Este jueves al mediodía me llamaron para darme una noticia que no desearía recibir nunca. Mala, claro. Como todas las noticias que deseas que no sucedan. La muerte de Víctor Coyote, al que quería como amigo y admiraba como artista, me ha dejado huérfano de una persona muy querida, pero sobre todo de unas largas conversaciones irrepetibles, que teníamos cada cierto tiempo.
Víctor era un tipo que se cuidaba mucho, con largas caminatas, disfrutando del río, del Miño sobre todo, o andando en bici. Y al lado de una bici apareció muerto en una carretera de Segovia.
Desde hace unos 25 años conocía a Víctor Aparicio Abundancia (Tui, 1958). En aquel momento yo trabajaba de guionista en un programa de televisión y Víctor Coyote vino como invitado. Todavía no lo conocía mucho y me pareció un tipo distante al que no le pillaba el punto. En medio de la entrevista, mis sospechas se confirmaron. La presentadora, quizá con un punto de insistencia por encima de lo permitido, le preguntó por su cuenta y riesgo: “¿Y, entonces, de dónde viene lo de Abundancia?”. Víctor respondió con desgana que era su apellido y ya estaba. Pero la presentadora insistió: “¿Ya, pero de dónde viene?”. Entonces, Víctor, que quizá ese día no tenía un buen día, le ofreció una respuesta contundente: “Viene del coño de mi madre”. Era una respuesta razonablemente correcta, como apellido suyo materno que era.











