Es Nochebuena y, como cada año, la familia se reúne. Forman un clan corriente: ni ricos ni pobres, viven en una pequeña localidad del sur, llevan una rutina y nunca han tenido grandes conflictos entre ellos; podrían ser lo que se considera una familia normal de clase media. El matrimonio tiene tres hijos, que ya son adultos jóvenes, dos chicos y una chica. Ella está prometida con un chico del pueblo, un cirujano de buen corazón que su familia ha acogido de buen grado. Ambos están muy enamorados y la joven vive esta Navidad pensando con emoción en los cambios que se avecinan a su vida el próximo año.
En cuanto a sus hermanos, los dos veinteañeros, el mayor lleva tiempo desocupado y el pequeño solo encuentro trabajo a temporadas: la crisis del empleo juvenil les afecta de lleno. Ellos, como tantos hombres de su generación, están desencantados ante la falta de perspectivas, por lo que cada vez simpatizan más con un partido emergente que, aunque no ha tenido aún victorias tan importantes como para incidir en el tablero político, está haciendo ruido con sus proclamas populistas y promete a todos esos jóvenes un futuro de trabajo y seguridad. Están en plena crisis económica –al padre le acaban de bajar el sueldo–, y, en medio de tanta incertidumbre, cuesta confiar en el Gobierno.







