Hace medio siglo cambió Buenos Aires por Madrid, donde fundó el grupo Tequila, banda sonora de la Transición; hoy, a los 67, Alejo Stivel repasa sus años agitados en un libro y colabora con grandes figuras de la música, de Joaquín Sabina a Silvio Rodríguez22 de agosto de 202606:0015'minutos de lecturaMADRID.- El día de esta entrevista con Alejo Stivel coincide con una efeméride que aparece de inmediato durante la conversación, en el departamento donde el músico vive desde hace casi medio siglo, cerca del Parque de Berlín, en esta ciudad. Llegó allí junto a su madre, la actriz y docente teatral Zulema Katz, pocas semanas después de abandonar la Argentina, en 1976. Nunca volvió a mudarse. Hoy comparte esa casa con dos gatas, conserva cientos de vinilos que cruzaron el Atlántico en un baúl y mantiene viva una memoria que, inevitablemente, vuelve una y otra vez sobre aquellos años.Paco Urondo -de cuyo asesinato justamente se cumplieron 50 años en la fecha de esta charla- ocupa un lugar central en esa historia: no solo fue un reconocido poeta y periodista argentino del siglo XX, sino el hombre que crió a Stivel desde que tenía apenas un año y medio. “Mis padres se separaron antes de mi nacimiento, y él fue más mi padre que mi propio padre biológico”, afirma sin vacilar.La casa en la que creció en Buenos Aires era un territorio donde convivían literatura, teatro, política y música. Zulema Katz pertenecía a una generación que entendía la cultura como una forma de intervenir en la vida pública. Escritores, actores, periodistas y músicos entraban y salían de allí con naturalidad. Hablar de libros o de política era tan cotidiano como sentarse a comer. “Paco me despertó la curiosidad política. Era un tipo con una gran sensibilidad social por el sufrimiento de los desfavorecidos, pero también era una persona divertidísima. Crecí creyendo que conversar sobre literatura, teatro o música a una edad muy temprana era lo más normal del mundo”, sostiene Stivel.Esa formación cultural, atravesada por la poesía, el teatro y la música latinoamericana, sigue apareciendo medio siglo después de maneras inesperadas. Este año, Stivel publicó “Déjame en paz”, una canción que escribió con Silvio Rodríguez. Para él fue el gran corolario de una amistad nacida cuando todavía era un adolescente recién exiliado. “No es un sueño hecho realidad, porque nunca soñé hacer una canción con Silvio -dice-, aunque lo conozco desde hace muchísimo tiempo y tenemos una relación muy cercana. Venía a casa, acá en Madrid, agarraba la guitarra y se pasaba toda la noche cantando hasta que salía el sol”.En aquellas largas reuniones se produjo una escena que Stivel evoca con orgullo. “Yo sentía que podía dejar mi ropa o mis libros, pero no mis vinilos. Convencí a mi madre y nos vinimos con ese baúl lleno de música que me gustaba -cuenta-. Una noche le pregunté a Silvio si conocía el rock argentino y me dijo que no. Entonces le puse discos de Charly y Spinetta. Ahí descubrió esa música maravillosa”. Años más tarde, Charly se encontró con el gran trovador cubano y le preguntó cómo había conocido su obra. “Me la mostró Alejo Stivel en Madrid en el 76”, le respondió el cubano.La amistad entre Stivel y Rodríguez dio un giro inesperado hace poco más de un año. Estaban charlando en Madrid y el trovador le propuso que compongan algo juntos. “Entré en shock. Nunca pensé que Silvio Rodríguez iba a proponerme algo así”, admite. La dinámica de trabajo estuvo marcada por el clima de época: “Empezamos a intercambiar ideas por WhatsApp y un día recibí un archivo que se titulaba ‘Déjame en paz’. Pensé que sería una canción política, quizá sobre Trump… Pero cuando la abrí, leí la frase ‘Déjame en paz, conciencia’. Me pareció una vuelta de tuerca poética extraordinaria, digna del genio que es”.De todos modos, lo más difícil recién empezaba. “Hacerle música a una letra de Silvio es como hacerla para Bob Dylan, Paul Simon o Elton John -remarca Stivel-. Me hizo sentir una responsabilidad enorme”. Compuso una melodía. Después otra. Y otra más. “Hice veinte, pero ninguna estaba a la altura de lo que esa letra merecía. Estuve unos meses angustiado. Y no lo hablé con nadie, ni con él. No sabía cómo decirle que no encontraba la melodía adecuada. Temía que pensara que me había olvidado del proyecto”.Las ideas se acumulaban en forma de notas de voz en su teléfono. Hasta que una tarde, conduciendo a 120 kilómetros por hora en una autopista rumbo a La Coruña, apareció una nueva melodía. “Con bastante riesgo para mi vida, la grabé en el teléfono (risas). Y esa fue la buena, la que terminamos usando”. De inmediato convocó a la banda y, al día siguiente, un 31 de diciembre, la grabó. Se la envió a Silvio el 6 de enero de este año, como regalo de Reyes. Stivel decidió grabar la canción con una producción más cercana a lo que él define como “un lenguaje rockero”, aunque se preguntó si no hubiese sido más adecuado hacer una versión más próxima al universo acústico de Rodríguez. Pero esas dudas se disiparon definitivamente cuando el músico cubano, después de escucharla, le envió un mensaje claro: “Es una frase que no olvidaré nunca -resalta Alejo-: ‘Me gusta el rock and roll’. Ahí supe que mi elección había sido acertada”.Un rostro, todas las épocas; las distintas encarnaciones de Alejo StivelDespués le propuso armar un videoclip, pero Silvio dudó porque nunca había hecho uno en toda su extensa carrera. Stivel le preguntó si le dejaba hacer una prueba con Inteligencia Artificial y obtuvo un sí condicionado. Y convocó a un gran amigo, “el genio creativo Leandro Raposo, que desarrolló con mucho talento el mundo visual de esa canción nacida de una amistad de medio siglo”, revela. Rodríguez lo vio y dio el OK definitivo. Sin censuraPocos meses antes de que todo esto ocurriera, Stivel había estado rememorando toda la riqueza de su pasado -con alegrías y penurias, claro- para escribir Yo debería estar muerto, la autobiografía que publicó en 2024 y que arranca con una frase que resume buena parte de su vida: “Soy un sobreviviente serial”. Stivel enumera los episodios que pudieron terminar con su historia mucho antes de tiempo: una enfermedad grave durante la infancia, la dictadura argentina, las drogas y otros momentos límite. El exilio forzado llegó pocos meses después del asesinato de Urondo. Alejo tenía solo 16 años, pero aún así nunca lo vivió como una aventura juvenil ni mucho menos. “Siempre sentí que mi entorno me había expulsado”. Tiene muy presente haber aprendido ya de muy pequeño rutinas poco habituales para un chico de esa edad: mirar hacia atrás antes de entrar en casa, caminar haciendo contravigilancia o dar una vuelta completa a la manzana para comprobar que nadie lo seguía. “Todas cosas que reviví viendo, ya de adulto, la película Infancia clandestina”, señala, en alusión al film de 2012 dirigido por Benjamín Ávila y protagonizado por Natalia Oreiro.La portada de "Yo debería estar muerto", las memorias que Stivel publicó en 2024, en las que evoca su infancia en la Argentina y la época del destape españolGentilezaCuando desembarcó en Madrid encontró una ciudad muy distinta de la que imaginaba. Franco había muerto, pero el franquismo seguía presente en las costumbres, en la forma de vestir y hasta en el modo de ocupar el espacio público. Sin saberlo, aquel adolescente argentino estaba a punto de participar en uno de los cambios culturales más profundos de la España democrática: formó el grupo Tequila con su amigo de la infancia, Ariel Rot. Juntos diseñaron parte de la escena musical de la nueva España. Se habían conocido a los 11 años porque Paco Urondo era redactor en el diario La Opinión, donde el padre de Ariel, Abrasha Rotenberg, era director financiero. “Éramos muy amigos de Javier, el hijo del director del diario, Jacobo Timerman. Los tres fuimos inseparables de niños, luego de adolescentes y más adelante de adultos. Es una amistad fraternal que ha desafiado al tiempo y dura hasta hoy”. El contraste de España con la Argentina era enorme. En Buenos Aires, Stivel había crecido en un ambiente en el que el rock era parte de una intensa vida política y cultural. En Madrid, en cambio, encontró una sociedad que recién empezaba a desprenderse de cuarenta años de autoritarismo y una escena musical todavía en busca de su propia identidad. “Muchos grupos seguían cantando en inglés, y el rock, igual que la sociedad española de esos años, era muy acartonado”. Su fanatismo por los Rolling Stones y otras bandas anglosajonas fueron para él una guía. Y no solo musical. Encontró, además, un modelo a seguir en términos de actitud, e incluso en el look. Aquella influencia terminó convirtiéndose en una propuesta estética completa: mientras buena parte de España seguía vistiendo colores apagados que eran una rémora evidente de los tiempos del franquismo, Tequila apareció en escena con ropa colorida, pantalones ajustados y una energía que rompía con toda rigidez.Tequila, la banda que cofundaron Stivel junto con su amigo de la infancia, Ariel RothLa banda nació prácticamente al mismo tiempo que la democracia española daba sus primeros pasos. Con el tiempo, Stivel entendió que esa coincidencia histórica fue decisiva. “Nosotros nunca pensamos que íbamos a representar nada -reflexiona hoy-. Solo hacíamos la música que nos gustaba. Después nos dimos cuenta de que eso conectaba con un país que tenía muchas ganas de divertirse”.Las canciones empezaron a multiplicarse en las radios: “Rock and roll en la plaza del pueblo”, “Necesito un trago”, “Dime que me quieres”, “Me vuelvo loco” (que fue usada como sintonía del programa televisivo argentino Duro de domar), “Salta”... Y el fenómeno excedió rápidamente la música. El Corte Inglés, ícono español del comercio minorista, llegó a lanzar la “Moda Tequila”, una línea de ropa inspirada en la estética del grupo. “Era un pack irresistible”, bromea Stivel entre risas. “No eran solamente las canciones. Había una imagen, una forma de estar sobre el escenario, una sensación de libertad”.“El Corte Inglés, ícono español del comercio minorista, llegó a lanzar la ‘Moda Tequila’, una línea de ropa inspirada en la estética del grupo”Para Alejo, el verdadero impacto que produjo Tequila fue cultural. “La gente sintió que la puerta de la jaula podía abrirse”, asevera. Esa idea explica también su mirada sobre la Movida madrileña. Acepta que Tequila preparó parte del terreno, pero introduce un matiz que suele generar debate: “Siempre pensé que la Movida está un poco sobrevalorada desde el punto de vista musical. Había muchos grupos con pocos recursos técnicos. Pero culturalmente fue extraordinaria, eso sí, porque representó una explosión de irreverencia y libertad. Nosotros no fuimos parte de la Movida, pero sí uno de sus claros antecedentes”.Además de cantar y componer, Stivel se ocupaba de la relación con la compañía discográfica, del diseño de la promoción, de buena parte de las decisiones estratégicas y de construir una identidad visual que diferenciara a la banda. Siempre se le dieron bien las labores de marketing, seguramente como parte de la herencia de su padre biológico, David Stivel, escritor, productor y director de cine y televisión en la Argentina y Colombia, que también fue “un gran empresario artístico”, según la definición de Alejo. David Stivel, padre biológico de Alejo Stivel, fue a nivel artístico una figura que revolucionó la TV argentinaFue él quien convocó a Juan Gatti para diseñar las portadas de los discos de Tequila, convencido de que una banda también se expresa través de las imágenes. Luego de unos años frenéticos marcados por un gran éxito -hicieron más de 500 conciertos y vendieron más de un millón de discos en España-, se empezó a divisar el final del proyecto. “Tocamos techo. Y nos golpeamos varias veces con ese techo”, dice Alejo con sorna.Para seguir creciendo hubieran necesitado hacerse fuertes en América Latina, pero la estructura de su compañía discográfica no estaba lista para acompañar el salto. Las tensiones internas hicieron el resto. La convivencia permanente, las giras, las drogas y el desgaste de varios años de éxito fueron erosionando una relación que parecía indestructible. “Simplemente, estábamos medio hartos unos de otros”, argumenta sin dramatismo.La separación de Tequila marcó el final de la primera gran banda de rock and roll español, pero también el comienzo de otra carrera muy relevante. Durante las dos décadas siguientes, Alejo Stivel se convirtió en el productor más importante de España. Trabajó con Joaquín Sabina, Miguel Ríos, La Oreja de Van Gogh, M-Clan, El Canto del Loco, La Cabra Mecánica y decenas de artistas que encontraron en él una combinación poco frecuente de intuición artística y criterio comercial.Pesos pesados: con Joaquín Sabina y Charly GarcíaEn paralelo, montó una productora y escribió y produjo alrededor de 500 jingles publicitarios, una faceta que también reivindica. “Hay compositores extraordinarios incapaces de escribir un buen jingle y grandes creadores de jingles que nunca hacen una buena canción. Son oficios distintos. Una canción nace de una necesidad personal. Un jingle consiste en resolver el problema creativo de otra persona”.Aquellos años, además, le enseñaron a escuchar de otra manera. Como productor, entendió que su trabajo no consistía en imponer un estilo, sino en descubrir qué necesitaba cada artista. “El ego del productor es un enemigo enorme. Hay que ponerse al servicio de la canción”, dispara convencido. Ese papel sigue ocupando buena parte de su presente. Casi cincuenta años después de conocer a Rosa León, hoy produce el nuevo disco de esta artista madrileña de 74 años, una de las voces fundamentales de la canción de autor durante la Transición. La historia parece escrita por un novelista. Cuando Stivel llegó exiliado a Madrid, María Elena Walsh -amiga íntima de Zulma Katz y una especie de tía postiza de Alejo- le entregó una carta de presentación para Rosa León. La cantante se interesó por el adolescente argentino y le preguntó a qué quería dedicarse. “Y yo le respondí: ‘Quiero ser una estrella de rock’”, devela Alejo. Rosa lanzó una carcajada, pero después escuchó un demo casero grabado apenas con una guitarra y le dijo algo que Stivel nunca olvidó: “Lo vas a lograr. Vas a arrasar”. Al día siguiente, Rosa lo invitó al estudio donde estaba grabando. Stivel pasó toda la tarde soñando con, algún día, poder grabar allí algo propio. Un año más tarde, cuando Tequila firmó su primer contrato discográfico, le asignaron a la banda un estudio y al llegar se encontró con la sorpresa: era el mismo que había conocido gracias a Rosa León. “Ahora estoy produciendo un disco de ella con canciones de María Elena Walsh y duetos con Sabina, Serrat, Silvio Rodríguez, Ana Belén y Víctor Manuel, entre otros. Hay historias que tardan cincuenta años en cerrar un círculo”. Esperado retornoHubo un momento en que Stivel creyó que jamás volvería a cantar. Dejar los escenarios no fue una decisión meditada. La producción consumía toda su energía y, casi sin que se diera cuenta, pasaron más de veinte años. Cuando por fin resolvió regresar, descubrió que el verdadero obstáculo no era la voz, sino el miedo: “Después de tanto tiempo sin cantar, irrumpió un vértigo enorme. Por primera vez sentí el pánico escénico”. Los primeros conciertos fueron una lucha contra esa sensación desconocida. Recién cuando iba por el sexto, aclara, empezó a disfrutar otra vez. El punto de inflexión fue un festival en el que cantó frente a unas 20.000 personas. “Sentí que recuperaba una parte de mí que creía perdida”. Entonces recordó algo que unos años antes le había dicho Joaquín Sabina: había renunciado a “la droga más fuerte que existe: los aplausos, el amor de tu público”, según las palabras del célebre artista de Úbeda. El retorno coincidió así con otra forma de reconstrucción, la que cimentó a través del libro autobiográfico que evita cualquier tentación nostálgica y revisa el exilio, la historia con Tequila y la producción musical, las adicciones y los excesos con una franqueza poco habitual. “El libro funcionó como una verdadera terapia”, afirma.Cuando la conversación vuelve a poner en foco el pasado en la Argentina aparecen nombres que ayudan a completar el mapa sentimental de Stivel. Habla con mucho cariño de su hermana, Andrea Stivel, y de Jorge Guinzburg, quien fuera marido de esta: “La palabra ‘cuñado’ se queda corta. Para mí fue un hermano. Todo lo bueno que la gente veía de Jorge en televisión era exactamente igual fuera de cámara. Era un hombre extraordinariamente inteligente, generoso y divertido. Nunca conocí a nadie que no lo quisiera”. Recuerda un programa inolvidable de La Biblia y el calefón -aquel que reunió a Guinzburg con la recientemente fallecida Ernestina Pais- del cual participaron Diego Maradona, Charly García, Graciela Alfano y Joaquín Sabina. “Quedó en la historia grande de la TV argentina -remarca Stivel-. Lo hicimos para promocionar el disco de Joaquín que produje, 19 días y 500 noches, y la cena posterior a la grabación está entre mis mejores anécdotas personales. Todavía tengo en casa, enmarcada, la camiseta de la selección argentina firmada por Diego”. “La palabra ‘cuñado’ se queda corta. Para mí fue un hermano. Todo lo bueno que la gente veía de Jorge en televisión era exactamente igual fuera de cámara”Andrea Stivel -hermana de Alejo- junto con el recordado humorista Jorge GuinzburgCuando habla de Charly, la devoción es absoluta: “Para mí, ocupa un lugar parecido al de los Beatles. Es uno de esos artistas que pueden cambiarte para siempre la forma de entender la música”. Esa admiración viene de lejos: había unos cuantos discos de Charly (de Sui Generis, de La Máquina de Hacer Pájaros) en aquel baúl que cruzó el Atlántico cuando tuvo que exiliarse. Son imágenes, sensaciones que quedaron grabadas en la memoria de este hombre que, a los 66 años, sigue en plena actividad. Continúa produciendo artistas y acaba de iniciar el Muy Vivo! Tour 2026, una gira con la que vuelve a recorrer toda España. La vuelta a los escenarios es el centro de un presente que lo encuentra sereno, feliz, un nuevo capítulo de una biografía intensa que todavía promete más. Alejo Stivel atravesó múltiples vicisitudes a lo largo de su vida, sin abandonar nunca la curiosidad que heredó de aquella casa de la infancia en la que una interminable sucesión de artistas e intelectuales le enseñaron que la cultura no era un refugio frente a un entorno abrumador, sino una manera de comprenderlo. Esa educación, nacida en la Argentina de los años 70 y enriquecida durante cinco décadas de vida en España, resuena hoy en cada nuevo proyecto que aborda. Por Alejandro Lingenti