El lunes 10 de agosto, cuando un terremoto sacudió el occidente de Colombia, Héctor Diez fue evacuado de su apartamento, en el oeste de la ciudad de Cali. Debió dejar el décimo piso del edificio Gilly, en el barrio El Limonar. Mientras a tan solo 200 metros colapsó Torres del Limonar, él pudo volver esa tarde para sacar una muda de ropa y su computador. Como otros vecinos, entró por el garaje, pues la portería estaba cerrada con una cinta amarilla de seguridad. Nueve días más tarde, los 100 apartamentos de Gilly permanecen completamente desocupados. Aunque Héctor no cree que vaya a ser demolido “porque no se ve tan mal”, aún desconoce el estado real del inmueble.Lo mismo ocurre con decenas de edificaciones de la comuna 19 de la ciudad, la tercera más poblada de Colombia. Allí se encuentran barrios como San Fernando, Cuarto de Legua, Guadalupe, Pampalinda, El Refugio, Tequendama, Los Cámbulos y El Lido, que están entre los que registraron los daños más graves del terremoto de magnitud 7,4. Son parte de una huella compleja, pues los daños no se concentraron en un único sector. Edificios colapsados, viviendas afectadas y estructuras evacuadas aparecen en distintos puntos de los 121 kilómetros cuadrados de la ciudad, incluso a distancias muy cortas entre sí. ¿Qué explica esa geografía? Harold Medina Garzón y Carlos Duarte, docentes de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali, se lo preguntaron. Se pusieron inmediatamente a ello y en apenas días publicaron un estudio, Cali sobre su propio suelo, que plantea que no hay azar. “La distribución del daño revela que el sismo no encontró una ciudad homogénea. Encontró suelos muy distintos entre sí, y encima de cada suelo un tipo de edificación distinta”, explica Medina. “Lo que decide no es la cercanía al epicentro ni el estrato, sino qué hay debajo de un edificio, y de qué altura y de qué época es ese edificio”.Una parte importante de los colapsos y de las víctimas se concentró en una franja de aproximadamente dos kilómetros de ancho al occidente de la carrera 50, en el área conocida técnicamente como el abanico aluvial del río Cañaveralejo, justamente la de la comuna 19. La que fuera una zona inundable hasta su urbanización entre 1960 y 1980, ocupa una pequeña parte del área estudiada, pero concentra una proporción significativa de los reportes, colapsos y fallecidos. Pero esta característica no explica por sí sola la magnitud de la tragedia. El estudio señala que existen sectores del norte de la ciudad en los que también se construyó sobre antiguos cauces, pero no registran consecuencias comparables a las de la comuna 19. “La condición de antigua zona inundable, por sí sola, no explica la magnitud de los daños”, señala Medina. El otro factor es el momento en que fueron construidos los edificios. Muchas edificaciones de cuatro a seis pisos que resultaron afectadas fueron levantadas antes de la adopción del Código Colombiano de Construcciones Sismo Resistentes, que data de 1997 y considera las particularidades del suelo en distintas zonas de la ciudad. Eso no significa que todos los edificios antiguos sean necesariamente vulnerables. Lo determinante no es la edad de una construcción, sino su sistema estructural. “Hay casas de bahareque de un piso, muy antiguas, que se comportan bien; y edificios de los setenta con planta baja abierta para comercio o parqueadero que pueden ser muy vulnerables”, explican los investigadores.Otra de las preguntas que desconcierta es por qué algunos edificios de tres, cuatro, cinco o seis pisos colapsaron mientras estructuras mucho más altas permanecieron en pie. La explicación está relacionada con la manera en que los edificios y el suelo responden a las ondas sísmicas. Cada edificación tiene un ritmo propio de vibración: los edificios bajos y rígidos vibran más rápido que los altos y flexibles. A su vez, cada tipo de suelo puede transmitir con mayor intensidad determinadas frecuencias del movimiento sísmico.Si bien predecir un sismo sigue siendo imposible, como explica el sismólogo Rodrigo León —“La predicción queda por fuera del campo de la ciencia y la sismología”, dice—, anticipar el escenario sí era posible. En diciembre de 2005, la ciudad recibió el Estudio de Microzonificación Sísmica, adoptado mediante decreto en 2014. El documento identifica las zonas de mayor demanda sísmica y establece la información sobre el comportamiento de los diferentes tipos de suelo y los rangos de altura de las edificaciones que podían verse más afectadas. A esos datos se suma la de los registros catastrales, que refleja la edad y las características de los inmuebles.Para Carlos Duarte, coautor del estudio, el problema está en que no se cruzaron de manera sistemática esas dos bases de datos. “Cruzar las dos cosas es una operación de escritorio de unas semanas, que produce una lista de direcciones a inspeccionar. Lo que faltó no fue el conocimiento, sino ese cruce, que sigue sin hacerse para el resto del inventario en riesgo de la ciudad”, afirma.Muchos caleños suman ya nueve días de incertidumbre. A su preocupación inmediata de saber cuándo podrán volver a entrar para recoger su pertenencia se suma la de más a fondo, de siquiera si volverán a tener casa. Sus edificios han sido demarcados con una equis roja o un triángulo amarillo, señales de que deben ser inspeccionados o incluso deberán ser demolidos. El secretario de gestión del riesgo de Cali, Ricardo Peñuela, explica que alrededor de 200 edificaciones enfrentan el riesgo de demolición. Aclara que la evaluación rápida tras el sismo clasifica las edificaciones según su habitabilidad, pero no determina su destino definitivo. La marca roja corresponde a que el inmueble no está apto para ser habitado mientras no se realice una evaluación estructural detallada, que determine cuánto de su capacidad se mantiene, qué elementos resultaron comprometidos y si puede ser reparado o reforzado.Para quienes, como Héctor Diez, tienen sus viviendas y pertenencias dentro de uno de estos edificios hoy inhabitables, lo que hoy hay son preguntas. La academia empieza a responder tan solo a una de ellas.