El expediente incluye fotografías de la joven con los brazos, torso y cara molidos. Ella recibió golpizas muy similares a las que su pareja, un boxeador profesional, daba a sus contrincantes sobre el ring
“El deporte nos invita a vivir una vida plena y en paz”, se lee en una publicación de Instagram de Rubén Rocha Moya hecha el 6 de abril –entonces aún era gobernador en activo de Sinaloa–. Ese día encabezó una clase de boxeo con deportistas, incluyendo a Omar Chávez Carrasco, a quien desde un mes antes le pesaba una denuncia ante el Ministerio Público por violencia familiar equiparada: el hombre, entrenado para noquear a pugilistas profesionales, golpeó a su pareja hasta dejarla tan herida que tuvo que ser atendida en un hospital.
“Eso fue una burla para mí, ellos publicando que están con el gobernador, como diciendo que tienen el apoyo de él, poniendo eso como para que yo ya no avanzara con mi demanda porque ellos tenían el apoyo de todos”, dice Chantal, la mujer sobreviviente de esa violencia en casa del hijo del boxeador retirado Julio César Chávez.
Aquella demanda que interpuso a principios de marzo fue el inicio de un proceso legal, pero también el comienzo de más violencias.
Chantal asegura que todo comenzó con una adicción del boxeador. Omar Chávez es consumidor de un anorexigénico llamado Itravil. “Tenía que tomar de dos a tres pastillas para bajar de peso, pero a veces se tomaba la caja entera con 30 y eso lo hacía apostar”.








