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México convive con una actividad sísmica que se extiende mucho más allá de los terremotos que llegan a ocupar titulares. Bajo su territorio se producen miles de movimientos de distinta intensidad, la mayoría imperceptibles para la población, pero todos capaces de aportar información sobre la compleja dinámica geológica que mantiene al país entre las regiones sísmicamente más activas del mundo.

La razón está en su ubicación. El territorio mexicano se encuentra en una zona de contacto e interacción entre varias placas tectónicas, entre ellas las de Norteamérica, Pacífico, Rivera, Cocos y Caribe. El desplazamiento y la fricción acumulada entre estos grandes bloques de la corteza terrestre liberan energía de manera continua y originan buena parte de los sismos que se registran en diferentes regiones del país.

Esta actividad no se concentra en un único punto ni responde a un solo tipo de fenómeno. La costa del Pacífico concentra algunos de los escenarios de mayor riesgo debido a los procesos de subducción, mientras que otras zonas pueden experimentar movimientos asociados con fallas locales o estructuras geológicas internas. De ahí que el comportamiento sísmico de México presente características distintas según la región y la profundidad en la que se produce cada ruptura.