El retiro de la visa estadounidense a “Andy” López Beltrán ha provocado una enorme discusión sobre su persona, su familia y hasta la accidentada carta que dirigió al presidente Donald Trump. Todo eso es políticamente relevante, pero temo que estamos observando la anécdota y perdiendo de vista el acontecimiento.La visa de “Andy” es apenas la punta del iceberg. No conocemos las razones específicas de la decisión estadounidense y sería irresponsable inventarlas. El retiro de una visa tampoco constituye una acusación. Sin embargo, cuando un hecho excepcional se vuelve rutina para la militancia guinda, la obligación es preguntarse qué está ocurriendo.Nunca en la relación moderna entre nuestros países habíamos visto una utilización tan extensa de mecanismos de presión dirigidos hacia actores políticos mexicanos. Explicarlo exclusivamente por la personalidad de Donald Trump resulta demasiado cómodo. En toda relación bilateral existen dos lados. Y México debe empezar a mirar seriamente el suyo.Con Morena vino el deterioro de la cooperación bilateral, los años de “abrazos, no balazos”, la expansión territorial del crimen organizado, el huachicol, el fentanilo y la extorsión convertida en impuesto criminal.Cada caso merece ser analizado individualmente, pero tantos casos juntos ya no pueden explicarse como coincidencia. Hay un fenómeno estructural.Morena convirtió la soberanía en una de sus palabras favoritas mientras erosionaba precisamente las instituciones que permiten ejercerla. Debilitó contrapesos. Desapareció organismos autónomos. Confrontó al Poder Judicial hasta caricaturizar su arquitectura. Atacó sistemáticamente a organizaciones civiles, periodistas y medios críticos. Politizó la conversación sobre las fiscalías. Militarizó funciones civiles. Las consecuencias empiezan a aparecer ahora en nuestra relación con el exterior. Stephen Krasner, uno de los grandes estudiosos contemporáneos de la soberanía, ha explicado que ésta no consiste únicamente en impedir interferencias extranjeras. Requiere capacidad efectiva del Estado para ejercer autoridad dentro de su propio territorio. Ahí está nuestra verdadera vulnerabilidad.Cuando las instituciones nacionales pierden credibilidad, el vacío no permanece, alguien termina ocupándolo. Así, la respuesta no es envolvernos nuevamente en la bandera y gritar “soberanía” ante cada cuestionamiento. Mucho menos aceptar mansamente las decisiones de Washington. México debe exigir respeto a Estados Unidos, como corresponde entre dos naciones soberanas, pero el respeto internacional no se decreta. Se construye.La soberanía no se fortalece pronunciándola todas las mañanas. Se fortalece cuando el Estado controla su territorio, investiga a los propios, aplica la ley sin distinción y posee instituciones suficientemente confiables para que nadie desde el extranjero pretenda hacer nuestro trabajo.Sería un error reducir este episodio a “Andy”. Él es solamente la parte más visible del iceberg. Bajo la línea de flotación nacional están ocho años de erosión institucional, expansión criminal y pérdida de confianza en las capacidades del Estado Mexicano.Debajo de todo eso hay una pregunta mucho más incómoda: ¿Cuánto Estado de Derecho tuvimos que perder para volvernos tan vulnerables frente al exterior? Esa pregunta ya no es sobre una visa, es sobre el estado de cosas en México.Y del regreso de Rocha al gobierno …mejor lo hablamos después. Senador de la República por YucatánÚnete a nuestro canal
La visa y el iceberg, escribe Rolando Zapata Bello
El retiro de la visa estadounidense a “Andy” López Beltrán ha provocado una enorme discusión sobre su persona, su familia y hasta la accidentada carta que dirigió al presidente Donald Trump. Todo eso es políticamente relevante, pero temo que estamos observando la anécdota y perdiendo de vista el acontecimiento.La visa de “Andy” es apenas la punta del iceberg. No conocemos las razones específicas de la decisión estadounidense y sería irresponsable inventarlas. El retiro de una visa tampoco constituye una acusación. Sin embargo, cuando un hecho excepcional se vuelve rutina para la militancia guinda, la obligación es preguntarse qué está ocurriendo.Nunca en la relación moderna entre nuestros países habíamos visto una utilización tan extensa de mecanismos de presión dirigidos hacia actores políticos mexicanos. Explicarlo exclusivamente por la personalidad de Donald Trump resulta demasiado cómodo. En toda relación bilateral existen dos lados. Y México debe empezar a mirar seriamente el suyo.Con Morena vino el deterioro de la cooperación bilateral, los años de “abrazos, no balazos”, la expansión territorial del crimen organizado, el huachicol, el fentanilo y la extorsión convertida en impuesto criminal.Cada caso merece ser analizado individualmente, pero tantos casos juntos ya no pueden explicarse como coincidencia. Hay un fenómeno estructural.Morena convirtió la soberanía en una de sus palabras favoritas mientras erosionaba precisamente las instituciones que permiten ejercerla. Debilitó contrapesos. Desapareció organismos autónomos. Confrontó al Poder Judicial hasta caricaturizar su arquitectura. Atacó sistemáticamente a organizaciones civiles, periodistas y medios críticos. Politizó la conversación sobre las fiscalías. Militarizó funciones civiles. Las consecuencias empiezan a aparecer ahora en nuestra relación con el exterior. Stephen Krasner, uno de los grandes estudiosos contemporáneos de la soberanía, ha explicado que ésta no consiste únicamente en impedir interferencias extranjeras. Requiere capacidad efectiva del Estado para ejercer autoridad dentro de su propio territorio. Ahí está nuestra verdadera vulnerabilidad.Cuando las instituciones nacionales pierden credibilidad, el vacío no permanece, alguien termina ocupándolo. Así, la respuesta no es envolvernos nuevamente en la bandera y gritar “soberanía” ante cada cuestionamiento. Mucho menos aceptar mansamente las decisiones de Washington. México debe exigir respeto a Estados Unidos, como corresponde entre dos naciones soberanas, pero el respeto internacional no se decreta. Se construye.La soberanía no se fortalece pronunciándola todas las mañanas. Se fortalece cuando el Estado controla su territorio, investiga a los propios, aplica la ley sin distinción y posee instituciones suficientemente confiables para que nadie desde el extranjero pretenda hacer nuestro trabajo.Sería un error reducir este episodio a “Andy”. Él es solamente la parte más visible del iceberg. Bajo la línea de flotación nacional están ocho años de erosión institucional, expansión criminal y pérdida de confianza en las capacidades del Estado Mexicano.Debajo de todo eso hay una pregunta mucho más incómoda: ¿Cuánto Estado de Derecho tuvimos que perder para volvernos tan vulnerables frente al exterior? Esa pregunta ya no es sobre una visa, es sobre el estado de cosas en México.Y del regreso de Rocha al gobierno …mejor lo hablamos después. Senador de la República por YucatánÚnete a nuestro canal






