Leí en la edición de ARQ de mayo pasado una nota sobre dos torres a 45° en la Avenida del Libertador, a la altura de Núñez, ahí donde los megaedificios están afectando negativamente la vida urbana. Y recordé una publicación de 1977 sobre la inauguración de la Torre Buenos Aires en la Avenida de Mayo -un edificio innecesario en ese lugar- cuyo título decía simplemente: “En la avenida, una torre”.En el marco de una presentación sobre las virtudes de adoptar un código morfológico para Buenos Aires escuché a un ex Jefe de Gobierno afirmar que las torres eran una crueldad para con la vida urbana. Pensé entonces que se abría una nueva etapa para nuestra ciudad.Con el diario del lunes, aquello no pasó de ser una declaración. Lo que ocurre con las torres en la ciudad se ha ido agravando de la mano de la sedienta “financiarización” del mercado inmobiliario, que solo hace foco en maximizar la renta incluso a costa de violentar las reglas. Así, con funcionarios débiles y organismos públicos claves infiltrados por los grupos jugadores, las torres se multiplican en los sectores más codiciados de la ciudad.Estas dos torres de Libertador son apenas un ejemplo. Están fuera de escala, desintegradas de la trama urbana y destratan al barrio, echando sombra sobre una cuadra completa de la calle Arribeños y ofreciendo una pobre cámara transformadora detrás de rejas y cerco eléctrico.¿Cuánto aportan las torres a la vida urbana? Pero no son el tema. Me interesa reflexionar en general a propósito de las torres. Como les digo a los estudiantes en la facultad: si les toca proyectar una, háganlo del mejor modo posible. Pero cuando discutimos qué ciudad nos conviene colectivamente, vale preguntarse cuánto aportan realmente estos edificios a la vida urbana.Durante siglos, las mejores ciudades se construyeron compartiendo una morfología común. Sólo sobresalían edificios excepcionales vinculados a lo religioso o lo público. La tecnología dio lugar a la ambición por la altura como símbolo de poder. Primero corporativo y más recientemente, residencial. Entre nosotros, la vivienda de lujo sigue esa lógica. La altura no es una necesidad, se ha transformado en una forma de exhibición.¿Es razonable que las viviendas de unos pocos sobresalgan sobre las de todos los demás? Tal vez sea hora de crear un impuesto de altura: un tributo progresivo para que quienes disfrutan de ese privilegio compensen también a la comunidad que lo sostiene.Los megaedificios buscan los lugares vitales de la ciudad que la sociedad tardó años en construir. Salvo en algunos casos que incorporan locales comerciales hacia la calle, la consecuencia negativa directa es que en sus entornos el “ballet de la calle” que describía Jane Jacobs en Vida y muerte de la ciudad americana -la convivencia entre viviendas, comercios, vecinos y transeúntes- desaparece detrás de rejas, muros, ventilaciones y perímetros de seguridad que pueden ocupar cuadras enteras. Es necesario repensar, y sobre todo, regular esa relación con la ciudad.La experiencia del transeúnte Caminar junto a las torres suele ser una experiencia incómoda. Un viento moderado puede transformarse en una verdadera tormenta al pie de esos edificios. Cualquier experiencia peatonal en la zona de Catalinas, en Retiro; o entre las torres de Puerto Madero es elocuente del fenómeno. Sobre la Av. Del Libertador, en Vicente López, hay un edificio vidriado de casi una cuadra. Circular en bicicleta por delante se vuelve casi imposible con el viento que acelera en contra. Cuando se habla de impacto ambiental es necesario incluir estudios rigurosos para evaluar este efecto no deseado sobre el espacio público.La sombra que proyectan las torres es otro impacto ambiental crítico, particularmente cuando afecta espacios públicos. Sombra en invierno es frío y humedad donde podría haber sol. Los beneficios privados tienen entonces consecuencias colectivas.La plaza República del Perú, junto al Malba, es un ejemplo interesante porque permite ver cómo el edificio de diez plantas de la esquina de Salguero y Alcorta no le tapa el sol. Las dos torres ubicadas al norte, en cambio, en invierno cubren de sombra la plaza por la tarde. Otro ejemplo crítico es la plaza entre Soler, Godoy Cruz, Costa Rica y Av. Juan B. Justo. En invierno es usual ver a los vecinos amuchados en un rincón del parque para disfrutar lo poco de sol que queda por el impacto de las torres construidas sobre la avenida. Si uno googlea la plaza puede ver como una sombra implacable cubre los juegos tan valorados por los niños.Los inversores suelen señalar la inseguridad jurídica como un motivo de desaliento a las inversiones. Es llamativo cómo la cuestión no se asocia a los casos en los cuales las grandes torres alteran drásticamente las condiciones ambientales de asoleamiento y vistas de edificios privados preexistentes.Limitar la unificación de parcelas¿Qué pasa con los ciudadanos que pagaron costosas unidades de últimos pisos bien orientadas sobre la calle Sinclair a metros de Libertador? La nueva megatorre construida por delante sobre una parcela antes pública y ahora privada sobre la Avenida Bullrich los cubre de sombra durante el invierno. ¿No afecta acaso su seguridad jurídica?Es necesario limitar la unificación de parcelas en la ciudad. No es una cuestión morfológica. Es económica y política. ¿Qué modelo de desarrollo urbano genera mayores beneficios sociales? Si una manzana puede albergar decenas de parcelas, ¿es preferible que todas se concentren en una única operación inmobiliaria o que den trabajo a múltiples desarrolladores, estudios de arquitectura y pymes constructoras? Mientras la primera opción concentra riqueza, la segunda distribuye oportunidades.Visitando Munich me llamó la atención como la iglesia del barroco tardío de los hermanos Asam que había estudiado en la facultad compartía la misma altura con los edificios de vivienda de la cuadra. Era un buen vecino entre construcciones módicas de seis plantas, que en conjunto daban un marco amigable a la calle y al espacio público. Allí aprendí que antes que la arquitectura, primero está la ciudad.Con las torres pasa al revés. Se desinteresan de la ciudad. Muy pocas son bellas y, en su afán de singularidad, en su mayoría envejecen rápido y terminan convertidas en noticias de otra época. No muy distinto de lo que sucede con los frasquitos de perfume.
Luis Bruno: "Las torres en altura son una nueva forma de exhibición"
Según el exdecano de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la UBA, el mercado inmobiliario hace foco en maximizar la renta, incluso a costa de violentar las reglas. Los megaedificios que dificultan la vida en la calle, proyectan sombras y generan vientos.






