Los padres y madres del mundo estamos más cansados y a veces menos alegres, pero nos sentimos más plenos que los que no lo son. No lo digo yo: lo dice la ciencia. Así lo recogía el periodista Rodrigo Santodomingo en una pieza publicada en este periódico, que echaba mano de estudios y opiniones expertas para sustentar lo que para algunos es una perogrullada y para otros un escándalo, pero para casi todos es motivo de debate encarnizado. Y si no, hagan la prueba: suelten el globo sonda en alguna sobremesa de esas que aún quedan por delante este verano. Sobre todo si hay invitados menores de 40. En los noventa, Ronald Inglehart comenzó a estudiar lo que llamó el paso de valores materialistas a valores posmaterialistas. Sostenía que, cuando las personas crecen en sociedades cada vez más prósperas y seguras, dejan de preocuparse tanto por la supervivencia, el orden o la conformidad y pasan a hacerlo por valores como la autonomía, la autoexpresión y la elección. Esto habría generado que las normas sociales pronatalistas dieran lugar a normas de elección individual. O lo que es lo mismo: que no es que las criaturas del posmaterialismo no queramos tener hijos, sino que tener hijos ha dejado de ser una norma social incuestionable, en parte por el vaciamiento de su sentido. Eso ha permitido que otras prioridades —las experiencias, la autorrealización (sea lo que sea eso), la carrera profesional o la autonomía— hayan entrado a competir con la reproducción. La pregunta entonces es si las fuentes de sentido se pueden escoger o si simplemente se acogen. Hay un pasaje de Rayuela que me marcó mucho en la adolescencia, quizá porque representa muy bien esa querencia tan propia de nuestro tiempo púber de relativizar e incluso invertir el sentido de las cosas. “Abrazado a la Maga, esa concreción de nebulosa, pienso que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos”.Un espíritu, el de trastocar los valores y las fuentes tradicionales de sentido, que ilusionaba a los simpatizantes del sesentayochismo como Cortázar, al considerar las herencias y convenciones una cárcel. Y que, en nombre de la aparente libertad, acabó encerrando a sus hijos y nietos en prisiones nuevas: las del individualismo, la acedia y el vacío. Porque las fuentes tradicionales de sentido fueron sustituyéndose por formas modernas de consumo. De consumo de productos, de experiencias, de identidades e incluso de personas. Abrazados no a la Maga sino a nuestro tiempo pensamos que tanto sentido tiene tener un puestazo con nombre en inglés, el pasaporte lleno de sellos o una condición física de deportista de élite como relaciones significativas, alguien a quien legarle el mundo o la conciencia de que alguien —incluso Alguien— nos lo legó. Porque no hemos dejado de querer encontrarle sentido a la vida, sino de reconocer dónde se encuentra.Por eso, si en esa sobremesa ustedes plantean la discusión sobre los padres y los que no lo son en términos de felicidad, se quedarán cortos. Porque la felicidad, siempre pasajera, es demasiado estrecha para explicar según qué realidades. Hay vidas más ligeras, más cómodas y libres de obligaciones, preocupaciones y horarios, y sin embargo menos habitadas. Y hay cansancios y pesares que no empobrecen la vida sino todo lo contrario: son signos de que en ella hay algo (normalmente alguien, incluso Alguien) que trasciende al cansado y al cansancio.