Messi, de Rosario a Barcelona. Messi, de Argentina al mundo. El pequeño que no podía crecer, diagnosticado con ese extraño déficit de la hormona de crecimiento, que sin embargo creció y no dejó de crecer. Messi, con 8 balones de oro y con tanta gloria acumulada. Messi y más Messi. Pero… siempre hay un pero, como también hay una sombra, aunque no la veamos. Messi, en lo más oculto de su ser, cargó con la cruz de la comparación: ¿Maradona o Messi? ¿Messi o Maradona? Y desde esa disyunción, fue castigado por los propios y por los ajenos, pero más por lo propio. Es un pecho frío. No siente la camiseta. No es argentino. No canta el himno. El Diego sí que lo daba todo por el país y su gente, pero Messi… Entonces llegó ese maldito día donde todo lo acumulado se desbordó, la famosa gota de agua. Fue el 26 de junio de 2016, cuando Argentina perdió la final ante Chile por penales. Messi falló el suyo y esa falla lo dejó profundamente afectado. Al día siguiente renunció a la Selección. “Se terminó para mí la Selección”, sentenció. Era su cuarta final perdida con Argentina. Era demasiada pérdida, no solo para él sino para el sediento pueblo argentino.
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