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Natalia Montealegre llegó a la barra brava Fortaleza Leoparda Sur cuando tenía 13 años. Allí aprendió a hacerle aguante al Atlético Bucaramanga. Una década después, quiso que Las Arrogantes, el grupo de mujeres que había ayudado a organizar, dejara de ocupar un lugar informal dentro de la barra. El aval dependía del Comité de Líderes y les permitiría acceder a las finanzas del grupo, tener voz y voto en las decisiones y, por fin, colgar su propia bandera en el estadio. La respuesta no solo fue negativa. Natalia terminó vetada del espacio, en medio de tensiones relacionadas con ese proceso organizativo de mujeres. Desde entonces, hace parte de La Gran Familia, una disidencia conformada por quienes, debido a diferencias políticas, habían quedado al margen del grupo principal.
Fue esa “determinación por existir”, como la llama Diana Ojeda, la que terminó por convencer a la cineasta santandereana de que allí había una historia. No solo porque le permitía mostrar una cara poco contada de las mujeres dentro de estos espacios masculinizados, sino porque ese caso le resonaba. Ojeda había atravesado dinámicas violentas y excluyentes dentro del cine, hasta el punto de preguntarse si valía la pena continuar. Por eso, en aquellas barristas que se negaban a abandonar el lugar que habían construido alrededor del fútbol, encontró una oportunidad para hablar de lo que ocurre cuando las mujeres se empeñan en permanecer en espacios que intentan expulsarlas.








