AnálisisSotheby’s presenta hasta el 7 de septiembre una exposición con varias obras de un Botero salvaje y desconocido para el gran público. Fernando Botero en Sotheby's. Foto: Fernando Gómez EcheverriDIRECTOR DE REVISTA BOCAS Y LECTURAS. EDITOR DE CULTURA DE EL TIEMPO15.08.2026 11:01 Actualizado: 15.08.2026 11:01
La calle MacDougal, en Nueva York, tiene una larga mitología: fue la calle que recorrió Bob Dylan para dar sus primeros conciertos en el Café Wha?, y la calle en la que Jack Kerouac y Allen Gingsberg dieron sus eternos y poderosos recitales de poesía en The Gaslight Café. En esa misma calle, en la esquina de la carrera 4, en el corazón del Village, se instaló Fernando Botero con apenas 200 dólares en el bolsillo y unas ganas insaciables de comerse el mundo. Los años 60 estaban en su efervescencia. Dylan explotaba con su armónica y su voz carrasposa, Kerouac se convertía en leyenda con su novela En el camino, y en la pintura los héroes de Nueva York eran los expresionistas abstractos. Botero –a finales de los años 50– era el pintor más prometedor de su generación. Su nombre siempre estaba en la punta de la lengua de la crítica del momento, la argentina Marta Traba, y el fotógrafo Hernán Díaz –como un documento invaluable– había hecho un retrato con los titanes del arte moderno en Colombia. Los protagonistas eran él, Alejandro Obregón, Guillermo Widemann, Enrique Grau, Armando Villegas y Eduardo Ramírez Villamizar. Pero Botero no se sentía cómodo, “él no quería ser el mejor pintor de Colombia; quería ser el mejor pintor del mundo”, dice su nieto Fernando Botero Quintana. Ya había recorrido Europa, había pasado una larga temporada en México, y volver a Bogotá y ser celebrado en la ciudad no era suficiente. Una de las salas de Sotheby's. Foto:Fernando Gómez EcheverriNecesitaba conquistar la capital del arte. Necesitaba conquistar Nueva York.Y la tarea no era fácil. Porque Fernando Botero siempre fue un artista figurativo. Y en ese momento, “o eras abstracto o no eras nadie”, dice Anna Di Stasi, curadora de arte latinoamericano de la casa de subastas Sotheby’s. Anna Di Stasi, curadora de arte latinoamericano de Sotheby's. Foto:Fernando Gómez EcheverriSotheby’s, desde 2025, tiene su sede principal en el edificio Breuer, una joya de la arquitectura brutalista, que originalmente fue la sede del Museo Whitney y hasta hace poco fue la sede temporal de la Frick Collection. Sotheby’s pagó 100 millones de dólares por él. El edificio es un monstruo de concreto que -entre tantos rascacielos- rompe con la visión estandarizada de la ciudad; tiene la autoridad de una roca gigante incrustada en una de las zonas más exclusivas de Manhattan. Y ahora todo su cuarto piso está dedicado a Botero. “En los años 60 -dice Di Stasi- había una verdadera dictadura de la abstracción. Y Botero fue increíblemente valiente y no renunció a la pintura figurativa; pero en esos años, en Nueva York, su pintura también se nutrió del vigor de los expresionistas abstractos; su pincelada era absolutamente libre, suelta”. Pintura de Botero de los años 60. Foto:Fernando Gómez EcheverriRecorrer la exposición con Di Stasi es un absoluto privilegio, cada anotación suya es una pequeña clase magistral. Frente a su Mona Lisa de 12 años, una de las obras cumbres de Botero de esos años, señala cómo el artista colombiano se aprovechaba de los límites del lienzo para dejar la cabeza casi pegada al borde por sus tres lados y recortaba por debajo los hombros y las manos para dar la sensación de mayor volumen. En la muestra hay dos Mona Lisas. Y no es casualidad. En esos primeros años, cuando Botero preparaba sopas de mollejas de pollo con ajo, sal y cebolla, que era lo más barato y ‘nutritivo’ que encontraba en el supermercado, y divertía a sus hijos con ‘sopas de ojos’ (sopas de tomate Campell’s que servía con ojos de juguetes viejos que flotaban como en un cuento de brujas), su suerte no era la mejor. No tenía fama ni dinero. Pero un día, por recomendación de un artista de un taller cerca del suyo, recibió la visita inesperada de Dorothy Miller, la subdirectora del Museo de Arte Moderno de Nueva York (Moma). “Tocó la puerta -recordó Botero en su entrevista de BOCAS- y, cuando abrí, vio el cuadro que estaba al frente y dijo: ‘lo quiero para el Museo’. Al día siguiente vinieron por él y estuvo unos cinco años en la colección permanente”. El Moma -el museo de arte moderno más importante del mundo- no solo le compró la Mona Lisa, también se llevó La familia presidencial, otra de sus obras más emblemáticas. Los efectos de la adquisición fueron inmediatos; le dieron la visibilidad que necesitaba en una ciudad donde los artistas brotan hasta de las alcantarillas. Obra de Fernando Botero en homenaje a El Greco. Foto:Fernando Gómez Echeverri“Mi abuelo -dice Fernando Botero Quintana- conoció en esa época a personas claves en su vida, las que le enseñaron, de muchas maneras, cómo manejar su obra, como Jean Aberbach, que se convirtió en art dealer cuando vendió la disquera de Elvis Presley, fue muy amigo suyo y siempre apreció sus consejos. También conoció al fundador y al director de la galería Malborough, Frank Lloyd y Pierre Leve, que en ese momento era la galería más importante del mundo, y ellos se encargaron de representarlo. Años después, en 1993, Nueva York también sería un hito para él con su exposición de esculturas monumentales en la Quinta Avenida”. Fernando Botero Quintana fue el miembro de la familia que estuvo detrás de todo el montaje de la muestra en Sotheby’s. “La Fundación Botero, de la que están al frente mi papá Fernando, y mis tíos Juan Carlos y Lina, trabaja para mantener su legado; desde su muerte han hecho grandes exposiciones en Roma, Barcelona, Guangzhou, Singapur, Forte di Bard, Bakú, Taipei, Sicilia y Seúl. Y ahora esta”. Fernando Botero Zea, autorretrato de Fernando Botero y Fernando Botero Quintana. Foto:Archivo particularCharles F. Stewart, CEO de Sotheby’s estuvo detrás de la subasta en la que hubo obras de Botero en Arabia Saudita. Y, justo en ese momento, nació la idea de la exposición en Nueva York y de tener obras que fueran representativas de sus primeros años en la ciudad. Y esa pincelada libre y salvaje del expresionismo abstracto -“vigorosa, masculina y sensual”, como la describía el propio Botero-, está en varias obras. En total, la exposición –que es una excepción en Sotheby’s por su duración de seis semanas– tiene 35 piezas, varias son de la Fundación y no están a la venta, y entre ellas, además de las Mona Lisas, Los Ricos y El Niño de Vallecas, hay una que brilla de forma especial: La apoteosis de Ramón Hoyos. “Para mí -dice el coleccionista colombiano José Darío Gutiérrez- es la obra maestra de Botero. Fue el momento en que hizo universal un tema local. Es tan importante como la Violencia de Obregón”. La apoteosis de Ramón Hoyos. Foto:Fernando Gómez EcheverriLa apoteosis de Ramón Hoyos era una obra invisible; cuando me encuentro con ella en la pared principal de la entrada, le digo a Anna Di Stasi que solo la había visto en libros. Y su historia es para enmarcar. En 1959 fue declarada fuera de concurso en el Salón Nacional de Artistas y, de muchas maneras, es también una obra maestra del pop art. Di Stasi señala el poder de los colores que usaba Botero, traídos de sus años de estudio del muralismo mexicano y, sobre todo, la postura de Ramón Hoyos en su bicicleta. Su figura se erige como la de un general que aplasta a sus rivales en una pintura de corte napoleónico. Ramón Hoyos fue un héroe en los tiempos de Botero: ganó cinco veces la Vuelta a Colombia en los años 50. La genialidad de Botero es que -además- se adelantó al arte pop al traer un personaje popular a la pintura. Y, como él mismo recordaba, no solo a Hoyos, sino a dos personajes de la crónica roja del momento: el Doctor Mata y Teresita la descuartizadora. La apoteosis vibra con sus pinceladas, se ven tan claras, tan fuertes, como si las acabara de pintar, “los colores parecen recién salidos del tubo”, dice Di Stasi. Los girasoles de Botero Foto:Fernando Gómez EcheverriEn la exposición también hay un trío de homenajes de Botero a los grandes maestros: El Greco, Manet y Van Gogh. En el del Greco aparece un obispo con una cara sospechosamente parecida a la suya; en el de Manet, Di Stasi apunta cómo Botero tomaba un tema clásico y lo ‘colombianizaba’ con el paisaje o con el perfil de la ciudad o con un detalle tan sutil como una reja con un alambre de púas; y en el de Van Gogh, explica cómo Botero hace suyos los girasoles con el color y un volumen que no se concentra sólo en las flores, sino en el jarrón. Di Stasi continúa mostrando un bodegón en el que explotan los colores y se siente la influencia de los artistas mexicanos en su pintura. En el recorrido no podía faltar el humor. Los ricos Foto:Fernando Gómez EcheverriEn Los ricos una pareja roza la parodia de los millonarios con una mujer con un abrigo de piel hasta las rodillas y un french poodle de mascota; en un autorretrato aparece Botero de niño en su primera comunión, vestido de marinerito, con un diablo y un angelito hablándole al oído. Y tal vez, la más cruel y divertida, es un niño al que lo mordió un perro y su carita regordeta llena de lágrimas no atrapa tanto la atención como el propio mordisco: debajo de su rodilla hay un hueco tan tenebroso como el que dejarían las fauces del Tiburón de Spielberg. El niño de Vallecas. Foto:Fernando Gómez EcheverriEl gran momentum de la exposición, además de La apoteosis de Ramón Hoyos, es la sala en la que están sus pinturas más neoyorquinas, las pinturas donde Botero competía por la supremacía de los héroes del expresionismo abstracto y sus pinceladas eran tan visibles como las de un cuadro de Willem De Koonig. Las pinturas de la serie de El Niño de Vallecas, su reinterpretación de la obra de Velázquez, son fuertes, grotescas, violentas en forma y fondo. Y tienen la fuerza de un garrotazo, “la gente se aterra, pero a mí me encantan”, dice Di Stasi. Hay un florero que, de no ser por su firma, podría ser de Cy Twombly o de Lee Krasner. Botero abandonó esa pincelada y, poco a poco, por su amor absoluto por los maestros de la pintura italiana, fue incorporando la forma a la pincelada hasta hacer invisibles los contornos. Y es el Botero que la mayoría conoce, la pintura que lo hizo aún más universal, la que, como cuenta su nieto, hizo que un grupo de viejos artistas chinos lo rodeara en su primera exposición en el país con una colección de catálogos que habían conseguido de contrabando en los tiempos en que su país vivía aislado. Edificio de Sotheby's. Foto:Fernando Gómez EcheverriLa muestra de Sotheby’s -en una sala donde los artistas duran solo dos semanas- solo confirma algo que parece obvio: Botero era un monstruo. Y Nueva York nunca dejó, ni ha dejado de ser, su ciudad. FERNANDO GÓMEZ ECHVERRIDirector de Revista BOCAS y Lecturas Dominicales(*) Por invitación de la Fundación Botero. LEA TAMBIÉN Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.






