“Violeta, somos el equipo de rescate. Si nos escucha, grite o haga ruido”. Los bomberos repiten el nombre de una niña entre los escombros del primer piso del Conjunto Residencial Guadalupe, en el sur de Cali. Lo hacen una y otra vez, esperando recibir una respuesta desde debajo del concreto. Violeta tiene 7 años y había viajado desde Bogotá para pasar las vacaciones con su abuela, Amparo. Las dos permanecen atrapadas en algún lugar que los rescatistas todavía no logran identificar. Alrededor, los vecinos esperan. Mientras los rescatistas buscan a las dos mujeres, entre ellos comienza a aparecer otra pregunta, menos visible que la emergencia de las primeras horas y, quizás, mucho más larga: “¿Qué viene después de esto?”, pregunta Claudia Donnays. La mujer mira desde el andén el apartamento de sus suegros. La vivienda que ocuparon por 30 años ya no es habitable. Su esposo, Jorge, logró sacarlos del apartamento poco después de que terminara el sismo. Había un fuerte olor a gas, recuerda, pero la mamá de Jorge no quería salir. La señora se aferraba a una imagen de la Virgen que sostenía entre sus brazos y se resistía a abandonar la que había sido su casa por tanto tiempo. Finalmente salieron, sin poder sacar nada más que lo que llevaban puesto. Su carro quedó aplastado, su edificio, convertido en una ruina que deberá ser demolida totalmente para evitar accidentes. Se preguntan dónde dormir esa noche y qué hacer el día siguiente. El Conjunto Residencial Guadalupe tiene, tenía, 48 apartamentos y estaba habitado, en su mayoría, por personas de la tercera edad. Muchos de sus residentes lograron escapar durante las sacudidas que empezaron a las 7.34 de la mañana, hora de iniciar el día. Salieron de una estructura que colapsó solo en parte y quedó gravemente afectada. Quienes alcanzaron a evacuar lo hicieron entre polvo y escombros, algunos descalzos, todos sin tiempo siquiera para pensar en lo que dejaban atrás. Algunos no tienen dónde pasar la noche y otros temen abandonar las pertenencias que están todavía allí, en las que fueron sus casas. La falta de energía y de gas se suman a los daños estructurales, y a las advertencias de algunos residentes sobre personas que estarían intentando ingresar para robar. “Yo ahora estoy en shock, pero ¿qué viene después?”, dice Jorge, como un eco de Claudia. El terremoto y sus cuatro aterradores minutos están en el pasado, pero el futuro se despliega como una emergencia que apenas se alcanza a entender. El suroccidente de Cali fue uno de los sectores de la ciudad más afectados por el terremoto. En barrios cercanos a la ladera como El Refugio, El Tequendama o Pampalinda, varios edificios colapsaron o se mantienen a duras penas en pie, completamente inhabitables. Cerca del auditorio en el que Abelardo de la Espriella tomó posesión de la Presidencia de la República dos días y medio antes del terremoto, se repiten las imágenes: apartamentos abiertos, expuestos al exterior, por las grietas; los carros aplastados por fachadas o paredes enteras; muebles enterrados bajo el concreto; y, sobre todo, familias reunidas en las calles, mirando, tratando de darle sentido a lo que ven. Tatiana Duque, lideresa del barrio, consiguió salir del Conjunto Residencial Guadalupe junto con sus dos mascotas apenas minutos después del sismo. Su mamá también logró evacuar ilesa. Cae la tarde y esperan, como muchos otros residentes, una solución para saber dónde pasar la noche. Cuenta que algunos han decido que dormirán en el kiosco del parque, casi a la intemperie. Pero es una solución temporal, de emergencia, insostenible. “¿Ahora para dónde cogemos?”. Nadie parece tener una respuesta, ni siquiera Juan Pardo, colaborador de la Secretaría de Participación Ciudadana de la Alcaldía, quien los acompaña. Es parte del equipo encargado de apoyar la atención a las víctimas de una tragedia en una ciudad que nunca había vivido algo igual. En medio de esa incertidumbre, la ciudad ha empezado a organizarse. Vecinos llegaron hasta las zonas afectadas para ayudar. Formaron cadenas humanas para retirar escombros y apoyar a los rescatistas profesionales. Personas que no se conocían empezaron a trabajar juntas. La solidaridad apareció casi al mismo tiempo que la emergencia. Tres horas después de iniciada la búsqueda de Amparo y Violeta, el bombero Homero Jorge Ramos, de la Estación Central Las Américas, salió junto a otros 17 compañeros que participan en las labores de rescate. Frente a los residentes, hace una advertencia. “Por favor, no ingresen al edificio, aunque quieran recuperar sus cosas. Las columnas no están aptas”, dice. Su frase tiene los tonos de una orden y de una súplica. Los habitantes del Conjunto Residencial Guadalupe, como cientos más, quieren rescatar algo de la vida que quedó atrapada dentro de sus apartamentos. Hacerlo puede costarles la vida. Los bomberos no lograron encontrar a Violeta y a su abuela en la tarde del lunes, y tienen decenas de emergencias más por atender. La noche se acerca y con ella se acaba la luz. Alrededor de los escombros se empieza a librar otra batalla, la de los sobrevivientes. La emergencia del día siguiente será responder la pregunta que este lunes nadie parece estar en condiciones de responder.
Cali pasa la primera noche después del terremoto: “¿Qué viene después de esto?”
En medio de la incertidumbre, la ciudad se organiza: los vecinos llegan hasta las zonas afectadas y forman cadenas humanas para retirar escombros y apoyar a los rescatistas










