El año 1989, Fleur Jaeggy, la misteriosamente salvaje, críptica, genial escritora suiza que ha escrito siempre en italiano, publicó una novela que acabaría siendo su novela más famosa. ¿Su título? Los hermosos años del castigo (Tusquets). A menudo, su trama se liquida considerándolo un libro de internado —oh, chicas en un internado, ya saben, claustrofobia, ritos, mundo real por completo anulado— cuando sobre todo es una novela sobre el abismo que constituye el otro cuando se es, y el otro también, adolescente. Fíjense en la descripción que hace la narradora de su futura mejor amiga —o deseable amiga, su, se diría hoy, crush—: “Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad”.El adolescente tiene el deseo inexplicable de conquista de algo ajeno, aparentemente inalcanzable, es decir, el mundo adulto ¿Qué les parece? ¿No dirían que capta exactamente aquello en que consiste la adolescencia, de uno y otro lado? Por un lado, el deseo inexplicable de conquista de algo ajeno, aparentemente inalcanzable, es decir, todo aquello que aún existe al margen de uno mismo, el mundo adulto, o de los adultos, el mundo real, tan desconocido, fascinante, y a la vez aterrador. Por otro, la separación necesaria de ese mismo mundo, o del mundo en el que se vivía hasta ese momento, separación necesaria que impone el duelo ante la muerte del niño, o la niña, que se fue una vez, que se era hasta hacía nada.¿Recuerdan a Holden Caulfield, el narrador nada fiable del clásico de J. D. Salinger El guardián entre el centeno (1951)? Tiene dieciséis años. Acaban de expulsarle del instituto —o la escuela preparatoria, algo llamado Pencey Prep—, y está enfadado. De hecho, se dice de él que es el precursor de eso que se ha dado en llamar el young angry man, el joven furioso, un alguien que, no lo olviden, se considera un mentiroso. “Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse”, dice de sí mismo, y añade: “Es terrible”.La falta de empatía de Caulfield, su juicio severo y aún no basado en absolutamente nada, por completo irracional, ante todo aquello que experimenta —un puñado de injusticias perpetradas por el desalmado mundo adulto— y ante todo aquel que se cruza en su camino —a quien no duda de tildar de todo tipo de cosas, como si al hacerlo, pudiese dejar de empequeñecerse él, pues eso es lo que verdaderamente pasa, él se siente inseguro, aún no controla nada, y ataca—, es un clásico del retrato adolescente.A menos que hablemos de Stephen Dedalus, el adolescente artista de James Joyce, a quien el limbo de la inadecuación y esa muerte prematura —la del niño que se ha sido— no le afecta porque está creando, y su vida se está abriendo a las posibilidades de la creación. La creación —el deseo de desaparecer en algo mayor que depende únicamente de ti— le sirve a Dedalus de escudo a la pena y el enfado, y el frío, y la inhumanidad, y también el otro, que es, sobre todo, durante la adolescencia, un enemigo. Piensen, si no, en Carrie White, la protagonista de otro clásico teen publicado en 1974: Carrie, de Stephen King.Menciono el año de publicación porque creo interesante destacar de qué manera todo libro adolescente contiene a la vez la adolescencia vivida por el autor, y el mundo que existe al otro lado de la página en el momento en que el libro está siendo escrito. El autor, se diría, sube el volumen de aquello que recuerda —en el caso de Carrie White, King se basó en dos chicas distintas de su instituto, marginadas por distintas razones, que murieron de forma horrible siendo aún jóvenes; si quieren toda la información, deberían echarle un vistazo a Mientras escribo— y lo instala en un presente que, de alguna forma, no entiende. Y le da a su protagonista el poder de devolver el golpe de la única manera en que un marginado puede hacerlo: con la mente. Y, como diría Mariana Enriquez, al hacerlo, está creando un mito. A partir de ese momento, la víctima —de bullying— tiene una salida, y desde entonces, la ficción no ha hecho otra cosa que explorarla. Por no hablar de lo que hizo además por la idea de la sangre, y el malditismo de la regla: transformó la debilidad supuesta del hecho de sangrar una vez al mes en poder. Piensen en el cine de terror contemporáneo hecho por mujeres. Piensen en Claire Denis sin ir más lejos. Piensen la cantidad de veces en que esa idea se repite. Nació en un clásico adolescente. Se convirtió en un mito. Está adoptando todo tipo de formas. Pero no fue esa la única cosa que inventó la novela de King. También inventó la idea del poder. ¿Y no es el poder lo que tiene en común Carrie White con Nicholas, el protagonista del recientísimo Pan, de Michael Clune (Anagrama), libro que podría inscribirse instantáneamente en el apartado clásicos del weird teen —la adolescencia extraña— si existiera alguna clase de registro semejante? Lo es. Aunque se diría que lo que tiene en común es el desplazamiento, y que es ese desplazamiento el que les otorga algún tipo de poder. Nicholas tiene 15 años. Su madre le ha echado de casa. Está viviendo con su padre en un remoto suburbio de algo llamado Libertyville. Y ha empezado a tener ataques de pánico. “A veces, creo que puedo meterme en las cosas. O sea, literalmente. Que puedo salir de mi cabeza y entrar en algo”, le dice Nicholas a su amiga Sarah.“De pronto, me di cuenta de lo extraño e incluso terrible que era el hecho de mirar desde el interior de mi cara. Me di cuenta no es la expresión adecuada. Sentí lo extraño que era. Como si mi visión estuviera plantada de pie en mi cara. Como si mi cara fuera un trampolín, pensé. Como cuando estás a punto de tirarte del trampolín y bajas la vista y ves los bordes del trampolín oscuros sobre el fondo azul... Así de oscura se veía mi nariz sobre el azul del cielo”, relata Nicholas.Nicholas es el narrador de Pan. Nicholas cree estar siendo poseído por el dios Pan. Ya saben. El dios de la naturaleza salvaje. Ese dios que los antiguos griegos creían que tenía la capacidad de soltar un grito ensordecedor o hacer apariciones repentinas en los bosques oscuros. El dios que creían capaz de generar pánico —sí, de su nombre proviene la palabra—. Y lo interesante aquí es algo que he mencionado antes. El asunto del presente en el que se inscribe la novela, y el pasado desde el que se ha escrito. Cómo uno transforma al otro para encajar. Porque puede que Michael Clune —escritor norteamericano con una rocambolesca historia de adicciones detrás, de hecho, publicó un memoir sobre las mismas y otro sobre los videojuegos entendidos como “experiencias espirituales”— esté hablando de sí mismo cuando habla de Nicholas —y lo hace, ha confesado que sufrió ataques de pánico durante la adolescencia, y que, como el protagonista, tuvo amigos a los que les iban cierto tipo de drogas, y cierto tipo de rituales—, pero también está hablando, sin darse cuenta, del adolescente de hoy.Porque ¿acaso no está el adolescente, en un mundo de adultos adolescentes, desapareciendo? No, mejor, ¿no está convirtiéndose en una especie de dios? ¿Algo a venerar? ¿Algo que está, sin darse cuenta, transformando el mundo con su propia inadecuación? Pienso en Jeffrey Eugenides y en Las vírgenes suicidas (Anagrama) cuando pienso en la idea de portal que sugiere Clune. Un portal a otro mundo —el interior de un ovni inexistente— situado en el centro de una canción: ‘More Than a Feeling’, de Boston.Lo que une a Nicholas de Pan, de Michael Clune, con las cinco hermanas Lisbon, de entre 13 y 17 años, del clásico de Eugenides Las vírgenes suicidas es la desorientación.Esa capacidad para transformar un objeto cultural —una canción— en un mantra capaz de extraerte del mundo tiene a la vez algo de tribal y algo de tardocapitalista, o consumista, sin más —piensen en Running Up That Hill, de Kate Bush, y su papel fundamental en la radiografía del adolescente contemporáneo, el héroe, que llevan a cabo los hermanos Duffer, con estética ochentera y noventera, y alma universal, en Stranger Things—. Une pasado y presente de una manera comprensible para el adolescente de ayer —siendo ese joven de ayer el que representa Clune, o los propios Duffer, el millenial que sigue siendo un tardoadolescente— y el de hoy, al que el exceso de información y la falta de referentes tal vez alejen hacia lo esotérico, pues nada real importa ya lo suficiente, todo está al mismo deplorable nivel, ninguno. ¿Y qué clase de interior puede desarrollarse cuando no estás pudiendo conectar con nada que se suponga que valga la pena? Lo que une a Nicholas con las hermanas Lisbon —las cinco hermanas adolescentes de entre 13 y 17 años— del clásico de Eugenides es la desorientación.Publicada en 1993, Las vírgenes suicidas es algo así como el reverso místico de Menos que cero, de Bret Easton Ellis (1985), otra novela con adolescentes al mando, que, como la de Clune, la de King, la de Jaeggy, como la de Salinger, aunaba dos universos: el de la adolescencia de su presente, es decir, la adolescencia —desalmada, yuppie— de los ochenta, con la adolescencia que vivió su autor, vinculada a las mansiones con piscina de las carreteras perdidas de los ricos suburbios de Hollywood —algo sobre lo que Ellis no ha hecho más que volver, echen un vistazo a Los destrozos si quieren profundizar en una visión, ya verán, más cercana aún a la de Clune: la de la desaparición de lo real—. Lo más valioso de la novela de Eugenides es el misterio que supone la adolescencia, entendida de la exacta manera en que se entiende a partir de la descripción del crush de la narradora de Los hermosos años del castigo: algo que a la vez aterra y fascina. He aquí el portal, se dicen los chicos del barrio. Está situado dentro de la casa de las hermanas Lisbon, que están, una a una, desapareciendo, como si desaparecía en la edad adulta en los noventa.La vaporosa languidez, la espectral inacción de las hermanas Lisbon —las hermanas malditas ante una náusea vital insoportable— contrasta con la fuerza, y la pasión, y la violencia y la invencibilidad de las protagonistas de Puro fuego. Confesiones de una banda de chicas, de Joyce Carol Oates, algo así como el clásico teen de toda riot grrrl que se precie, o, en el mundo de hoy, toda fan de Billie Eilish que no va a limitarse a posar inadecuadamente en un centro comercial sino que va a actuar y a impedir que nada que no le guste pase. Hay algo de la adolescente chica salvaje —reproducido hoy en día en infinidad de sitios, por ejemplo, una serie como The Yellowjackets— que está brutalmente descrito en la no lo suficientemente conocida novela de la prolífica Joyce Carol Oates. Ocurre algo parecido en otro clásico adolescente oculto a simple vista, La flor, de Mary Karr (Periférica & Errata Naturae), en el que todos los misterios sobre cualquier adolescente chica —incluso aquellos que lo han sido para nosotras, sin un solo espejo literario en el que contemplarnos— se resuelven.En la novela de Karr la angustia es prácticamente inexistente. Se diría que su yo adolescente no guarda ningún parecido con el de, por ejemplo, Sylvia Plath, que en su única novela, La campana de cristal (1963), cuenta de qué manera su protagonista, Esther Greenwood, está fuera del mundo —completamente alienada, atravesada por una neurosis autodestructiva—. Su tormento es tan profundo que la casi evaporación existencial de Nicholas, el chico que cree estar habitado por el dios Pan, podría considerarse un juego de niños. Y tal vez lo sea. Un macabro juego de niños. Como el que se da en Los excluidos, de Elfriede Jelinek (1980), la historia de tres estudiantes de bachillerato y un ambicioso chaval de clase obrera que se dedican a asaltar a la gente por la calle, y que se hacen daño, no tanto unos a otros como a sí mismos —recuerden la obra cumbre de la Premio Nobel, La pianista, que Michael Haneke convirtió en película, y se harán una idea, a partir del sadomasoquismo de aquella, de cómo—, y no tienen un solo límite.Porque, en tanto alma aún por formar, o ser humano aún por aterrizar en su condición de humano, siendo la empatía algún tipo de cosa aún inexistente, futura, imposible, el adolescente vive furiosamente al margen de la sociedad, y cualquier intento por domesticarlo —el último, extender su condición a la edad adulta, algo, afortunadamente, imposible: el adulto puede fingir amoralidad, e irresponsabilidad, pero no puede permitírselas, nunca podrá hacerlo— es vano, y así lo demuestran, una y otra vez, los escritores que, habiendo logrado superar tan oscuro bosque —tan intensa metamorfosis— vuelven sobre sus pasos para no únicamente hacerse una idea de lo vivido, sino tratar de fijar aquello que se está viviendo entonces, en otro cuerpo, tan cercano al suyo —todo adolescente es su propia especie, y una especie única— que podría serlo.Lecturas recomendadasPanMichael CluneTraducción de Javier CalvoAnagrama, 2026336 páginas. 21,90 euros—Los hermosos años del castigoFleur JaeggyTraducción de Juana BignozziTusquets, 2026128 páginas. 18 euros—Las vírgenes suicidasJeffrey EugenidesTraducción de Roser BerdaguéAnagrama, 2024264 páginas. 13,90 euros—Un retrato del artista en su juventudJames JoyceTraducción de Máximo Aláez CorralAkal, 2024640 páginas. 42 euros—CarrieStephen KingTraducción de Gregorio VlastelicaPlaza & Janés, 2024288 páginas. 21,75 euros—La campana de cristal Sylvia PlathTraducción de Eugenia Vázquez NacarinoDeBolsillo, 2024256 páginas. 14,20 euros—Menos que ceroBret Easton EllisTraducción de Mariano Antolín RatoDeBolsillo, 2023176 páginas. 12,30 euros—La florMary KarrTraducción de Regina López Muñoz.Periférica & Errata Naturae, 2020.440 páginas. 23 euros).—El guardián entre el centenoJ. D. SalingerTraducción de Carmen CriadoAlianza, 2018264 páginas. 17,95 euros—Puro fuego. Confesiones de una banda de chicasJoyce Carol OatesTraducción de Montserrat Serra RamonedaDeBolsillo, 2015464 páginas. 12,30 euros—Los excluidosElfriede JelinekTraducción de Carmen Vázquez de Castro GarcíaDeBolsillo, 2006256 páginas. 12,30 euros