Para ser oposición hay que tomarse una pócima abundante de resignación. Se llega a esa condición —a la de oposición— por haber sido derrotados en una elección previa; esto es, por no haber conseguido el respaldo ciudadano para la opción identitaria, programática y de liderazgo que se representa. Es duro: para el ego, para las convicciones, para la sensación de seguir vigente, y a menudo para el desarrollo de la vida laboral. Pero sin este purgante lo que se abre es un calvario, un duelo que no termina, y no, como debería serlo, una etapa de preparación y de relegitimación para volver a ganar la mayoría.Esto es lo que está padeciendo la oposición chilena ante el gobierno actual. No sabe aún cómo ser oposición.Partamos por una constatación que es importante asumir: Kast ganó en toda la línea. Cierto: el magro resultado en la primera vuelta presidencial lo obliga a ser prudente —de hecho ya lo fue entonces, y más aún en la segunda—, pero no lo invalida en lo más mínimo. Conquistó casi la mayoría del Congreso, algo de lo que no hay recuerdos. Adicionalmente, le basta con hacer ínfimas y banales concesiones al Partdio de la Gente (PDG) y lo tiene en el bolsillo. La aprobación de la megarreforma así lo prueba.Pero hay algo más. Las ideas matrices de Kast tienen viento a favor, igual como la época previa lo tuvieron las ideas progresistas. El mundo va en la dirección que defiende el nuevo Gobierno, y lo mismo nuestros vecinos. Liberalización económica, flexibilidad, crecimiento, empleo, de un lado, y seguridad, disciplina, castigo a los incivilizados del otro. Nada de medio ambiente, diversidad, inclusión, descentralización, ocio creativo, identidades. Los inversionistas aplauden. La academia apela a la prudencia, pero no presenta alternativas. La opinión pública es escéptica, pero no se opone de plano; ni menos se moviliza.¿Qué puede hacer la oposición ante este panorama? Muy poco. La ciudadanía no quería seguir con la misma inercia. Le pesan más de una década sin crecimiento económico, las dificultades para llegar a fin de mes, el desborde de la delincuencia y la porfiada corrupción en los poderes públicos. Buscó una salida sumándose al estallido, y fue peor. Aceptó el camino institucional y eligió a una Convención atípica, pero ésta se pasó varios pueblos y condujo al Rechazo. Luego votó por Boric, quien enderezó el barco pero no alcanzó a mucho más. En ese momento reapareció el candidato José Antonio Kast, ahora desprovisto de su discurso valórico. Sus promesas fueron tentadoras: fin de la delincuencia, de la inmigración, del estancamiento económico, del vacío de autoridad. Lo dijo sin ambigüedad: vendría a cambiar de receta, no a mantenerla; a intentar algo nuevo, algo que mueva la aguja, que mejore un presente duro; no volver al pasado, ese que desde la oposición se mira con nostalgia pero que para la gente fue igualmente penoso.Esa es la situación. Rasgar vestiduras porque se está poniendo en peligro lo que Chile ha alcanzado sirve de poco. Anunciar el apocalipsis aún menos. Pero algo se podrá hacer, dirán algunos con razón. Efectivamente. Un buen ejemplo —y espero con esto no producir demasiados sarpullidos en pieles sensibles— es lo que hizo la oposición a la Concertación, tanto en el plano económico como político.Empecemos por algo que, por obvio, se olvida. La oposición de entonces fue feroz. Anunció, desde el día uno del retorno a la democracia, que vendría una crisis, tanto económica como de seguridad, y que se iniciaba el mismo proceso de movilización descontrolada que terminara en el desgobierno y desabastecimiento que antecedió al golpe de Estado de 1973. Aprovechó sin escrúpulos, y con astucia, todas las armas institucionales que le dejó Pinochet, entre ellos los senadores designados. También aprovechó la capacidad de chantaje de los militares y su influencia en la opinión pública. Con todo, la oposición a la Concertación nunca fue golpista; siempre respetó las instituciones vigentes.Pero la lección que conviene extraer de la oposición en los llamados ’30 años’ es otra. Si bien puso el grito en el cielo cada vez que la Concertación propuso una reforma de envergadura, anunciando que con ello se desmantelaba el sagrado ‘modelo’, en la mayoría de los casos las fuerzas de derecha terminaron sumándose a la mesa de negociaciones que abrieron los gobiernos de la época. Lo hicieron, por cierto, aprovechando al máximo su capacidad de bloqueo y de influencia. Así, las legislaciones laborales, tributarias, ambientales, indígenas, de pensiones, de salud —entre ellas el AUGE—, así como la eliminación de los senadores designados, tienen todas las huellas dactilares de la oposición que estaba a la derecha de la Concertación. Salvo a modo testimonial, para la galería, ella no intentó cambiar la dirección de las propuestas —orientadas, en general, a introducir elementos socialdemócratas en dosis homeopáticas—, sino diluirlas y mitigar sus efectos corrosivos sobre “el modelo”.Si invocar como ejemplo de oposición a la derecha anti-concertacionista —esa que llamaba al “desalojo”— provoca incomodidad, miremos entonces un ejemplo más actual: Alemania. El 1 de julio de 2026, tras muchas fricciones y una dura negociación, la coalición CDU/CSU-SPD que lidera Friedrich Merz acordó un paquete de 34 medidas —fiscales, laborales, previsionales y de desburocratización— destinado a sacar a Alemania de tres años consecutivos de crecimiento casi nulo. Es un paquete de corte liberal que en muchos aspectos va más lejos que el de Kast, pero que el partido socialdemócrata lo aceptó, arguyendo que tiene elementos de redistribución social y que, sin ellos como contrapeso, el programa habría sido aún más duro para la población.El escenario chileno es ciertamente diferente. Aquí no hay una coalición que incluya a sectores de izquierda. Y peor: como se vio con la llamada megarreforma, el Gobierno actual no ha estado dispuesto a abrir una mesa de negociación técnica, previa al proceso legislativo, rompiendo una tradición de todos los gobiernos anteriores, no importa su color político. Para la oposición es tentador reaccionar movilizada por el despecho, pero si lo que tiene en vista es retomar su competitividad en las contiendas electorales que vienen, debiera insistir en el predicamento del diálogo y la negociación, aun desde una posición de minoría.