Leopoldo Pizarro Rodríguez llegó a la plaza San Francisco acompañado de siete cuadros. A sus 86 años, acomodó las obras que había llevado por invitación de amigos que iban a reencontrarse en la zona y permaneció cerca de ellas, dispuesto a explicar qué había pintado en cada una a las personas que pasaban.Había representaciones de Guayaquil, frutas y una imagen de Galápagos, donde un barco aparece próximo a la isla Santa Cruz.Era una salida puntual para un hombre que ahora pasa buena parte de sus días en casa, leyendo y pintando, luego de una vida en la que el dibujo lo acompañó.PublicidadSu forma pausada de hablar obliga a escucharlo con atención. Leopoldo sufrió un infarto cerebral, utiliza un marcapasos y pasó por una intervención en una de sus rodillas, condiciones por las que su familia permanece pendiente de sus actividades.Aun así, cuando recibe una invitación y su estado se lo permite, reúne sus cuadros y vuelve a encontrarse con aquello que comenzó a hacer desde muy joven.Leopoldo nació en Ancón, en la península de Santa Elena. Allí descubrió su facilidad para dibujar cuando todavía era estudiante y quienes compartían las aulas con él comenzaron a fijarse en aquello que hacía sobre el papel.PublicidadPublicidadCon los años trabajó sobre cartulina y llegó a vender o intercambiar dibujos, una actividad que le permitía obtener ingresos antes de trasladarse a Guayaquil.Nunca tuvo al arte como única ocupación. Estudió durante dos semestres una formación vinculada con Bellas Artes, según recuerda, pero las necesidades laborales terminaron llevándolo por un camino distinto.Cerca de los 31 años salió de Ancón y llegó a Guayaquil buscando empleo, ciudad en la que posteriormente desarrolló la mayor parte de su vida laboral y familiar.“Yo allá dibujaba en cartulina y me los cambiaban o los vendía. Después vine a Guayaquil por trabajo”, recuerda al reconstruir aquellos primeros años.En la ciudad consiguió empleo en una fábrica, donde permaneció aproximadamente ocho años. El dibujo continuó fuera de sus obligaciones laborales y, aunque ya no lo comercializaba como durante su etapa en Santa Elena, encontraba momentos para volver al papel.Incluso recuerda haber realizado personajes conocidos de historietas, como Superman, trabajos que vendía a compañeros y personas que se los encargaban. Nunca dejó de lado su verdadera pasión.PublicidadLuego llegó una etapa mucho más extensa. Leopoldo ingresó a trabajar como guardia de seguridad en la Universidad de Guayaquil y permaneció allí durante 33 años.Pasó buena parte de su vida adulta cumpliendo aquella función, pero al terminar sus turnos todavía encontraba tiempo para dibujar. Ese recorrido resulta necesario para entender los cuadros que conserva ahora.Leopoldo nunca se presenta como alguien que vivió exclusivamente de vender pinturas. Su historia transcurrió entre el trabajo necesario para mantener a su familia y una habilidad que continuó practicando incluso cuando las horas disponibles eran pocas.Su familia creció durante esos años. Tuvo cinco hijos, ellos ya profesionales en distintas áreas. Habla de sus hijos durante la conversación y recuerda que los dos primeros nacieron en Ancón, antes de que la familia terminara estableciéndose en Guayaquil.La jubilación cambió la distribución de sus días. Ya sin los turnos que durante 33 años cumplió en la universidad, comenzó a pasar más tiempo en casa, donde mantiene libros de arte y continúa elaborando sus trabajos.“Paso en mi casa leyendo. Pinto porque me encanta, es mi verdadera pasión”, cuenta.Leopoldo tampoco coloca un nombre específico a la forma en que trabaja. Cuando intenta explicar qué ocurre antes de comenzar una obra, lleva la respuesta hacia algo más elemental que cualquier definición académica.“Para pintar hay que pensar, pensar”, expresa.En sus libros encuentra referencias y luego desarrolla aquello que quiere llevar al cuadro. Así aparecen paisajes, sitios de la ciudad, frutas y lugares que reconoce o le interesan.Tampoco todas las obras tienen un destino comercial. Ha realizado trabajos para sus hijos y conserva pinturas que forman parte de lo acumulado durante años. Han transcurrido cerca de 55 años desde que aquel joven salió de Ancón para buscar trabajo en Guayaquil. En ese periodo pasó ocho años en una fábrica, 33 como guardia de seguridad en la Universidad de Guayaquil, formó una familia, llegó a la jubilación y atravesó problemas de salud que ahora requieren mayores cuidados.El dibujo permaneció durante cada una de esas etapas porque, según sus palabras, “le encanta”.