NoticiaSe enfrentaron en el partido de ida de los octavos de final. Todo se resuelve en Buenos Aires. Santa Fe vs. River. Foto: Néstor Gómez. EL TIEMPOPERIODISTA19.08.2026 21:36 Actualizado: 19.08.2026 21:36

Cuéntele al que no vio el partido, a ver si le cree, que Santa Fe le pudo ganar a River Plate en El Campín en la Copa Sudamericana; que no jugó mal, que dio batalla, que no se vio inferior; convénzalo argumentado que Santa Fe, incluso, tuvo dos remates en los palos, que le faltó puntería y suerte; dígale, al incrédulo, que el equipo cardenal se mostró serio y bien plantado, y que ese River desconocido lo inquietó, si acaso, una vez. Pero también, sea sincero, reconozca que Santa Fe no tuvo gol, y sin gol no hay hazaña, y la historia del trabajado empate 0-0 en la ida de octavos, casi ni se cree. Santa Fe no agachó la cabeza. Los leones nunca lo hacen. Si River presumía de ser River, la manada salió a devorarse esa camiseta. Sin embargo, un grito de alerta puso a prueba los nervios de los jugadores y los aficionados cardenales muy temprano. Iban apenas 2 minutos, ese momento cuando los distraídos recién se acomodan, cuando River gestó su mejor jugada, la única. Ángel Correa acarició el balón y tiro un centro preciso, lo puso, como teledirigido, en la cabeza de Lautaro Rivero, quien siendo defensor hizo un gesto de goleador: su cabezazo fue arriba, al ángulo, allá donde más sufren los arqueros. No faltó quien clamara en las tribunas: “Marmo”, olvidando que el heroico portero no estaba jugando. Pero Weimar Asprilla, su reemplazante, no iba a desentonar, alzó el vuelo y evitó el gol como bien lo haría su colega ausente. Santa Fe vs. River. Foto:Néstor Gómez. EL TIEMPOLa respuesta de Santa Fe fue inmediata. Hugo Rodallega, de espaldas al arco, inventó una fantástica autohabilitación de tacón, pero cuando se giró y enloqueció a toda la defensa de River, ya había agotado toda la magia de su jugada: se quedó si pólvora y pateó sin la suficiente fuerza, a las manos del portero Beltrán. La aproximación sirvió para que los cardenales agarraran más confianza. Fue cuando sonó un potente impacto en El Campín. Fue el golpe del balón contra el travesaño, esos golpes que quedan sonando por horas, por días. Nahuel Bustos comandó el ataque, abrió a su derecha para Obrian, quien le entendió el truco y le devolvió la pelota. Bustos quedó de frente al arco, vio su inmensidad, vio al arquero reducido, solo, vulnerable, pateó con algo de dificultad, suave, pero la pelota englobada se desvió ligeramente, como si el viento jugara de banda cruzada, y ¡pum!, al palo. Santa Fe vs. River. Foto:Néstor Gómez. EL TIEMPORiver, que llegó a Bogotá herido, en mal momento y bajo presión, demostró que su presente está muy lejos de su historia. No atacó más, careció de ímpetu, Santos Borré merodeaba sin causar peligro; Correa desapareció. Andrada era un fantasma. Entonces Santa Fe, alentado por la multitud y por los gritos del técnico Pablo Repetto, volvió a atacar. Bustos, que parecía inspirado y quería desquite, lanzó otro ataque y su remate cruzado tuvo el mismo destino: al palo, esta vez al vertical. Santa Fe terminó menor la primera parte. Arrancando la segunda parte, Bustos volvió a ser protagonista. Rivero le regaló la pelota, como si le dijera, la tercera es la vencida, hágalo, y Bustos encaró al portero, y quiso vencerlo con fantasía, Rodallega, a su derecha, le gritaba desesperado que le diera la pelota, que él no fallaba, pero Nahuel estaba tan convencido de su gloria que remató y... y ... Bustos y Hugo y toda la afición se quedaron mirando cómo esa pelota tan englobada se iba muy por arriba del arco. Si el soplo de viento le desvió sus dos anteriores remates a Nahuel, esta vez fue su propia imprecisión la que frustró el gol cardenal. A esa altura los hinchas cardenales tenían que hacer su tarea: gritar protestar o rezar. Eligieron rezar a ver si el gol se les aparecía, o al menos un penalti –reclamaron dos acciones que el árbitro no consideró–. River, esa mala copia de River, resignó todo ataque, se metió atrás a esperar que el reloj trabajara por ellos. Pero el gol cardenal no llegaba. Cuando Rodallega tuvo su última oportunidad y tiró la pelota al cielo, todos en El Campín presintieron que eso ya era todo, que no valía la pena rezar ni gritar más que ahora toca pensar en la batalla en Buenos Aires. Más noticias de deportes Sigue toda la información de Deportes en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.