las comunidades identifican y nombran esos ecosistemas y, a partir de allí, explicar su importancia. Una de las mejores formas de hacerlo, sostiene, es llevar a las personas al terreno y permitirles experimentar directamente la diferencia entre un suelo firme y una turbera. “Es muy importante invitar a las personas, a los periodistas, a todas las personas que puedan acompañar o mostrarles una turbera”, dice.Miles de años almacenando carbonoLas turberas no solo cumplen una función relacionada con el agua. También son extraordinarios depósitos de carbono. Una investigación de la Universidad de California Santa Cruz encontró que la densidad promedio de carbono por área en las turberas de Colombia es entre cuatro y diez veces mayor que la de la selva amazónica.La razón está en su propia naturaleza. En estos humedales, los suelos permanecen saturados de agua y con poco oxígeno, lo que dificulta que los organismos descompongan completamente la materia vegetal. Las hojas, ramas y otros restos se acumulan y forman turba, mientras el carbono queda atrapado en el suelo.A escala mundial, las turberas cubren apenas el 3 por ciento de la superficie terrestre, pero almacenan más carbono que todos los árboles del planeta. El estudio de la Universidad de California Santa Cruz estima que las tierras bajas orientales de Colombia podrían contener entre 7.370 y 36.200 kilómetros cuadrados de turberas y que el carbono almacenado en ellas podría equivaler a unas 70 años de emisiones del país provenientes de combustibles fósiles e industria.El trabajo científico también muestra cuánto falta por conocer. Los investigadores encontraron turba en 51 de más de 100 humedales visitados durante tres años de trabajo de campo. Además, identificaron tipos específicos de turberas, entre ellos las de arena blanca, que no habían sido documentadas previamente en Sudamérica. El hallazgo refuerza la posibilidad de que todavía existan grandes extensiones de estos ecosistemas sin identificar. LEA TAMBIÉN El problema es que la misma condición que permite a las turberas almacenar carbono puede convertirse en una fuente de emisiones cuando son degradadas. Si se drenan, el agua desaparece, entra oxígeno en el suelo y la materia orgánica comienza a descomponerse con mayor rapidez. Así, el carbono que permaneció almacenado durante siglos o milenios puede liberarse en poco tiempo.El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) señala que las turberas degradadas generan alrededor del 4 por ciento de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero provocadas por actividades humanas. Además, los incendios que ocurren en turberas drenadas pueden liberar hasta diez veces más carbono por hectárea que un incendio forestal típico.Rocha Cárdenas vuelve entonces a la imagen de la esponja. Cuando una turbera es drenada, compactada o pisoteada, pierde parte de su capacidad para almacenar agua y cambia su funcionamiento. “Cuando nosotros dañamos la turbera, le sacamos el agua, todo ese carbono que se ha capturado durante miles de años se libera como un gas metano o dióxido de carbono en muy poco tiempo”, explica.En los páramos, una de las amenazas está relacionada con las actividades agropecuarias. Como muchas turberas se encuentran en sectores planos, pueden ser utilizados para poner ganado o cultivar papa. Para sacar el agua, se construyen zanjas que drenan el terreno. En muchos casos, advierte el ecólogo, esto ocurre sin que quienes intervienen el lugar sepan que están afectando una turbera. LEA TAMBIÉN El pisoteo de las vacas también puede compactar el suelo y alterar su capacidad de almacenamiento. Por eso, la restauración debe comenzar por detener las causas de la degradación: retirar el ganado, evitar las actividades que afectan el suelo y dejar de abrir zanjas. Después viene la recuperación hidrológica. “Hay que tapar las zanjas, hay que recuperar el agua”, resume Rocha Cárdenas.Expertos piden reconocer las turberas como una pieza esencial de la regulación hídrica. Foto:David Santiago Rocha | Turberas para el futuroRestaurar el páramo no es solo sembrarPara el ecólogo, esta situación obliga a revisar la forma en que se entiende la restauración de los páramos. Durante años, buena parte de las acciones se ha concentrado en recuperar la cobertura vegetal mediante la siembra de frailejones y arbustos. Pero un páramo puede volver a verse verde sin recuperar completamente su funcionalidad ecosistémica.Esa funcionalidad incluye, entre otras cosas, la capacidad de regular el agua y capturar carbono. Por eso, sostiene Rocha Cárdenas, restaurar un páramo también implica recuperar los ecosistemas que cumplen esas funciones, entre ellos las turberas. El investigador recuerda la crisis del agua que atravesó Bogotá en 2024 y cuestiona que, pese a los recursos destinados durante años a la restauración, se haya atendido insuficientemente el componente hídrico.La pregunta, entonces, no debería ser únicamente si el páramo volvió a tener vegetación, sino si volvió a funcionar como regulador del agua. En esa discusión, las turberas ocupan un lugar que, según Rocha Cárdenas, ha sido históricamente ignorado.El reto empieza por conocerlas. El ecólogo plantea tres tareas: definir qué es una turbera, socializar ese conocimiento entre las autoridades ambientales y otros actores, y mapearlas para saber dónde están y cuál es su estado. Las que están conservadas deben mantenerse así y las degradadas deben ser restauradas.El humedal que puede estar bajo los piesAnte un escenario de El Niño, la discusión sobre el agua suele concentrarse en embalses, ríos, páramos y otras fuentes visibles. Rocha Cárdenas propone mirar también hacia abajo: hacia ese suelo que se hunde, que almacena agua y que puede contener una historia de miles o millones de años.Las turberas son, en esencia, reservas de agua y carbono escondidas dentro de paisajes que Colombia ya conoce con otros nombres. Están en páramos, morichales, selvas y otros humedales, pero durante mucho tiempo no han ocupado un lugar proporcional a su importancia en las políticas de conservación.Las turberas tienen densidades de carbono entre cuatro y diez veces mayores que las de la Amazonia. Foto:Leslie Moreno CustodioEl desafío es hacerlas visibles antes de que sean degradadas. Porque una turbera puede tardar cientos, miles o millones de años en formarse, mientras que drenarla o compactarla puede alterar rápidamente las funciones que construyó durante todo ese tiempo.Por eso, para Rocha Cárdenas, el país debe dejar de pensar en la restauración de los páramos únicamente como una tarea de sembrar plantas. También debe preguntarse dónde está el agua, cómo se almacena y qué ecosistemas permiten que permanezca allí. En esa respuesta, las turberas aparecen como una pieza pequeña en apariencia, pero enorme en sus funciones.Mientras Colombia se prepara para enfrentar periodos de mayor presión sobre el recurso hídrico, ese humedal desconocido puede terminar siendo uno de los aliados más importantes para conservar el agua y mantener almacenado el carbono. El primer paso, sin embargo, es tan básico como urgente: saber dónde están y aprender a reconocerlas.EDWIN CAICEDOPeriodista de Medioambiente y Salud @CaicedoUcros Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.