Ruinas de una floristería colapsada en Cali, diez días después del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia.Foto: EFE - ERNESTO GUZMÁNResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00El lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió el occidente colombiano: colapsaron torres hospitalarias en Cali, se agrietó la catedral de Manizales y cerca de 1.600 edificaciones resultaron dañadas o destruidas en el Valle del Cauca y el Eje Cafetero. Al 13 de agosto el balance oficial era de 273 muertos, 3.800 heridos y cerca de 500 desaparecidos. En un terremoto, las probabilidades de hallar con vida a los atrapados se desploman tras las primeras horas: cada decisión estatal se mide contra un reloj implacable. El nuevo gobierno, posesionado apenas tres días antes, consumió buena parte de ese tiempo decidiendo si permitía la entrada de ayuda internacional. Dos terremotos, dos decisiones El contraste ocurrió siete semanas antes, en el país vecino. El 24 de junio de 2026, dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 golpearon la costa venezolana cerca de La Guaira y Catia La Mar, a minutos de Caracas. Caracas abrió la puerta de inmediato a 44 equipos internacionales de búsqueda y rescate urbano (USAR) de 27 países y con eso llegó una flota de sistemas no tripulados que transformó la búsqueda. Colombia tomó inicialmente otra decisión. El 11 de agosto, Javier Pava, el entonces director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), envió a la Cancillería una carta en la que recomendó no solicitar ni activar equipos internacionales USAR. Consideró suficientes las 23 brigadas nacionales disponibles. Algunas ofertas fueron declinadas, filtradas o quedaron sin respuesta. Solo después de la salida de Pava y el nombramiento de David Tamayo, Colombia anunció que aceptaría equipos extranjeros. Para entonces habían pasado más de 54 horas desde el terremoto. El razonamiento tenía una base atendible: Colombia cuenta con capacidad USAR acreditada y los equipos no certificados pueden añadir riesgos a una operación. Sin embargo, no se hizo pública la evaluación técnica que sustentó la suficiencia de la capacidad nacional. La decisión posterior de recibir expertos extranjeros debilitó la posición inicial. Más que probar que no hubo evaluación, el episodio reveló una coordinación insuficiente en plena transición de gobierno. Lo que hizo la tecnología en VenezuelaLa respuesta venezolana mostró qué pueden aportar los sistemas no tripulados. Los más llamativos fueron los más pequeños: Tom Fletcher, jefe humanitario de la ONU, atribuyó a los microdrones —los “drones cucaracha”— el hallazgo de personas entre los escombros. Son cuadricópteros de unos 20 centímetros que se cuelan por aberturas y escaleras inaccesibles para un perro, un rescatista o un robot, transmitiendo video térmico en tiempo real. En una escala mayor, Estados Unidos desplegó MQ-9 Reaper —plataformas de vigilancia y ataque— para reconocer edificios colapsados, rutas transitables y áreas prioritarias. Otros drones generaron mapas de daños en horas; identificaron firmas térmicas cuando existía una línea de visión adecuada y transportaron medicamentos, botiquines y equipos de comunicaciones a barrios aislados. Lo que la UNGRD debería tener disponibleLa lección no es comprar uno de cada sistema, sino disponer de una capacidad de sistemas no tripulados —propia, contratada o compartida regionalmente— cuyo despliegue sea automático. Comprende cinco niveles: (1) micro y nanodrones para espacios confinados, como el Black Hornet 4 (Teledyne FLIR) o los equipos de Flyability, para registrar cavidades donde ingresar sería letal, la categoría de mayor rendimiento en las primeras 72 horas; (2) UAS de reconocimiento interior tipo Honey Badger/XTENDER, para volar dentro de estructuras dañadas; (3) drones de cartografía térmica con IA — la activación del satélite europeo Copernicus fue la versión macro; los drones aportan la resolución a nivel de calle; (4) ISR de área amplia, tipo MQ-9, para habilitar rutas y relevar comunicaciones; (5) drones logísticos y cautivos de relevo, para llevar medicamentos, potabilizadores y radios, y restablecer comunicaciones. Ninguno sustituye perros, escucha acústica, cámaras ni maquinaria pesada. Pero sí acortan el tiempo entre el colapso y la decisión de dónde concentrar la búsqueda, mientras mantienen a los rescatistas fuera de estructuras inestables. La tecnología sola no es una capacidad: exige pilotos acreditados en las brigadas USAR, baterías y repuestos, y una autoridad que coordine el espacio aéreo, pues en una emergencia drones públicos, privados y de medios vuelan a la vez y, sin coordinación, interfieren con helicópteros y se vuelven un riesgo.Soberanía no es aislamiento La vacilación colombiana también reveló una preocupación legítima: la ayuda extranjera puede llegar acompañada de intereses políticos. Cuando la capacidad de reconocimiento depende de una plataforma militar extranjera, aceptar asistencia implica aceptar la geopolítica asociada. La respuesta no es rechazar la tecnología, sino reducir la dependencia. Colombia necesita operadores nacionales, plataformas civiles adecuadas y acuerdos de asistencia previamente negociados con equipos certificados. Algunas capacidades pueden compartirse regionalmente. Así, el país podría decir sí a la capacidad sin decir sí a la dependencia. No es una compra suntuaria. Es infraestructura de respuesta. La recomendación El próximo gran terremoto no es cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo. La UNGRD debe establecer un inventario preautorizado, formar operadores dentro de los equipos USAR, definir protocolos de espacio aéreo e intercambio de datos y suscribir acuerdos que permitan integrar ayuda nacional e internacional desde la primera hora. Las preocupaciones sobre certificación deben resolverse antes de la emergencia, no cuando todavía hay personas con vida bajo los escombros. Pero cerrar la brecha no consiste solamente en adquirir tecnología: exige voluntad política para convertir la preparación en una prioridad de Estado. Venezuela mostró lo que estos sistemas pueden aportar; Colombia, el costo de decidir sobre ellos durante una transición política y contra el reloj. La tecnología ya existe: lo que falta es convertirla en una capacidad permanente, respaldada por instituciones, protocolos y personal preparado. Cuando la tierra vuelva a moverse, las decisiones sobre quién puede volar, qué información compartir y qué ayuda está autorizada deben estar resueltas. *Analistas de Talveris Security. Talveris asesora en sistemas no tripulados y sistemas contra-UAS con especial énfasis en América Latina.* 👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.🌏📰🗽 El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. 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