Es un perfecto día de verano: 25 grados Celsius, cielo azul despejado y el estrecho de Puget resplandeciendo a lo lejos. Estoy en un animado restaurante de mariscos, en el segundo piso del Pike Place Market de Seattle, y el local está abarrotado.Al otro lado de la mesa, Julia Quinn habla sobre escenas de sexo. La novelista, cuyas obras inspiraron la exitosa serie de Netflix Bridgerton, lleva tres décadas guiando a sus personajes desde el primer encuentro hasta el “felices para siempre”. Y es una realista lúcida cuando se trata de los encuentros apasionados que hacen que sus lectores vuelvan por más.“Para mí, las escenas de sexo deben cumplir una función en el libro más allá de la mera presencia”, explica. “Si puedes eliminar la escena y el libro sigue sosteniéndose bien, entonces, al menos para mí, no es novela romántica, es erótica”.Durante mucho tiempo tachadas de triviales y de baja calidad, las novelas románticas viven un auge que ha dado lugar a subgéneros como el romance erótico y la romantasy —romance fantástico—, cada uno con sus propios seguidores y reglas.También son un enorme negocio. Las ventas del género —definido por una trama amorosa central y un final feliz— comenzaron a crecer tras la crisis financiera de 2008 y se dispararon durante la pandemia. Hoy superan ampliamente a la ficción literaria “seria” y a géneros como el misterio y el suspenso.En Reino Unido, los ingresos anuales pasaron de entre 27 y 33 millones de dólares (mdd) antes de 2020 a 93 mdd en 2024. En Estados Unidos (EU), las ventas alcanzaron 51 millones de ejemplares el año pasado, tras duplicarse en cuatro años. En 2025, cinco de los 10 autores de ficción más vendidos en EU —entre ellos Emily Henry y Rebecca Yarros— escribían novela romántica, y uno de cada 17 libros impresos vendidos pertenecía al género.“Nosotros somos la razón por la que se le paga a los poetas”, dice Quinn. “Somos el motivo por el que las editoriales se pueden dar el lujo de asumir riesgos”.Mientras la industria editorial enfrenta la competencia de la inteligencia artificial (IA), la autopublicación y una caída en la lectura sostenida, las ventas generales de libros retroceden este año. La novela romántica, sin embargo, resiste. En marzo, las acciones de Bloomsbury se dispararon 17 por ciento tras anunciar dos nuevos títulos de fantasía romántica de Sarah J. Maas.Hollywood también se subió al fenómeno, en buena medida gracias a Bridgerton. La productora Shonda Rhimes descubrió uno de los libros de Quinn durante unas vacaciones y llevó la idea a Netflix. Estrenada en la Navidad de 2020, la primera temporada acumuló 113 millones de visualizaciones en tres meses y se convirtió en una de las 10 series más vistas de la plataforma. El éxito desató una carrera por replicar la fórmula: producciones recientes como Más que rivales, Off Campus y Gente que conocemos en vacaciones parten de novelas románticas, al igual que la película Romper el círculo.Quinn ha sido una de las grandes beneficiarias. Sus 29 novelas —incluidas las sagas Smythe-Smith y Bevelstoke y las precuelas de Bridgerton— están ambientadas en su mayoría en la Inglaterra de la Regencia, una de las épocas predilectas del género. Han vendido más de 20 millones de ejemplares tan solo en EU y se han traducido a 43 idiomas. Poco después del estreno de Bridgerton, los ocho libros de la saga —uno por cada hermano— entraron simultáneamente en la lista de los más vendidos de The New York Times.Más allá de BridgertonComemos en Matt’s in the Market, una institución de Seattle, porque a Quinn le encanta mostrar la ciudad de la que se enamoró en 2002, después de varias mudanzas por EU debido a la formación médica de su esposo. “Después de unas dos semanas, pensamos: este es nuestro hogar”.Quinn creció principalmente en la costa este, asistió a un internado en Connecticut y realizó su primer viaje al extranjero gracias a una beca que le permitió estudiar seis meses en Gloucestershire, Reino Unido. Su fascinación por las novelas románticas se afianzó en Harvard. Entonces, estos libros de bolsillo, ridiculizados como bodice rippers por sus portadas sexualizadas, se consideraban tan vulgares que las librerías de Harvard Square se negaban a venderlos. Quinn tomaba el metro hasta otra parte de Cambridge para conseguirlos.“Sentías que tenías que ocultarlo”, dice. “Las novelas románticas están escritas principalmente por mujeres para mujeres y tratan sobre emociones. La sociedad devalúa lo femenino... Nos han enseñado que la gran literatura es la gran búsqueda del hombre blanco”.Como corresponde a una autora de novelas románticas, Quinn conoció a su futuro esposo durante su primer año en la universidad.En 1994 vendió sus dos primeras novelas, Splendid y Dancing at Midnight, el mismo mes en que ingresó a la facultad de medicina. Aplazó sus estudios para escribir y vender un tercer libro, aunque todavía dudaba de su elección. “Todos mis amigos obtenían títulos avanzados y pensé: ‘No estoy cualificada para hacer nada. ¿Qué hago si esto de escribir no funciona?’”. Finalmente comenzó medicina en Yale, pero abandonó dos meses después.Ya dedicada por completo a la escritura, adoptó una disciplina casi empresarial: publicaba uno o dos libros al año mientras criaba a sus dos hijos, construía una base de lectores fieles y registraba sus ventas en hojas de cálculo.Todas sus novelas transcurren en Reino Unido durante la Regencia, a principios del siglo XIX, cuando la enfermedad de Jorge III llevó a su hijo, el futuro Jorge IV, a gobernar como príncipe regente. Sus historias forman un universo interconectado: las hermanas pequeñas crecen, personajes secundarios se convierten en protagonistas y las precuelas retroceden para contar los romances de padres y parientes.