Hay ciudades que no solo se habitan: se incorporan a la mirada, moldean la sensibilidad y dejan una impronta imborrable en la forma en la que un artista aprende a descifrar el mundo. Buenos Aires posee esa cualidad única. En sus calles, en sus cafés y en su dinamismo cotidiano se cocina un espíritu singular, una manera de entender la vida atravesada por la calidez, la charla compartida y un sentido del humor fino, perspicaz y profundamente humano. El espíritu porteño, nuestra forma de vida. A un siglo del nacimiento de René Goscinny, celebrar su memoria es mucho más que rendir tributo a uno de los talentos más grandes de la historieta universal. Es poner de manifiesto un lazo entrañable y fundacional entre la Argentina y Francia; una fraternidad cultural viva que encontró en la trayectoria de este genio de la historieta uno de sus puentes más luminosos y perdurables. Porteños y visitantes recorren la Avenida Corrientes durante una jornada de actividades culturales Nacido en París el 14 de agosto de 1926, Goscinny llegó a Buenos Aires siendo apenas un niño de dos años. Aquí, entre 1928 y 1945, transcurrieron su infancia y su primera juventud. Fue en las aulas del Liceo Francés donde trazó sus primeros dibujos humorísticos y fue recorriendo arterias fundamentales de nuestra fisonomía urbana —como Florida, Rivadavia o la Avenida Alvear—, donde absorbió de primera mano el exotismo cotidiano de la Pampa, los Andes, el tango y la picardía porteña.