Miedo, tristeza, rechazo y hasta cierto bochorno por lo ocurrido. Ese es el clima que se respira este martes en Isla Cristina (21.617 habitantes, Huelva) después del tiroteo que la noche del domingo acabó con la vida de tres personas en la calle Valverde del Camino, en la barriada del Rocío. Los vecinos siguen conmocionados en esta localidad onubense acostumbrada a convivir con problemas vinculados al narcotráfico, pero que no esperaba este reciente episodio de violencia extrema.Tras el tiroteo murieron tres personas, entre ellas una mujer embarazada y un menor; otras dos resultaron heridas, una de gravedad. La principal hipótesis de la investigación ―declarada secreta― es que se trata de un ajuste de cuentas entre clanes familiares. Muchos vecinos rechazan opinar sobre el crimen: “No quiero ver esto en llamas mañana”, comenta el propietario de un establecimiento. Las respuestas reflejan la preocupación por el triple homicidio y el deseo de no verse involucrados en un conflicto derivado del enfrentamiento que mantienen desde 2024 dos clanes familiares (Los Salazar y Los Moriña) enfrentados tras un tiroteo ocurrido en la barriada onubense de El Torrejón.Este martes, la calle Valverde del Camino ha recuperado una apariencia de normalidad. Algunas familias, pocas, entran y salen de sus viviendas en un barrio humilde, marinero y trabajador. La mayoría de vecinos sostienen que jamás habían presenciado algo parecido. “Este barrio de trabajadores es un barrio humilde, pero de buena gente”, explica María José (nombre ficticio), de 67 años. “No es un barrio problemático, nunca da problemas. Aquí hay de todo. Hay gente con carrera, abogados, enfermeros. Lo que ha pasado no es de gente de aquí. Es gente de fuera y no tiene nada que ver con las familias del barrio”.La misma idea se repite una y otra vez durante la mañana. Los vecinos insisten en separar la vida cotidiana de la barriada de unos hechos que consideran excepcionales. “Esto ha venido de Huelva. No es de aquí”, afirma Juan Manuel (nombre ficticio), de 67 años. “Aquí convivimos gente de todo tipo. Es un barrio normal. Lo hemos pasado muy mal porque esto no se ve todos los días. Todo el mundo estaba cenando o tomando el fresco cuando ocurrió”.La barriada del Rocío está a escasos metros de la ría del Carreras y desde el paseo marítimo se observan las embarcaciones. Es una zona donde la actividad pesquera convive desde hace años con el narcotráfico. Los alijos y las operaciones policiales forman parte de la actualidad habitual de la zona. El problema ha crecido y el dinero fácil atrae a muchos jóvenes locales. Este martes, varias personas comentan el avistamiento de una narcolancha repostando combustible a plena luz del día cerca de una zona frecuentada por bañistas. Son episodios que ya no sorprenden demasiado a los vecinos. Detrás de la tragedia late un conflicto que se arrastra desde septiembre de 2024. Una reyerta entre miembros de las familias Salazar y Moriña en la barriada onubense de El Torrejón acabó en un tiroteo que se saldó con un fallecido y dos heridos. La detención posterior del presunto autor de los disparos, conocido como El Baba, no frenó la espiral de represalias. Aquel crimen desencadenó un enfrentamiento abierto entre ambos clanes familiares, marcado por amenazas, hostigamientos, disparos contra viviendas y nuevos episodios violentos que con el tiempo acabaron trasladándose hasta Isla Cristina, según la Guardia Civil. Los investigadores consideran que tanto un tiroteo ocurrido en junio de 2025 en Isla Cristina como el ataque del pasado domingo podrían guardar relación con esa cadena de venganzas, aunque la causa continúa bajo secreto de sumario y no se descartan otras hipótesis. La localidad costera sigue inmersa en plena temporada turística, con el mercado de abastos lleno de visitantes y vecinos recorriendo especialmente los puestos de pescado y marisco. La sensación es que el municipio ha asumido la presencia de actividades ilícitas relacionadas con el narcotráfico, pero no está acostumbrado a este episodio de violencia extrema con asesinatos en plena calle.“Tenemos una lacra muy grande con los que trafican o hacen cosas que no deben”, reconoce Victoriano Martín, de 49 años, trabajador de un supermercado. “Pero eso no representa a la mayoría. Isla Cristina es un pueblo levantado a golpe de mar, de campo, de turismo y de trabajo”. Martín se encontraba muy cerca de la zona cuando se produjeron los disparos. “Escuché los tiros y pensé que eran petardos”, recuerda. “Pensé que eran cosas relacionadas con las fiestas de la Virgen del Mar, de la Punta del Caimán. Nadie aquí está acostumbrado a algo así”.David (nombre ficticio) tiene 73 años y ha trabajado medio siglo como marinero. “Yo estaba cenando con mi mujer cuando escuché los disparos. Pensé que eran fuegos artificiales de las próximas fiestas de la Punta del Caimán”, recuerda. “Luego me llamó mi hija y me dijo que habían sido tiros. Se me quitaron hasta las ganas de comer”. Su indignación crece especialmente al hablar de las víctimas ajenas al conflicto entre las familias enfrentadas. “Nunca he visto una cosa así. Matar a criaturas que no tienen nada que ver. Eso no puede ser”. Sobre el imán que suponen los alijos para la juventud, añade: “Si uno gana 1.500 euros al mes trabajando y otro gana más en una semana, muchos saben dónde van a intentar ir”.A medida que avanzan las horas, la localidad recupera el ritmo propio y normal de agosto. Las terrazas vuelven a llenarse. Los comercios levantan sus persianas. Los turistas llegan a las playas. Sin embargo, la conversación termina regresando siempre al mismo punto: las ráfagas de disparos que alteraron la noche del domingo. Sara (nombre ficticio), que reconoce que el suceso le ha provocado miedo, concluye: “Nunca hemos visto este tipo de tiroteos. Lo hemos vivido de forma terrorífica”. Esa frase, pronunciada una y otra vez en calles, comercios y terrazas, es un mensaje repetido mil veces tras el episodio más violento ocurrido en Isla Cristina en los últimos años.