Por Mario Baos |
Cali (Colombia) (EFE).- Justo cuando la tierra dejó de temblar, un grupo de veterinarios agarraron su kit de primeros auxilios y salieron a las calles de la ciudad colombiana de Cali para atender perros y gatos heridos, asustados o separados de sus familias tras el terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto.
Llevaban guantes, jeringas, suero, alcohol y algodones para atender a unos pacientes que también habían quedado atrapados en la tragedia, pero no podían manifestar lo que sentían.
Uno de los primeros puntos a los que llegaron fue el edificio Ana Pilar, en el barrio Cuarto de Legua, donde el polvo todavía cubría la colapsada estructura de ocho pisos mientras los equipos de emergencia buscaban sobrevivientes entre los escombros.
«Desde el minuto uno de la emergencia salimos a territorio, a los epicentros de crisis, e instalamos tres puntos críticos coordinados con los PMU (puestos de mando unificados) de toda la ciudad. El panorama era desolador», explica a EFE Miguel Ángel Burbano Vega, líder de servicios veterinarios de la Unidad Administrativa de Protección Animal de Cali (UAEPA).








