Cuando la laca dej� de horadar el agujero de la capa de ozono, se hizo jirones el tel�n de la fantas�a colorista de los 80 y las supermodelos fueron sustituidas por an�nimas chicas de pueblo, a una ni�a del sur de Londres le toc� en suerte mostrar un nuevo horizonte en la serendipia de la moda. Nos agarrar�a de la mano para doblar la tr�mula esquina del milenio mientras el grunge lo estaba ti�endo todo de desali�o, rabia, ruido, hast�o y po�tica desesperanza. La entronizaci�n de Kate Moss -y ese bacheado camino a la cima minimalista- supuso pura disrupci�n. Se dir�a que tras el fulgor crom�tico de una d�cada luminosa una angustia existencialista se hab�a aupado a las pasarelas y copaba los shootings. Tambi�n una maravillosa contradicci�n filmada en blanco y negro. Moss no era exuberante, ni glamurosa, ni bella ni armoniosa en sus facciones (dientes torcidos), ni siquiera era lo suficientemente alta para triunfar en este tinglado. Proyectaba, inaprensible, ese desamparo tan fotog�nico que dieron en llamar heroin chic; palidez surgida de un cuento de Poe o peli de Tim Burton, dieta de caf�, tabaco y toxicoman�a para mantener la delgadez extrema y unas ojeras que delatan una vida ensuciada a deshoras. Ya conocemos la trazabilidad de esta cenicienta embutida en talla XXS y vestidos lenceros que empapel� lonas y marquesinas como icono transgeneracional. Qui�n desconoce a estas alturas que Sarah Doukas, fundadora de la agencia de modelos Storm, la descubri� en el JFK de Nueva York cuando ten�a 14 a�os; que con 18 fue saludada como la anti modelo de cabellera sin lavar y p�mulos demacradamente bellos; que pos� con Mark Wahlberg para Calvin Klein y su cariz naif de lolita tormentosa e insolente marc� inflexi�n; que su romance con el rebelde Johnny Depp no hizo sino magnificar el impacto global... La incorrecci�n se hab�a puesto delante del visor, brindando un nuevo arquetipo donde muchas j�venes devoraban anorexia, raves, enojo y sinsentido siguiendo el patr�n Kate Moss.