NoticiaEste fenómeno con alcance transnacional exige respuestas que vayan más allá de los métodos tradicionales, expone este analista.El ‘Tren de Aragua’ es un ejemplo de una organización involucrada en distintos delitos en diversos países. En la foto, una operación contra miembros de este grupo criminal en Bogotá, en 2024. Foto: Alcaldía de Bogotá15.08.2026 07:01 Actualizado: 15.08.2026 07:01

La multicriminalidad es amorfa y constituye un fenómeno altamente complejo. Coopta al Estado, pero también al empresariado y a las comunidades; su elemento transversal es la corrupción en todos los niveles. Va mucho más allá de las economías criminales y del crimen organizado tradicional, pues simula, cogobierna y, en tiempos de conflicto armado, representa la peor “niebla de la guerra” jamás vista en términos clausewitzianos. LEA TAMBIÉN Esta forma de ilegalidad estructural opera a través de franquicias y células compartimentadas, aunque puede recurrir a estructuras mayores en casos de crímenes de lesa humanidad, de guerra, de genocidio e incluso de crimen de agresión. Esto último ocurre en Rusia, donde el negocio del mercenarismo ha roto por completo los parámetros conceptuales del derecho internacional humanitario (DIH) y de la Convención de 1989 sobre el tema, y ha dado paso a una forma sin precedentes de trata de personas con fines de explotación laboral. La multicriminalidad comprendió la globalización mucho mejor que los Estados y la comunidad internacional, lo que puso en crisis los sistemas de cooperación judicial y policial, incluidas la extradición y otras figuras del derecho internacional penal. Hoy en día, la multicriminalidad de un país puede ser dirigida desde otro continente, incluso mediante ataques cognitivos que no implican una declaración formal de guerra o su existencia fáctica.Por ejemplo, las maras, en su momento, eran manejadas en parte desde cárceles en Los Ángeles; los Zetas, desde Chicago, y parte del crimen transnacional en Colombia se gestiona desde los Emiratos Árabes Unidos, Rusia e Irán. Por su parte, el Eln opera en Guyana y existen bandas colombianas asentadas en el norte de Chile, dedicadas a los ciberdelitos, ni qué decir del uso de Costa Rica por las Farc. LEA TAMBIÉN En definitiva, la multicriminalidad lo controla todo en los Estados débiles: desde el ‘gota a gota’ hasta el tráfico ilícito de especies, y pone contra la pared a los Estados cuando insisten en combatirla únicamente mediante métodos tradicionales como el uso de la fuerza. La multicriminalidad integra sistemas adaptativos que impiden caracterizaciones tradicionales, la investigación judicial a la vieja usanza y el accionar de agencias de inteligencia propias de otros tiempos.Los sistemas que integran la multicriminalidad, por ejemplo en el caso colombiano, parten de la macrocriminalidad o de crímenes de sistema; entre ellos, los procedentes del conflicto armado, con conductas y tipos penales muy diversos. A esto se suma un sistema de delincuencia común que, cada vez más, se imbrica con otros tipos de conductas delictivas, brindando capacidades operativas diferenciales y aprovechando los vacíos legales, las fallas de la política criminal, la burocracia procesal penal —razón por la cual se debe actualizar y contextualizar el Sistema Penal Oral Acusatorio (SPOA)— y, además, el sistema de integración criminal más poderoso del mundo: el penitenciario. Las cárceles se convirtieron en las “universidades de posgrado” más estructuradas del crimen global, comenzando por la de Abu Ghraib en Irak, desde donde se gestó Isis tras el contexto de torturas perpetradas por soldados estadounidenses en la lucha contra el terrorismo. LEA TAMBIÉN Redes transnacionales De igual forma, encontramos el sistema de crimen organizado con todos sus tentáculos: fenómenos no necesariamente ligados al narcotráfico, pero sí propios de una extendida cultura de la ilegalidad en la que conviven múltiples actores. El padre de la descripción de este fenómeno fue John Landesco en su clásico Organized Crime in Chicago (1929). El crimen organizado compra al Estado o lo penetra e infiltra por otras vías. En Colombia, este fenómeno se vio claramente con el cartel de Cali y su estrategia para enfrentar al establecimiento, muy distinta a la empleada por el cartel de Medellín. La estructura detrás del cartel de Cali —que incluso instrumentalizó a académicos y los postulados de la criminología crítica— no se ha investigado ni descrito en toda su dimensión, en gran parte por la ausencia de una verdadera inteligencia criminal, campo que en su momento fue liderado por oficiales como el brigadier general de la reserva policial Juan Carlos Buitrago. LEA TAMBIÉN Pero si a lo anterior le sumamos la delincuencia organizada transnacional, el panorama empeora drásticamente. Aquí no hablamos solo de narcotráfico, lavado de activos o contrabando, sino de múltiples conductas que parecerían no tener conexión, pero que en realidad sí la tienen: por ejemplo, el vínculo entre actores como el Eln y el ‘clan del Golfo’ con estructuras de tráfico ilícito de migrantes en el Caribe. Y mientras se recluta a militares y policías retirados para llevarlos, bajo engaño, a la República Democrática del Congo, Rusia, Yemen o Arabia Saudita, Colombia ve un flujo creciente de migrantes irregulares que huyen de Asia y África para intentar llegar a Estados Unidos transitando por nuestro territorio. De esta manera, el hurto de un celular o de un reloj Rolex en Bogotá puede ser dirigido desde las favelas de Río de Janeiro o São Paulo, el contrabando de medicamentos se moviliza desde ciertos países de Europa y la formación de sicarios menores de edad se articula desde Ecuador y Venezuela con el propósito de incorporarlos como escudos humanos en grupos armados organizados (GAO) en diversos departamentos. Todo esto sucede mientras se deforesta y se trafica ilegalmente con especies en la Orinoquia y la Amazonia, e ingresan al país armas de todo tipo, municiones, drogas, licores y cigarrillos. Nuestras fronteras —y las de otros Estados— dejaron de ser porosas: hoy sencillamente no existen para la multicriminalidad. De ahí que las políticas nacionalistas antimigración resulten inútiles y solo generen inmensos problemas que no se resuelven desplegando militares, policías o fuerzas intermedias (piénsese en el caso reciente de los ciudadanos marroquíes llegando a España). Nuestras fronteras —y las de otros Estados— dejaron de ser porosas: hoy sencillamente no existen para la multicriminalidadDebilidad estatal Si a este panorama sombrío le sumamos contextos de guerras proxy, híbridas y cognitivas, la niebla densa se extiende hasta el suelo. La geopolítica de la multicriminalidad se ha llevado por delante a la de los Estados, y estos —incluido el colombiano— no están preparados para enfrentar semejante amenaza. Esto principalmente porque en los territorios perdidos para la legalidad —como todo el occidente colombiano, el Catatumbo, el sur e, increíblemente, sectores de la misma Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga, entre otras ciudades—, quienes controlan realmente las tasas de homicidio y otros fenómenos son estructuras criminales multinivel. ¿O es que acaso hemos olvidado que, a menos de dos kilómetros del centro del poder de las tres ramas del Estado y de los órganos de control —es decir, en las narices de todos—, en el Bronx, se asesinaba a personas, se les descuartizaba y se las disolvía en canecas de 55 galones con ácido, sin que pasara poco o nada? Podemos tener territorios “militarizados” y llenos de autoridades civiles, y estos siguen siendo manejados por completo por los actores ilegales. Una cosa significa el territorio para el Estado y otra, totalmente diferente, para los criminales. LEA TAMBIÉN Respuesta estratégica Recientemente se han producido documentos con recomendaciones esenciales en materia de seguridad y defensa —entre ellos, los aportes de la Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Militares de Colombia (Acore) y de otras organizaciones— que constituyen insumos clave no solo para el gobierno de turno, sino también para el Estado colombiano en su conjunto.Es imposible combatir la multicriminalidad únicamente desde el Ejecutivo: se requiere de todo el Estado y, en realidad, de la cooperación entre las partes contratantes de alto nivel. Colombia puede asumir un liderazgo mundial —no solo regional— para hacer frente, desde la inteligencia estratégica y su componente multicriminal, a estructuras que apenas hace unos años jamás se habrían imaginado. Como le decía un gran general en servicio activo a otro gran general en retiro hace pocas calendas: “La guerra de hace cinco años es totalmente diferente a la de hoy, mi general”. (*) Abogado, investigador en temas de conflicto armado, justicia para la transición, seguridad y defensa, extradición y derecho internacional, derechos humanos y derecho internacional humanitario. (**) Razón Pública es un centro de pensamiento sin ánimo de lucro que pretende que los mejores analistas tengan más incidencia en la toma de decisiones en Colombia. Sigue toda la información de Justicia en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.