Quienes paseen hoy en día por muchos de los palacios curiales más importantes, se encontrarán en sus pasillos unos espacios que hasta hace poco no existían: baños femeninos. El aumento de mujeres en los espacios de poder vaticanos y en los dicasterios —ministerios— como Doctrina de la Fe u Obispos, cuyos mármoles solo eran pisados tradicionalmente por hombres, ha llevado a adaptar estos edificios a una nueva realidad, que aún se resiste por otros frentes de la Iglesia, como el sacerdocio.
Lo que es un hecho cuantificable es que cada vez hay más mujeres en el Vaticano. La tendencia comenzó durante el pontificado de Francisco y, por ahora, León XIV está siguiendo sus pasos. Cuando Bergoglio legó al mando en 2013, apenas un 13% del funcionariado vaticano eran mujeres. En 2024, la cifra llegó al 24% y hoy es ya el 26%. Una de cada cinco personas que trabaja en la Iglesia es una mujer.
La cuestión de fondo es si ha mejorado realmente la situación de la mujer en la Iglesia católica, si los cambios son puramente cosméticos o si estos supondrán reformas significativas en una institución eminentemente patriarcal. El Estado vaticano es fiel reflejo de una situación enquistada desde 1.700 años, cuando, tras el Concilio de Nicea, se pusieron las bases de lo que hoy es la Iglesia: liderada por hombres —desde hace un milenio, célibes, porque antes los curas podían casarse—, y en el que las mujeres han estado, históricamente, relegadas a puestos de servicio, condenadas a ser consideradas ‘ciudadanas de segunda’.






