0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl aspecto de la playa del Trampolín, donde cientos de inmigrantes se habían instalado en condiciones infrahumanas tras negarse a abandonar Ceuta, era el de un campamento en el que las personas empezaban a echar raíces. Subsaharianos que montaban puestos con algo de comida, tabaco o zapatillas que pertenecieron alguna vez a las 141 personas que perdieron la vida en el fatídico cruce masivo. Había marroquíes que levantaban una especie de mezquita con cartones de leche o improvisaban salones de barbería. Chozas, de unos y otros, que iban cogiendo cuerpo más allá de las primeras cañas que las sostenían. Como si todos, siendo solo cifras estimadas para las administraciones, asumiesen que su vida iba para largo sobre la arena. Hasta ayer, 21 días después de la avalancha, que de un plumazo tardío dejaron de ser invisibles. Por muchas fotos en portadas de periódicos que hayan acaparado.A primera hora de la mañana comenzó la operación para desalojar la playa del Trampolín. La noche anterior, el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones había terminado de habilitar dos de los nuevos espacios anunciados el lunes por su titular, Elma Saiz, para la acogida de 1.800 personas. Según fuentes ministeriales, “el objetivo prioritario” pasa ahora por dar respuesta a la situación de las personas que siguen en la calle, ofreciéndoles una alternativa de alojamiento y acogida que permita que no tengan que seguir pernoctando en la vía pública. Es decir, resolver la emergencia antes de adentrarse en el laberinto burocrático de expulsión o asilo. Pero para llegar a las ansiadas nuevas camas, hubo que desplegar un operativo policial que facilitase los traslados voluntarios y que causase la menor incomodidad a los ceutíes, entre los que imperaba la idea de que esta solución llegaba tarde. Demasiado tarde.En Loma Margarita se han alojado a los subsaharianos, y en otra zona distinta, a los marroquíesA primera vista, pareció sencillo. No hubo más cebo que ofrecerles dignidad. Profesionales de oenegés como Engloba o Accem, ayudados por traductores, informaron a los inmigrantes de que no estaban allí, aunque la presencia policial pudiese llevar a engaño, para devolverlos a su país. La única orden es que la playa debía quedar desierta para que luego los servicios de limpieza de la ciudad entrasen a desmontar el campamento. Les invitaron a coger sus (pocas) pertenencias para ir a un centro en el que tendrán varias comidas al día, agua y luz, y asistencia sanitaria. Todos adultos, fueron divididos en dos grandes grupos: subsaharianos, el más numeroso con unas 1.200 personas, y magrebíes, de unos 200, aunque luego sumaron más. En la práctica, por el idioma y cuestiones de convivencia. Las estadísticas dicen que para los segundos sus posibilidad de regularizar su situación en España es más complicada que para los primeros, que llegan de países con una alta resolución positiva de protección ­internacional.Sin ningún incidente, fueron pastoreados a los espacios habilitados. Ordenados, siguiendo al guía, caminaron rápido, imaginando lo que les esperaba. A no más de dos kilómetros, en Loma Margarita, lo que en su día fue una pista de autoescuela para vehículos ahora se levantan tres naves semiabiertas en las que se han instalado urinarios, duchas portátiles y literas. Se les hizo un registro previo que servirá para tener datos concretos de las personas que siguen en Ceuta después de semanas de baile de cifras. El Gobierno ceutí insiste en que el numero puede rondar los 10.000. El Gobierno central insiste en que puede ser la mitad de ese dato. Entre los subsaharianos se coló algún marroquí, que tras ser detectado por los agentes fue expulsado del espacio. “A este ya lo conocemos”, explicaba un uniformado ante otro compañero. También otros nacionales de Marruecos, mayores de edad, intentaban sin suerte entrar en ese centro.Su lugar, también habilitado por el Gobierno, aunque cedido por las autoridades locales, estaba en el amplio parking del Embolsamiento, que se diseñó para ordenar, retener y regular el tráfico que pretende cruzar a Marruecos. Amaneció con las tiendas militares por los suelos después de una madrugada de intenso viento de poniente, pero los operarios las fueron levantando a lo largo de la mañana. A medida que llegaban los inmigrantes, que tras custodiarlos entre vallas, iban pasando en grupos de una docena a las carpas. Les costó entrar. Preguntaban a la prensa si era una trampa para devolverlos a Marruecos. Y es que desde la explanada se ve el espigón del Tarajal, el que bordearon a nado o a píe pensando que nada más pisar España les entregarían los permisos para cruzar a la Península. Lo que todos quieren. La Policía también peinó Loma Colmenar, uno de los barrios en los que han encontrado recovecos para ocultarse.La portavoz del Gobierno informó de que el dispositivo seguirá en los próximos días a medida que se vayan abriendo recursos. No quiso dar cifras, pero hace unos días deslizó que el sistema se podría ampliar hasta tener 4.000 camas disponibles. Entonces se repetirá la operación. Por la tarde, varios centenares de inmigrantes llegaron al Trampolín. Algunos a por pertenencias, otros salieron de sus escondites entre los montes aledaños al centro de estancia temporal de inmigrantes (CETI). La playa no volvía a estar vacía, pero quizá la esté poblando el siguiente grupo que llene el siguiente centro de acogida.Joaquín VeraPeriodista especializado en información de Interior, Seguridad y Terrorismo Ver más artículos Redactor de la sección de Política de La Vanguardia. A cargo de la información de Interior y Defensa, con el foco en la Seguridad y el Terrorismo