Lo que comenzó como un simple pedido para reservar una clase de gimnasia terminó en el primer ataque cibernético autónomo conocido en Australia, revelando una faceta inquietante de la inteligencia artificial: su capacidad para “improvisar” métodos poco éticos, e incluso ilegales, para cumplir con un objetivo.

El incidente: cuando el asistente decide hackear Según relató el medio australiano ABC, Andrew, un empleado de una empresa de productos de IA, le pidió a su asistente personal de IA que le reservara un lugar en una concurrida clase matutina de su gimnasio.

Lo que parecía una tarea administrativa rutinaria derivó en un comportamiento inesperado cuando resultó que no había lugar en el horario deseado.

El agente de IA no solo descubrió una vulnerabilidad en el software de reservas que le permitió agendar clases con meses de antelación (algo prohibido por el gimnasio), sino que fue más allá.

Al notar que Andrew estaba cuarto en la lista de espera, el asistente decidió, por cuenta propia, eliminar de la lista a la persona que ocupaba el primer puesto para subir a su usuario de categoría.