Un avatar reemplazó al fallecido Gustavo Cerati durante el reciente show de Soda Stereo en el Movistar Arena. Tal como La invención de Morel de Bioy Casares en que unas imágenes repetidas recrean a personas muertas, el famoso trío volvió a deleitar a sus seguidores. Eso sí, no sabemos qué le pasó al trío, porque los vivos apenas alcanzaban a formar un dúo. El trío ya no existe. O, mejor dicho: existe como imagen. Allí donde falta uno de sus integrantes, una proyección ocupa el lugar de la ausencia. En rigor, al trío no le pasó nada. Porque la música también se escribe con aquello que el artista recibe del público. Cuestión que hace toda la diferencia entre una producción algorítmica y un acto creador. Esta nueva forma de espectáculos hace reflexionar sobre el diálogo entre el artista en el escenario, el público en las gradas y la terceridad que alberga lo impredecible, la sorpresa, lo que está fuera de control. En este punto cobra un singular valor lo acontecido en el mismo estadio hace unas semanas con el recital donde Fito Páez fue abucheado por el público al interpretar su nuevo álbum Novela (¡precisamente!). El autor de El amor después del amor señaló: “¡Nunca voy a olvidar esta noche!”. Y tiene mucha razón. Por oposición a la mera repetición de imágenes, esa noche se escribió algo nuevo a partir de una ausencia. No por nada, para Freud la escritura “es la lengua del ausente”. De allí el valor del fugitivo que en la novela de Bioy no cesa de escribir para después fugarse. La cuestión viene a cuento a propósito del rol que cobran las imágenes cuando se escinden de lo simbólico. En este caso, de la marca que establece una diferencia entre el presente y el pasado. Cuando la presentación aplasta la representación desaparece la historia y la diferencia en que habita el deseo. Se accede en cambio a lo imposible: estar muertos en “vida”. En un mundo de avatares y hologramas: ¿qué lugar para la carne que nos sostiene? ¿Qué lugar para lo Nuevo? ¿Qué espacio para el Duelo?