Simón Bolívar convocó el Congreso Anfictiónico desde Lima el 7 de diciembre de 1824, dos días antes de la batalla de Ayacucho. Lo hizo con una convicción que resumió en la Carta de Jamaica de 1815: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria.”

Desde entonces, el Perú era el centro geográfico y simbólico de ese proyecto. Lima era la capital desde la cual el Libertador imaginaba una confederación de repúblicas capaz de resistir a las potencias externas. Lamentablemente, el Congreso fracasó por las ambiciones localistas de las oligarquías nacionales. Como consecuencia de ello, Bolívar murió en 1830, solo y desilusionado, convencido de que había “arado en el mar”.

Doscientos años después, el Perú sigue teniendo oportunidades de integración regional desde aquel congreso fallido. Pero, a la par, para pesar de los pobres peruanos, también persisten mezquindades que bloquean el desarrollo de sus pueblos.

En suma cuenta, son intereses económicos particulares los que, a lo largo de la historia, han desviado la inercia que, hay que decirlo, de forma misteriosamente terca ocasionan las riquezas diversas que envuelven a estas tierras.