El plan de licitación para la edificación de 1.234 viviendas en la zona E1, que rodea Jerusalén, culmina un proyecto acariciado por gobiernos israelíes de todo signo. Lo que cambia ahora es la impunidad con que Israel podría llevarlo a cabo
Mientras el genocidio de Gaza prosigue su curso, ahora a un ritmo más silencioso, aunque no menos sistemático y letal (han sido asesinados 1.100 palestinos después del llamado alto el fuego), en Cisjordania colonos, ejército y Gobierno israelíes han ido preparando estos dos últimos años la anexión de iure del territorio. Porque de facto ya se había producido: sobre el terreno, en Cisjordania ni palestinos ni extranjeros pueden dar un paso sin control israelí, y la administración palestina hace tiempo que es inoperante. Una quinta parte del territorio de Cisjordania ya está en manos de los colonos.
Pero había una especie de tabú relacionado con la idea de la solución de los dos Estados: mantener la continuidad física entre Jerusalén Oriental y Cisjordania, que aseguraba, en teoría, el tránsito entre el norte y el sur del territorio, así como la futura capitalidad palestina. Si bien en la práctica hoy lleva más de dos horas llegar de Ramala a Belén por una carretera que, si no está cortada por el ejército o los colonos, da un rodeo de 60 kilómetros para cubrir los apenas 25 de la ruta histórica. Desde los tiempos de los Acuerdos de Oslo, distintos gobiernos israelíes se habían abstenido de romper esta continuidad física. Lo cual no significa que no fueran avanzando en la idea última: hacer inviable la soberanía palestina sobre cualquier territorio de Cisjordania.








