Siguen llegando en oleadas los recuerdos de la España del Mundial. Los reclamos argentinos, esa subtrama gigantesca que refuta al mundo entero, se han ido silenciando. Quedan para ellos, han pasado a formar parte de los cimientos de una nación; embaucadores, inestables, heroicos. Solo palabras amontonadas, a veces poéticas, pero siempre estériles. Palabras que únicamente se pueden convertir en una victoria futura en el fútbol. Y esto es la razón, el límite y la desgracia del país sudamericano. Esos recuerdos del Mundial son muy limpios. Apenas hay política o nacionalismo detrás. La selección se aligeró de España y fue aceptada por todos. Paradójicamente, se volvió así plenamente española, correa de transmisión de un estilo exquisito y moral en el que la población se ve reflejada. Ese proceso fue instintivo. No hubo una cocción en las altas esferas como la del 2010, donde se pasó de “Selección Española” a la “Roja” para ser mejor aceptada en los territorios hostiles. Apenas se ha vuelto a decir esa palabra (roja); el mayor esfuerzo que se ha hecho desde lo político ha sido levantar un ídolo transcultural —Lamine—, y ha tenido el éxito justo. La selección ha sido un ejército sin héroes donde Rodri ejerce de faro y el entrenador baraja las cartas con una sabiduría castiza. Una vez hecho el trabajo, los chicos volvieron a sus casas y la gente volvió a sus vidas. Sin histerismo ni dramas. Apoteosis de la normalidad. Tal como es el juego del equipo. Un puñado de futbolistas no demasiado famosos que tienen un posicionamiento espacial nunca visto; una inteligencia que roza la perfección. Los chicos no se cansan nunca de saltar a los espejos. Su autocontrol es absoluto. Su fe en la victoria, un misterio. Practican un juego que no ha sido todavía desentrañado y que deja un sabor enigmático en el paladar, como si los futbolistas españoles supieran algo que los contrarios ignoran y llevasen 30 años de ventaja. TE PUEDE INTERESAR El jugador español se ha convertido en la joya opaca del escaparate. No es el más brillante, ni el más rápido, ni juega para recibir flores desde la grada; es el que mejor entiende el juego y el que hace que los demás funcionen. El único que sabe leer una partitura en una nación donde la población es prácticamente analfabeta. Jugadores rápidos en espacios cortos, intensos, no muy grandes para darse la vuelta, geniales en la pared y que piensan el fútbol un segundo por delante. Mediocampistas en todas las posiciones. Ese es el tipo de hombre que da la cantera española. Escasos en el regate —ya que el pase es el fin último— y con un disparo melifluo. El Madrid, en cambio, necesita futbolistas que puedan mantener largos sprints y delanteros con capacidad de ser autosuficientes. Oyarzabal en el Madrid sería como llevar a un poeta simbolista a las trincheras del Somme. Huijsen, que es muy Selección Española, lo ha pasado regular este año cuando con la camiseta roja había cuajado grandes encuentros. Eran Ramos, Pepe o Hierro, la quintaesencia de lo que es un defensor madridista. Centrales que se enfrentan a los rivales como si fueran a cometer un genocidio. Por eso el central madridista y español ha tenido siempre detrás una pesada carga político-social. Cada patada de Hierro o de Ramos contra los jugadores del Barcelona conspiraba contra el delicado sistema del Estado autonómico. El fútbol que más se asemeja al de la selección española es el del Barcelona. Y ha sido desguazado sin muchos miramientos en la Champions. El mediocampo azulgrana, sin la pelota, era traspasado a tiro limpio una y otra vez. El Barça de Flick nunca tuvo ese comportamiento colectivo que ha convertido a la selección en un icono contemporáneo. Le faltaba Rodri y ahora parece que lo van a tener. Y le sobraba el ritmo Champions, mucho más alto que el de una Copa del Mundo, y en el que parece imposible defender de esa forma comunitaria que convertía a la Selección en un organismo que iba estrangulando a los jugadores contrarios hasta que soltaban la pelota como si pidieran perdón. No parece que el Madrid quisiera a Rodri. Cuando Florentino quiere un jugador, el mundo se eriza por momentos. Eso ha pasado con Diomandé. Y han dado igual las cantidades y todos los pequeños obstáculos que se les han puesto en el camino. Rodri, español, ídolo de la Selección y con buena relación con los periodistas, es justo lo que Florentino ha querido siempre evitar. Con Raúl y Casillas, ya tuvo suficiente. Y está su triste desempeño en la eliminatoria que le enfrentó al Madrid este año. Rodrigo con España en una imagen reciente. (Europa Press) Quizás no tuviera la culpa, quizás su equipo estaba agotado, pero la impresión que dio en el Bernabéu fue la de un jugador con criterio pero escaso de energía y movilidad, cuyos mejores años habían pasado. Meses después, se tragó a sus rivales en el mundial como si jugara con especies inferiores. Es raro ver esa superioridad. Así que Rodri ha excitado la fantasía de los madridistas, que deseaban a un gigante justo en el puesto que más necesita el Madrid. El de constructor de mundos propios y destructor de los ajenos. Un mediocentro totémico. Tchouaméni, como pivote de la selección francesa, jugó contra España y apenas opuso resistencia. Los futbolistas españoles trazaban líneas de pase a su alrededor y Aurelian miraba sin apenas entender. El francés es un prototipo incapaz de salirse de sus valores de fábrica. Inhábil para un equipo que suele tener pocos automatismos como el Madrid. Tchouaméni, simplemente, estuvo ahí. Fue un galeón semihundido llevado por el oleaje del partido hasta quedar varado en una playa. Por otro lado, la Champions no es el ritmo amable —aunque lleno de espinas— de la Copa del Mundo. El mismo Tchouaméni, Fede, Pitarch y Güler, con la ayuda de Brahim, dominaron al medio campo del City en el mejor partido del Madrid en la temporada pasada. Recordemos: un Fede suelto, corriendo, saltando y llegando. Güler como interior con poderes taumatúrgicos, Aurelian de mediocentro posicional con la lección bien aprendida y Pitarch ayudando en cada triangulación y barriendo los espacios a su espalda. TE PUEDE INTERESAR De ese partido y de los posteriores fracasos del Madrid, se pueden sacar varias enseñanzas. Güler vale como interior si está bien rodeado. Con Mourinho, al que le gusta adelgazar peligrosamente la línea del mediocampo, no pasará eso. Fede necesita saltar vallas para salirse del encierro y ver pasar la vida a la carrera. Un Fede estático es intrascendente. Caballo castrado. No es mediocentro, es volante, interior o box to box. Mourinho lo irá comprobando cuando, como todos, intente sacar partido a su pase en largo para distribuir juego desde el medio y fracase en el intento. Pitarch y Brahim fueron fundamentales. Sangre española y, por tanto, un superior posicionamiento cuando les llega la pelota, mayor fluidez en la circulación del balón, paredes bien hechas, técnica precisa y humildad garantizada. Juegan para los demás y para la victoria. En ese partido solo Vinícius se comportó como una estrella. Con uno es suficiente. Más de uno, eso se convierte en una enfermedad. Luego llegaron Mbappé y Bellingham y todo aquel mecanismo se fue atrofiando. El uno por su egoísmo y el otro por su falta de instinto para el mediocampo. Vinícius, Mbappé y Bellingham no mezclan. El club ha renovado al brasileño y lo sabe. Mou también lo sabe. El inglés es un llegador. Una persona que siempre está a las puertas. El Mundial lo ha vuelto a dejar claro. Correr, conducir el balón con ese contoneo irresistible y disparar al hueco que se abre en la portería. Jude es una estrella con nula capacidad de asociación fuera del área. Es algo sabido y comprobado en todo tipo de situaciones. El fichaje más importante que hizo Mou lo hizo en su tercera temporada, la del apocalipsis. Fue Modric. El tercer interior. Se habla de un sistema 4-2-3-1 o algo así, pero con eso no se gana una Champions. O el Madrid jamás lo ha hecho. Se gana con el tercer interior. Ahora no existe en la plantilla. Existe Güler, buen jugador en acto y quizás mejor en potencia, pero al que nadie hace demasiado caso sobre el césped. Sigue siendo un niño que susurra una melodía que los demás se niegan a escuchar. Bernardo Silva podría ser el Modric de este Mou, pero no sabemos todavía su estado de forma ni las ganas que tiene de pasar a la historia. Mou jugó su último año en un 4-2-4 con el que el Madrid se fue al garete de una manera muy estética. Un paisaje como un travelling siguiendo a John Wayne disparando contra el horizonte. El año anterior el Madrid no se partía porque Di María e Higuaín se sacrificaban por Özil y Cristiano. Y aun así, el equipo tenía una fragilidad grave en la cintura —solos Khedira y Xabi— que los enterró en la tumba de los alemanes. TE PUEDE INTERESAR Ahora falta un Di María. Quizás Bellingham conecte con el rol del argentino y lo veamos de nuevo cansado, agónico, frustrado. El inglés no tiene esa capacidad de llegar hasta el final que poseía el argentino. De llegar hasta el final y volver y luego volver a llegar hasta el final y así hasta que el sol se pusiera sobre el Bernabéu. Di María era único y pegaba partes de un equipo nacido para estrellarse por exceso de velocidad. El Bellingham mediapunta puede ser una de las armas mortíferas de este Mourinho o el muro donde las fantasías se chocan con la realidad y se vuelven desdichas. Hay más jugadores y más interrogantes. Diomande fue la estrella de la primera parte del mundial; la del sur global tentando las jerarquías de Occidente. Fracasaron porque están hechos para fracasar. No saben atar las esquinas del fútbol, se emocionan demasiado; eso es lo que se espera de ellos. Nadie escapa a las expectativas de los demás. África —excepto Marruecos, que en fútbol es Europa— es el buen salvaje, la inocencia prístina, los chavales de los campos y los suburbios corriendo desesperados hacia la salvación. Eso se le exige a ese continente maldito y eso es lo que dan por ahora sobre el campo. Diomande fue la joya incrustada en el relato colonial. Costa de Marfil, nadie ha ido allá, pero el nombre no evoca nada bueno. Un chico rápido y elástico, que surfea el fútbol europeo desde el Leganés al Leipzig hasta acabar a las puertas del Madrid. 19 años. Una hermana envenenada en una fiesta nocturna. Un hombre con ganas de gritarle al mundo. Su estilo de juego es el que se le exige a una estrella contemporánea. Extremo con desborde, rapidez y disparo. Técnica todavía en estado embrionario, regates como si a Vinícius le hubieran rebozado con harina. Mucho futuro y demasiado dinero. Con ese precio colgando de sus cuartos traseros, su obligación será marcar distancias desde la titularidad. Su puesto es el de Endrick, extremo derecho, otra bestia venida del futuro cuyo juego está por desbastar.