Javier Milei tiene varias obsesiones. Algunas se le pegaron ya en el poder, como su inagotable ira contra el periodismo. Otras vienen desde antes de su incursión en la política, como su convicción de que el Estado es el gran enemigo a vencer o que los monopolios son una legítima forma de contribuir al capitalismo. Sin embargo, hay una manía que las antecede a todas, el momento cero de la personalidad del mandatario: los años de su temprana infancia donde, entre las palizas del padre, el vacío que le hacía la madre, el bullying en el colegio y una enorme soledad, el mundo entero logró convencerlo de que era un paria. O, mejor dicho, que era un “loco”, el apodo que lo atormentó durante toda la vida.
Victoria Villarruel conoce bien a ese hombre. Durante tres años trabajaron codo a codo, recorrieron juntos el país y compartieron bancas en la Cámara de Diputados, en una época en que La Libertad Avanza sólo tenía dos miembros en ese cuerpo y “la casta” les hacía sentir el rigor: varios legisladores todavía recuerdan cómo la actual vicepresidenta tenía que ir al comedor del Congreso y volver con dos bandejas, ya que el “León” no se animaba a moverse en ese arenal. Juntos llegaron desde el llano al poder, aunque para este momento la relación ya estaba agrietada y a punto de explotar.







