Ucrania celebra el 35º aniversario de su independencia en uno de los momentos más delicados desde que comenzó la invasión rusa a gran escala. Después de cuatro años y medio de guerra, el país continúa resistiendo, pero lo hace sometido a una creciente presión militar, económica y política. La celebración del 24 de agosto vuelve a estar atravesada por una paradoja difícil de resolver. Ucrania ha demostrado que Rusia no puede conquistarla, pero es un hecho cierto que no dispone de los recursos necesarios para obligar a Moscú a renunciar a sus objetivos.PublicidadEl mensaje pronunciado por Volodímir Zelenski con motivo del aniversario refleja esa tensión. Ucrania quiere la paz, pero no está dispuesta a capitular. Reclama una paz justa, garantías de seguridad y la recuperación de los territorios ocupados. El problema es que entre esa aspiración y la realidad militar existe una distancia que no puede cubrirse únicamente mediante declaraciones pomposas de solidaridad. Cada vez se hace más palmario algo que muchos llevan tiempo apuntando: esta guerra sólo se solucionará con una mesa de negociación. No habrá destrucción ni desintegración de Rusia.Y con estos mimbres, Ucrania ha optado por una estrategia mas imaginativa e inteligente con el objetivo de modificar parcialmente el equilibrio de la guerra. Ante las dificultades para lograr avances decisivos en el frente, Ucrania ha decidido trasladar una parte mayor del desgaste al interior de Rusia. Los ataques en profundidad contra refinerías, depósitos de combustible, centros logísticos e infraestructuras vinculadas al esfuerzo militar ruso buscan reducir la ventaja que proporciona a Moscú disponer de una extensa retaguardia estratégica, además de distraer recursos del frente. La elección de estos objetivos no es casual. Rusia necesita transformar el petróleo en gasolina, diésel y combustible de aviación, almacenarlo y trasladarlo hasta unas fuerzas que combaten a lo largo de un frente de más de mil kilómetros. Cada refinería dañada, cada almacén destruido y cada centro logístico paralizado incrementan los costes de la guerra, obligan a dispersar las defensas aéreas y alteran las cadenas de abastecimiento.La campaña no ha provocado el colapso de la economía rusa ni ha eliminado sus ingresos procedentes de las exportaciones energéticas. Tampoco parece capaz, por sí sola, de modificar la voluntad política del Kremlin. Pero sí está produciendo efectos acumulativos. Las interrupciones en la producción de combustibles, las dificultades de distribución y la necesidad de dedicar recursos públicos a reconstruir y proteger instalaciones amplían el coste económico del conflicto. El decreto de Putin que permite al Estado asumir el control temporal de infraestructuras consideradas insuficientemente protegidas revela que los ataques ya no pueden tratarse simplemente como incidentes aislados. Ucrania ha ampliado además sus objetivos a grandes centros de distribución y almacenes comerciales que, según Kiev, forman parte de las redes logísticas utilizadas para sostener el esfuerzo bélico. La frontera entre infraestructura civil y militar se vuelve así cada vez más difusa. Es una lógica característica de las guerras de desgaste, en las que no se combate únicamente por el control del territorio, sino también por la capacidad de cada país para mantener durante más tiempo su producción, sus comunicaciones y su cohesión interna.PublicidadAl mismo tiempo, las fuerzas ucranianas han conseguido frenar algunos avances rusos y recuperar posiciones en determinados sectores del frente. Pese a todo, no estamos ante una nueva contraofensiva capaz de alterar radicalmente el mapa, pero sí ante una demostración de que la iniciativa no pertenece exclusivamente a Moscú. Ucrania intenta combinar la resistencia territorial con ataques selectivos contra los puntos más vulnerables de la maquinaria militar y económica rusa.Y además, esta estrategia tiene también una dimensión defensiva. Ante la escasez de misiles interceptores Patriot, Kiev está intentando destruir los lanzadores balísticos rusos antes de que puedan disparar. Zelenski ha confirmado operaciones dirigidas contra lanzadores Iskander situados cerca de las fronteras ucranianas. El Gobierno ucraniano habría solicitado además autorización para emplear drones equipados con tecnología Starlink en estos ataques, una opción condicionada por las restricciones geográficas impuestas al sistema.La propuesta resume bien el dilema ucraniano. Si Estados Unidos no suministra suficientes interceptores, Ucrania intentará neutralizar los misiles en origen. Atacar un lanzador resulta mucho más barato que interceptar cada proyectil durante su trayectoria. Sin embargo, esta alternativa no puede sustituir completamente a la defensa aérea. Los drones pueden localizar y destruir algunos sistemas, pero no garantizar la protección de Kiev, Járkov, Odesa o Dnipró frente a ataques masivos, tal y como se ha visto durante los letales ataques de los últimos días.PublicidadLa falta de interceptores está teniendo consecuencias especialmente graves para la población civil. Rusia ha incrementado el uso de misiles balísticos, precisamente aquellos contra los que los Patriot han demostrado una mayor eficacia. Cuando las defensas están saturadas o carecen de munición, los ataques provocan más víctimas y mayores daños sobre viviendas, hospitales, instalaciones energéticas e infraestructuras portuarias. Ucrania puede golpear refinerías rusas a cientos de kilómetros, pero sigue necesitando tecnología estadounidense para proteger sus ciudades.Esta es la principal limitación de la respuesta europea. La próxima reunión en Kiev de la Coalición de Voluntarios, con representantes de más de 30 países, pretende reforzar la defensa aérea, aumentar la producción de armamento y avanzar en las garantías de seguridad. Reino Unido y Francia han anunciado nuevas iniciativas para facilitar la fabricación en Ucrania de misiles de largo alcance, mientras otros socios estudian entregar sistemas e interceptores adicionales. Y de paso que los fabrican, también prueban su eficacia en combate.Y con todo y con eso, tampoco en esta ocasión esto será suficiente, porque los europeos pueden ayudar a Ucrania a resistir, producir munición y sostener financieramente al Estado. Pero lo que todavía no pueden hacer es reemplazar plenamente las capacidades estadounidenses, especialmente en defensa antimisiles, inteligencia y algunos sistemas de largo alcance. Tampoco pueden garantizar un acuerdo diplomático que Rusia esté dispuesta a respetar. Una paz justa necesita el compromiso europeo, pero requiere también el concurso de Washington. Y si esto es así, ¿qué hacer?A estas dificultades exteriores se añaden las turbulencias internas. El exministro de Defensa Mykhailo Fedorov pidió el 19 de agosto preparar la celebración de nuevas elecciones y cuestionó un sistema que, en su opinión, "premia la lealtad por encima de la competencia". Sus palabras remitían directamente a los casos de corrupción y al creciente debate sobre la concentración de poder en torno a la presidencia. Sin embargo, celebrar elecciones bajo la ley marcial plantea enormes problemas. Millones de ciudadanos se encuentran desplazados, parte del territorio está ocupado y cientos de miles de soldados combaten en el frente. Pero posponer indefinidamente la restitución del ciclo electoral también erosiona la legitimidad institucional. La corrupción no desaparece porque un país esté en guerra. Al contrario, la opacidad, la militarización y la concentración de recursos multiplican los riesgos.Mientras tanto, Rusia permanece enrocada en una negociación que confirme sobre la mesa aquello que no ha logrado conquistar completamente sobre el terreno. Putin sigue entendiendo la paz como la aceptación de sus objetivos de guerra, el control del mayor territorio posible, la limitación de la soberanía ucraniana y la consolidación de una zona de influencia rusa.35 años después de proclamar su independencia, Ucrania continúa luchando precisamente por hacerla efectiva y conservar su soberanía. Ha demostrado una capacidad de resistencia que pocos anticiparon. Pero resistir no equivale a vencer, y golpear la retaguardia rusa no resuelve por sí solo la vulnerabilidad de las ciudades y de los y las ciudadanas ucranianas. Así, como en otras ocasiones hemos repetido, parece complicado alcanzar una paz justa en los términos planteados por Kiev, pero entre esa opción y la paz imperial buscada por Moscú todavía hay tiempo de pensar en diferentes alternativas.