El debate sobre el impacto de la inteligencia artificial (IA) en la empresa no es solo un tema de tecnología o de economía, es un reto que cambia la forma de trabajar, de gestionar y de entender el liderazgo, y eso implica una visión más humana de esta nueva revolución hecha en silicio. Esta es la postura que defienden Juan María Nin, María José Sánchez Yago y José Luis Vázquez en la obra Sabiduría Artificial: una IA Humanista, un libro en el que defienden la importancia de diseñar inteligencias artificiales basadas en valores universales como la verdad, la justicia o la libertad.
El hilo conductor de sus reflexiones es claro: para que la IA sea una herramienta útil en las empresas, debe combinarse con un sólido código de valores. Y el mejor ejemplo de esta necesidad surge al responder a una pregunta clave: ¿puede la IA creer en Dios? Fue la propia coautora, una ingeniera de telecomunicaciones, quien durante la presentación del libro confesó haber planteado esta duda a Kai, la IA que escribió el epílogo. La máquina respondió que no podía creer en Dios como un humano. Sin embargo, reconoció la existencia de la trascendencia. Para la IA, la trascendencia es una forma de humildad operativa: significa aceptar que no es el centro y que el bien no lo decide ella.






