El español, aún lejos de su mejor forma, logra subir al podio de 800m en una carrera ganada por el irlandés Mark English
Mohamed Attaoui sigue corriendo hacia ser el que fue hace nada, uno de los mejores mediofondistas del mundo, un atleta nacido para reventar carreras de 800m con un cambio atómico y una velocidad sostenida elevada, y, aun estando lejos todavía de su ser verdadero en su camino laberíntico hacia la plenitud, tal es su calidad que en una carrera complicadísima arañó una medalla de bronce (1m 45,71s) europea en un Alexander Stadium que, el día de más calor del año en Birmingham, 36 grados, una caldera de aire africano cayendo del cielo, por fin sonó a atletismo y pasión, e inflamó a todos.
También a Attaoui, que se reivindica en cada carrera como atleta de campeonato, y muere por la camiseta naranja, y no de mítines, pese a que su gran marca, y récord español, 1m 44,02s, la logró en un mitin. Y gracias a esa energía, logró sacar un podio de la casi nada.
Fue una carrera lenta para los tiempos que vuelan que manejó a su antojo, mejor que ninguno, el veterano irlandés Mark English (1m 45,26s): segunda juventud a los 33 años del medallista en Zúrich hace 12 años, y en Múnich hace cuatro en la final mágica de Mariano García. Con la edad y las canas, y su seriedad de roca impenetrable, y su dureza en la pista, English ha encontrado una velocidad que no tenía y mantiene la sabiduría y la astucia. Su movimiento clave, el que decidió la carrera, fue un cambio en la campana para, con su gran complexión, tapar paso y perspectiva a los demás, a Attaoui, sobre todo, el más temido y conocido por el irlandés después de que el favorito inglés, Max Burgin, fuera baja de última hora al lesionarse calentando. Segundo fue, el sorprendente croata Marino Bloudek, un veterano sin especial pedigrí (1m 45,62s) a cuyo rebufo se acopló perfectamente English hasta la última curva.














