Hace apenas unos días, el 4 de agosto, en Acción contra el Hambre recordamos el vigésimo aniversario de uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia: el asesinato de 17 compañeros y compañeras en nuestra oficina de Muttur, en Sri Lanka. Eran trabajadores humanitarios locales que decidieron permanecer junto a las comunidades a las que apoyaban en medio de una grave crisis. Veinte años después, sus nombres siguen formando parte de nuestra memoria colectiva y de la historia de la acción humanitaria.Podría pensarse que Muttur pertenece al pasado. Que fue una tragedia excepcional, ligada a un contexto concreto. Ojalá fuera así. Sin embargo, dos décadas después, la realidad nos obliga a reconocer que los riesgos a los que se enfrentan quienes prestan ayuda humanitaria no han disminuido. En muchos lugares del mundo, ayudar continúa siendo una actividad peligrosa.En Acción contra el Hambre lo sabemos bien. El pasado verano perdimos a cuatro compañeros de nuestros equipos en Gaza. Como tantas otras organizaciones humanitarias, hemos visto cómo profesionales comprometidos con salvar vidas acaban convirtiéndose en víctimas de los mismos conflictos que intentaban aliviar. Detrás de cada cifra hay nombres, historias y familias que cargan con una pérdida irreparable.Los datos son elocuentes. Más de 1.000 trabajadores humanitarios han perdido la vida en los últimos tres años y solo en 2025 murieron al menos 326 profesionales humanitarios mientras desempeñaban su labor, según Naciones Unidas. Nunca deberíamos acostumbrarnos a estas cifras. Cada una de ellas representa un fracaso colectivo en la protección de quienes dedican su trabajo a salvar vidas. El Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, que se celebra cada 19 de agosto, nació para honrar a quienes han perdido la vida prestando ayuda y para reconocer el trabajo de millones de trabajadores humanitarios en todo el mundo. Este año, sin embargo, la conmemoración llega en un momento especialmente preocupante.Más de 1.000 trabajadores humanitarios han perdido la vida en los últimos tres años y solo en 2025 murieron al menos 326 profesionales humanitarios mientras desempeñaban su laborLos retos de la asistencia humanitariaLa calidad y la sostenibilidad del acceso a la asistencia están sufriendo un deterioro significativo. Cada vez es más difícil llegar a las personas que necesitan ayuda. Los conflictos son más largos, más complejos y más fragmentados. A la violencia armada se suman los efectos del cambio climático, las crisis económicas, los desplazamientos masivos de población y el debilitamiento de instituciones que ya no son capaces de proteger a las comunidades más vulnerables.Pero hay otro fenómeno menos visible que agrava esta situación. En muchos contextos, la aceptación de las organizaciones humanitarias se está erosionando. La narrativa de seguridad y lucha contra el terrorismo ha ganado terreno en las agendas políticas y, con demasiada frecuencia, prevalece sobre las consideraciones humanitarias. Las organizaciones que trabajamos bajo los principios de neutralidad, imparcialidad e independencia nos encontramos operando en entornos donde el espacio humanitario se reduce progresivamente.Las consecuencias son evidentes. Aumentan los incidentes de seguridad contra los equipos humanitarios. Crecen las restricciones administrativas. Se dificultan los procedimientos de visado. Se retrasan o bloquean permisos para acceder a determinadas zonas. Se imponen obstáculos financieros y regulatorios que ralentizan la llegada de ayuda precisamente cuando la necesidad es más urgente. Cada una de estas barreras significa menos capacidad para atender a quienes más lo necesitan.Y, sin embargo, frente a este escenario, hay razones para la esperanza. Cada día, miles de profesionales locales e internacionales continúan trabajando en Gaza, Sudán, República Democrática del Congo, el Sahel y decenas de contextos olvidados. Siguen distribuyendo alimentos, garantizando acceso al agua potable, tratando la desnutrición infantil, rehabilitando infraestructuras esenciales y acompañando a comunidades que han perdido casi todo.Cuando un trabajador humanitario es atacado, no solo se pone en riesgo una vida, también se pone en riesgo la ayuda de la que dependen miles de personasPor eso, en este Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, el mejor homenaje que podemos rendir a quienes perdimos en Muttur, en Gaza y en tantos otros lugares del mundo es reafirmar nuestro compromiso con los principios que hacen posible nuestro trabajo: neutralidad, imparcialidad e independencia. Son estos principios los que nos permiten estar al lado de las personas cuando más nos necesitan.La mejor manera de honrar a quienes ya no están es garantizar que quienes hoy siguen en primera línea puedan hacer su trabajo con la protección, el respeto y la seguridad que merecen. Porque cuando un trabajador humanitario es atacado, no solo se pone en riesgo una vida, también se pone en riesgo la ayuda de la que dependen miles de personas. Defender la acción humanitaria es, en última instancia, defender nuestra humanidad compartida.
Proteger a quienes protegen: el reto pendiente de la acción humanitaria
Más de 1.000 trabajadores humanitarios han perdido la vida en los últimos tres años, según datos de Naciones Unidas, y solo en 2025 murieron al menos 326 profesionales humanitarios mientras desempeñaban su labor








