11 de agosto, 2026 - 08h00Ahora que pasamos por momentos en que los libros tienden a ser grandes tomos recopilatorios de varias obras de un autor, no dudo que quienes los compran se sienten satisfechos. Otro asunto es que sean idóneos para su lectura. Cuando se publicó la obra completa de María Zambrano, estuve tentado de conseguirla. Pude revisar unos de esos ejemplares y me eché para atrás. Una autora como ella, en la que la escritura tiene una condensación máxima y giros sintácticos inauditos, no se puede disfrutar en grandes cajas. Publicados individualmente, sus libros son de tamaño breve y de alta densidad. Pienso en Claros del bosque, De la aurora o Los bienaventurados. Ocurre lo mismo con Nietzsche: esos tomos editados como grandes biblias que incluyen tres o cuatro o cinco de sus libros, desdibujan la intensidad que cada uno de ellos tiene por separado. Esa concreción en la que la escritura se plasmó y fue publicada tenía un ritmo frente a los otros libros, silencio de años, espacio literario, como diría Blanchot, para que sean incorporados. Un símil actual sería un maratónico fin de semana para ver temporadas completas de una serie de televisión. Algo se pierde, un intervalo o intersticio que introduce al mundo en la lectura de una obra, que opera como vasos comunicantes con la realidad de cada lector o espectador. Profundicemos: es como poner a prueba lo leído, cotejándolo con la vida cotidiana, o incluso midiendo si esa escritura realmente se impregnó y viaja con quien la leyó y no lo abandona. Es el tiempo de la materia que implican las palabras.A esta reflexión me lleva el trabajo sobre la poesía de Blanca Varela que está realizando la editorial peruana Personaje Secundario. Con motivo del centenario de su nacimiento en 1926, se ha reeditado su último libro, El falso teclado, originalmente publicado en el año 2000, que incluye trece poemas, nada más. Esta edición apenas llega a las 60 páginas, y está expandida porque incluye un dossier final donde se reproducen facsímiles de manuscritos y sobre todo mecanoscritos de los mismos trece poemas con las correcciones de la poeta. Sin el dossier, el libro apenas tendría 38 páginas. Las correcciones son reveladoras sobre la manera de tarjar la escritura. Me detengo en el inicio del poema “Juego amoroso”:Las manos a la altura del aireA dos o tres centímetros del vacíoNo se mirará nada precisoLa polvareda que pasaEl manuscrito reproducido en el dossier tacha lo que aquí añadiré, y que no trascribo como versos desplegados porque ese borrador no es todavía el poema: “entre tú y yo lo haremos / pondremos las manos a la altura del aire / a dos o tres centímetros antes del vacío / todo será como un juego entre el nacimiento y la muerte // no se mirará nada preciso”. Lo eliminado, en efecto, sobra. Si el título refiere un juego amoroso, ya no es necesaria esa voz que habla de una pareja que lo jugará y de que “pondremos” las manos. Se entra en el núcleo duro e inmóvil de la imagen y el lector tendrá que completar ese vacío que rodea la versión final. Se elimina el resto, la genérica palabra “todo” y el marco temporal poético previsible de nacimiento y muerte. (Rápida digresión: cuando leí Del amor y otros demonios, la breve novela de García Márquez, no me gustó; lo entendí al releerla y descubrir que la palabra “todo”, en un autor tan preciso, se repetía casi en cada página, y en alguna de esas páginas hasta tres veces). Con esta densidad y elipsis verbal, se comprende por qué la poesía de Varela tiene ese concentrado que hace que su obra poética reunida, con ocho poemarios publicados en cuarenta años, apenas llegue a 288 páginas en la edición de Galaxia Gutenberg y a 255 en la de Casa de Cuervos. Leída como ocurre ahora con El falso teclado, se puede percibir mejor la densidad, acercarse a esa lectura literal que defiende Mario Montalbetti cuando afirma: “La única forma en la que quiero y puedo leer a Blanca Varela es literalmente”. Tan literalmente la leyó que escribió el ensayo El más crudo invierno, subtitulado “Notas a un poema de Blanca Varela”, que gira en torno a un único poema de la autora, de apenas una página, trece versos, “Mi cabeza como una gran canasta”, incluido en Concierto animal (1999), que lleva a Montalbetti a escribir casi cien páginas de un análisis que se abre como un abanico de caminos por los cuales seguir perdiéndose. No solo Personaje Secundario ha editado individualmente el último poemario de Varela, sino que se ha encargado de reeditar el ensayo de Montalbetti, que data de 2016. Así comienza el proyecto de la Colección Blanca Varela, por el final, y remonta los ocho poemarios de la poeta en ediciones individuales que permitirán acercarse a esa materia de la poesía que ella sabía dónde ubicar con precisión.La Casa de la Literatura Peruana custodia el Archivo Blanca Varela, donde hay una serie de manuscritos en los que predominan los llamados poemas descartados de la escritora y que, al parecer, suman alrededor de 500 páginas. En este afán de gigantismo recopilatorio, ¿se publicará algún día ese archivo? ¿Se cometerá algún día el despropósito arqueológico de dar a luz los poemas que la misma autora descartó y que no quería que apareciesen? Los facsímiles reproducidos ahora en la nueva edición de El falso teclado son correcciones de obra “publicada” por la misma autora, que permiten ver su estricto proceso de escritura. ¿A dónde nos llevaría conocer poemas que nunca quiso su autora que vieran la luz? Quedémonos con su brevedad, con su limpidez, con la impresión prístina de una de las mayores poetas de la lengua española en el siglo XX que atravesó sin ruido la gran tradición poética peruana y que sigue resonando cada vez más con su delicada fortaleza. (O)
Leonardo Valencia: Blanca Varela, materia final de la poesía | Columnistas | Opinión
¿A dónde nos llevaría conocer poemas que nunca quiso su autora que vieran la luz?









