Sucede pocas horas después de la irrupción de decenas de miles de personas procedentes de Marruecos en Ceuta, ciudad española en el norte de África.

Mientras agentes y militares españoles se afanan por conducir a la multitud de extranjeros a la frontera para que regresen al lado marroquí, un niño se cuelga del cuello de uno de los uniformados y suplica entre llantos que le dejen quedarse.

“No, Marruecos no”, dice entre lágrimas en su idioma.

Unas mujeres intervienen y traducen sus palabras.

Hasta que finalmente se pronuncia un oficial superior.